Anatomía de una amenaza que volvió con traje y corbata
“Fascista” se ha convertido en insulto genérico que sirve para todo y para nada. El político que no te gusta es fascista. La empresa que te explota es fascista. El vecino que se queja del ruido es fascista. Hasta la subida del precio del pan se denuncia en redes como fascismo económico. Esta inflación verbal ha vaciado el término de significado analítico y lo ha convertido en arma arrojadiza que cualquiera puede blandir contra cualquiera. Y esto es peligroso. Porque cuando todo es fascismo, nada lo es. Y el fascismo real, el que no lleva uniforme pero sí lleva programa político concreto, el que no promete campos de exterminio pero sí erosiona instituciones democráticas, el que no organiza desfiles militares pero sí captura tribunales y controla medios, ese fascismo avanza mientras discutimos semántica y nos acusamos mutuamente de exagerar.
Humanismo MAX no usa “fascista” como insulto reflejo ni como exageración retórica. Lo usa como categoría analítica precisa para identificar fenómenos políticos específicos que tienen características definibles y consecuencias medibles. Y cuando decimos que somos antifascistas, no proclamamos virtud barata ni nos unimos a coro de indignados profesionales. Afirmamos posicionamiento ético-político que tiene consecuencias prácticas inmediatas: el fascismo no es opinión discutible dentro del pluralismo democrático que defendemos. Es negación activa de ese pluralismo. Y por tanto, debe combatirse sin contemplaciones, aunque con método y rigor.
Pero para combatirlo hay que entenderlo primero. Hay que distinguir entre fascismo histórico del siglo XX y extrema derecha contemporánea del siglo XXI. Hay que reconocer qué preocupaciones ciudadanas reales explotan sin caer en la trampa de aceptar sus soluciones tóxicas. Hay que nombrar con claridad a formaciones concretas (Vox, Le Pen, Orbán, Trump, Bolsonaro) sin caricaturizarlas ni subestimarlas. Y sobre todo, hay que explicar por qué Humanismo MAX es incompatible con fascismos y extrema derecha no como mera táctica electoral sino como coherencia filosófica profunda que surge de nuestros principios fundacionales.
Este artículo no es denuncia genérica ni llamamiento emocional. Es análisis riguroso de qué es fascismo (y qué no lo es), qué caracteriza a extrema derecha actual en sus diferentes manifestaciones nacionales, qué diferencias hay entre casos concretos que importan políticamente, por qué Humanismo MAX los rechaza de raíz, y qué errores cometemos cuando simplificamos el combate antifascista hasta convertirlo en tribal identitario vacío de contenido.
Cuando las palabras importan: fascismo no es todo lo que nos disgusta
La confusión terminológica que rodea al fascismo no es accidental. Es táctica deliberada de varios actores políticos con intereses opuestos. La derecha moderada grita “nos llaman fascistas a todos” para blanquear a extrema derecha y presentarse como víctima perseguida de corrección política enloquecida. La extrema derecha se ofende performativamente (“no somos fascistas, somos patriotas que defendemos valores tradicionales”) mientras repite consignas que provienen directamente del repertorio fascista clásico. Y la izquierda a veces contribuye al desastre semántico llamando fascista a cualquier conservador que defiende mercado o tradición, lo que facilita el trabajo de blanqueamiento a quienes realmente merecen la etiqueta.
Necesitamos distinciones claras porque las palabras políticas importan. Conservadurismo clásico defiende tradición, orden, autoridad limitada, propiedad privada, cambio gradual frente a revolución, escepticismo ante utopías transformadoras. No es fascismo ni remotamente. Edmund Burke, padre del conservadurismo moderno en el siglo XVIII, defendió Revolución Americana como evolución natural de libertades inglesas pero criticó Revolución Francesa por sus excesos jacobinos y su pretensión de rediseñar sociedad desde cero según principios abstractos de razón. Conservadores del siglo XX como Konrad Adenauer en Alemania o Winston Churchill en Reino Unido combatieron el fascismo con todas sus fuerzas, lo derrotaron militarmente, y reconstruyeron Europa sobre cimientos democráticos. Podemos (y debemos) discrepar profundamente con conservadurismo en su defensa de jerarquías, su nostalgia selectiva del pasado, su resistencia a igualdad material. Pero es posición política legítima dentro de democracia liberal pluralista que defendemos.
Extrema derecha contemporánea es categoría diferente que comparte elementos estructurales con fascismo histórico pero opera en contexto democrático formal que fascismo original rechazaba abiertamente. Comparte nacionalismo exacerbado que convierte nación en valor supremo. Comparte xenofobia que construye extranjero como amenaza existencial. Comparte autoritarismo que concentra poder y erosiona controles institucionales. Comparte retórica de decadencia nacional que solo líder fuerte puede revertir. Comparte culto al líder carismático que encarna voluntad popular auténtica frente a élites traidoras. Comparte rechazo visceral al pluralismo que acepta diferencia como enriquecimiento.
Pero difiere del fascismo histórico en aspectos que importan tácticamente aunque no éticamente. No propone (todavía, en mayoría de casos) partido único que elimine competencia electoral. No glorifica guerra total como mecanismo de regeneración nacional y creación de hombre nuevo. No tiene estética milicia uniformada marchando en formación, aunque flirtea constantemente con simbología paramilitar. No rechaza elecciones completamente, aunque las erosiona sistemáticamente mediante gerrymandering, supresión de voto, control de medios, manipulación de instituciones electorales. Es zona gris peligrosa que puede ser protofascismo (fascismo en fase temprana que aún no revela plenamente su naturaleza) o puede estabilizarse como nacionalismo autoritario que nunca llega a fascismo pleno.
Vox en España, Rassemblement National de Marine Le Pen en Francia, AfD en Alemania, Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni en Italia, FPÖ en Austria, PVV de Geert Wilders en Holanda, Fidesz de Viktor Orbán en Hungría, PiS en Polonia hasta su derrota electoral reciente: todas estas formaciones ocupan ese espacio ambiguo de extrema derecha que usa herramientas democráticas para objetivos antidemocráticos. La clave para Humanismo MAX no está en resolver debate académico sobre si merecen etiqueta “fascista” en sentido estricto. La clave está en reconocer que todas ellas erosionan democracia liberal, atacan dignidad humana universal, promueven xenofobia, retroceden en derechos fundamentales, y construyen enemigos internos que justifican autoritarismo creciente.
Fascismo histórico del periodo entreguerras (1920s-1940s) tenía características que historiadores (Robert Paxton, Roger Griffin, Umberto Eco entre otros) han documentado exhaustivamente. Ultranacionalismo místico que convierte nación en organismo superior con destino histórico y pureza amenazada por contaminación externa e interna. Culto a violencia regeneradora donde guerra purifica, violencia construye hombre nuevo, y paz produce decadencia y degeneración. Subordinación total del individuo al Estado-Nación bajo fórmula de Mussolini: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. Rechazo explícito y total de democracia liberal (decadente), socialismo (internacionalista), liberalismo (individualista). Líder carismático infalible que no gobierna mediante instituciones sino que encarna directamente voluntad nacional: Duce, Führer, Caudillo como figuras mesiánicas. Enemigo interno y externo constantemente ampliado: judíos, comunistas, masones, homosexuales, degenerados, intelectuales, artistas modernos, todos amenazando pureza nacional desde dentro. Estética de masas con uniformes, marchas, símbolos, rituales, espectáculo de poder que moviliza emoción sobre razón. Corporativismo económico que rechaza tanto capitalismo liberal como socialismo y promete tercera vía donde Estado corporativo elimina lucha de clases mediante fuerza y organización vertical.
Italia de Mussolini (1922-1943), Alemania de Hitler (1933-1945), España de Franco (1939-1975), Portugal de Salazar (1932-1974): estos fueron fascismos históricos con todas sus letras, aunque cada uno con variaciones nacionales específicas que importan para análisis detallado pero no cambian esencia del fenómeno.
El fascismo que volvió: traje en lugar de uniforme, votos en lugar de golpes
La pregunta urgente es si existe fascismo hoy en sentido estricto. En Europa occidental o Estados Unidos no hay movimiento de masas con milicias uniformadas marchando hacia poder mediante violencia organizada como hubo en Italia o Alemania de entreguerras. Pero sí hay formaciones políticas que usan retórica fascista de nación amenazada, enemigo interno, líder salvador. Sí hay gobiernos que implementan políticas fascistas cuando alcanzan poder: erosión de separación de poderes, persecución a minorías, censura de voces críticas, captura de instituciones que deberían ser independientes. Sí hay líderes que admiran abiertamente regímenes fascistas históricos y reivindican su legado selectivamente.
La categoría más precisa para describirlos es neofascismo o postfascismo: fascismo adaptado a contexto democrático formal del siglo XXI donde golpe violento está descartado (generalmente) pero captura gradual de instituciones desde dentro es perfectamente viable. No necesitan marchar sobre Roma como Mussolini ni quemar Reichstag como Hitler (aunque Trump intentó asaltar Capitolio el 6 de enero de 2021). Pueden ganar elecciones presentándose como outsiders antisistema, controlar medios mediante propiedad privada o presión gubernamental, capturar tribunales mediante nombramientos políticos, modificar constituciones mediante mayorías parlamentarias obtenidas con reglas electorales manipuladas. Viktor Orbán en Hungría ha construido desde 2010 lo que él mismo llama “democracia iliberal”, que es autoritarismo con fachada electoral: mantiene elecciones pero las amaña mediante gerrymandering extremo, control de medios públicos y privados, cambios constitucionales que favorecen a partido gobernante, eliminación de contrapesos institucionales. Es modelo que otros admiran y estudian: Meloni en Italia, sectores de Vox en España, Le Pen en Francia si llega a presidencia.
Sectores de Vox en España son explícitamente nostálgicos de Franco, reivindican dictadura como periodo de orden y prosperidad (mintiendo sobre represión y pobreza masiva), y atacan sistemáticamente memoria democrática que intenta documentar crímenes del franquismo. Golden Dawn en Grecia hasta su ilegalización en 2020 era milicia neonazi con escaños parlamentarios que atacaba físicamente a inmigrantes mientras sus diputados disfrutaban inmunidad. Estos no son casos ambiguos. Son fascismo con todas las letras.
Por qué resuenan: las preocupaciones reales que extrema derecha explota con mentiras
Antes de demoler argumentos de extrema derecha, Humanismo MAX necesita entender por qué crecen electoralmente en democracias avanzadas. La respuesta fácil es que ciudadanía europea se volvió súbitamente racista, xenófoba, autoritaria. La respuesta real es más compleja y más incómoda para élites tradicionales: hay preocupaciones ciudadanas genuinas que partidos establecidos ignoraron durante décadas y que extrema derecha instrumentaliza con narrativas simplificadoras pero emocionalmente resonantes.
Inseguridad económica producida por globalización salvaje y desindustrialización masiva no es invención paranoica. En cinturón industrial de Francia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, fábricas que empleaban miles cerraron cuando producción se deslocalizó a China, Vietnam, México donde salarios son fracción de europeos. Trabajadores sin estudios universitarios que tenían empleos estables con salarios dignos y pensiones garantizadas se encontraron en paro o subempleados en sector servicios precario. Salarios se estancaron durante décadas mientras coste de vivienda, educación, sanidad (en países sin sistema público robusto) se disparó. Hijos de trabajadores industriales que esperaban vida mejor que sus padres se encuentran con futuro más precario. Esta rabia es legítima y merece respuesta política seria.
Extrema derecha ofrece explicación simple: culpa es de inmigrantes que roban empleos, de Unión Europea que impone normas absurdas, de élites globalistas que traicionan nación vendiendo país a extranjeros. Esta narrativa resuena porque simplifica problema complejo en villano visible. Ofrece culpable concreto (extranjero) en lugar de explicación estructural (capitalismo financiarizado que maximiza beneficio sin importar consecuencias sociales). Da sensación de control (“cerrar fronteras resolverá problema”) frente a impotencia ante mercados globales que nadie controla democráticamente.
Pero narrativa es falsa. Inmigración no causa desempleo estructural. Estudios económicos repetidos lo demuestran: inmigrantes crean demanda que genera empleos, aportan más en impuestos de lo que consumen en servicios, ocupan trabajos que nativos no quieren (agricultura, construcción, cuidados). Desindustrialización es resultado de automatización tecnológica y deslocalización corporativa buscando maximizar beneficio, no de inmigración. Cerrar fronteras no recupera fábricas que se fueron a China ni empleos que robots asumieron. Pero extrema derecha no necesita verdad. Necesita enemigo que movilice emoción.
Cambio cultural rápido producido por inmigración masiva y multiculturalismo genera ansiedad real que no se resuelve acusando a quien la siente de racismo. En barrios de París, Londres, Berlín, Madrid, demografía cambió radicalmente en treinta años. Escuelas donde antes todos eran católicos de cultura ahora tienen mayoría musulmana. Calles donde todos hablaban francés o alemán ahora resuenan con árabe, urdu, mandarín. Comercios tradicionales cierran y abren kebabs, bazares paquistaníes, locutorios. Costumbres familiares sobre roles de género, sexualidad, autoridad paternal chocan entre comunidades. Este cambio genera sensación de “ya no reconozco mi ciudad” que no es necesariamente racismo sino desorientación ante transformación de entorno familiar.
Extrema derecha valida estos sentimientos que izquierda a veces desprecia como reaccionarios. Presenta cambio como “invasión”, “sustitución”, “pérdida de identidad nacional”. Construye islam como amenaza civilizatoria total. Presenta multiculturalismo como proyecto deliberado de élites para destruir cultura occidental. Esta narrativa resuena porque extrema derecha escucha ansiedad cultural donde izquierda ve solo racismo que debe condenarse sin matices.
Pero narrativa es peligrosa porque convierte diferencia en amenaza existencial. Esencializa culturas como si fueran bloques homogéneos impermeables cuando realidad es hibridación constante. Ignora que cultura europea siempre cambió mediante contacto con otras (cristianismo vino de Medio Oriente, filosofía clásica sobrevivió gracias a árabes, café y tabaco llegaron de colonias). No hay pureza original que defender. Pero extrema derecha construye nostalgia de homogeneidad que nunca existió y propone expulsión o asimilación forzada como solución.
Desconfianza en élites políticas tras décadas de corrupción sistémica, puertas giratorias entre poder político y económico, rescates bancarios pagados por ciudadanía mientras se recortaba sanidad y educación. España vivió casos Gürtel, EREs, tarjetas black que mostraron que políticos de PP y PSOE saqueaban fondos públicos sistemáticamente. Revolving doors entre ministerios y empresas que regulaban: ministros que pasan a consejos de empresas energéticas, petroleras, constructoras que beneficiaron con contratos públicos. Rescate de bancos en crisis 2008 con dinero público mientras banqueros mantenían bonos millonarios y ciudadanía sufría austeridad brutal: 26% desempleo en España, recortes en sanidad, educación, servicios sociales. “No nos representan” del 15-M era grito legítimo contra clase política capturada por intereses económicos.
Extrema derecha canaliza rabia mediante populismo clásico: élites corruptas versus pueblo honesto. Líder outsider que viene a “limpiar” sistema podrido aunque a menudo sea millonario como Trump o Berlusconi. Esto resuena porque extrema derecha parece antisistema, aunque ideológicamente sea ultraconservadora.
Pero es trampa. Extrema derecha no combate privilegio ni desigualdad. Cambia élite política por élite económica aún peor: oligarcas rusos, multimillonarios tecnológicos, magnates inmobiliarios. Promete anticorrupción pero implementa corrupción peor: Orbán y familia amasaron fortuna en Hungría, Bolsonaro tuvo escándalos permanentes, Trump mezcló negocio privado con presidencia descaradamente. Rabia contra corrupción es legítima. Canalizarla hacia xenofobia y autoritarismo es criminal.
Inseguridad física por terrorismo yihadista y criminalidad urbana no es paranoia mediática completamente. Atentados en Bataclan París (130 muertos), Barcelona (16 muertos), Berlín (12 muertos), Niza (86 muertos) generaron miedo real. Criminalidad en barrios degradados existe aunque estadísticas muestren descenso general en décadas recientes. Sensación de desprotección cuando policía tarda o no llega, cuando justicia es lenta y burocrática, cuando víctima siente que sistema no la protege.
Extrema derecha ofrece mano dura, penas máximas, expulsiones masivas de extranjeros, vigilancia total, militarización de policía. “Seguridad está por encima de libertades” es su lema. Esto resuena porque miedo es visceral, promesa de orden reconforta, e izquierda a veces parece ingenua presentando criminalidad como problema puramente social que pobreza explica completamente.
Pero solución es falsa. Represión brutal no reduce criminalidad a largo plazo: Estados Unidos tiene penas máximas incluida pena de muerte y criminalidad altísima, encarcelamiento masivo que destruye comunidades. Terrorismo yihadista no se combate con islamofobia generalizada que aliena a comunidades musulmanas que son aliadas principales en prevención y que sufren yihadismo tanto como occidentales. Políticas del miedo crean estado policial que erosiona libertades sin producir seguridad real. Pero extrema derecha no necesita eficacia. Necesita enemigo visible y promesa de fuerza.
Incompatibilidad radical: por qué Humanismo MAX rechaza extrema derecha desde la raíz
Humanismo MAX no rechaza extrema derecha porque esté de moda ser progresista o porque queramos parecer virtuosos ante audiencia liberal. La rechazamos porque es incompatible de raíz con principios fundacionales que definen nuestro proyecto filosófico-político. No hay versión de Humanismo MAX que pueda coexistir con fascismo o extrema derecha, ni siquiera tácticamente.
Dignidad humana universal es principio absoluto de Humanismo MAX. Toda persona tiene valor intrínseco simplemente por ser humana, independientemente de nacionalidad, raza, religión, género, orientación sexual, clase social. Derechos humanos son universales precisamente porque humanidad es universal: no hay humanos de primera clase que merecen derechos completos y humanos de segunda clase que merecen menos. Esta universalidad no es abstracción filosófica vacía. Tiene consecuencias políticas concretas: migrante que cruza frontera huyendo de guerra o pobreza tiene misma dignidad que ciudadano que nació en país receptor. Refugiado sirio tiene mismo derecho a vida digna que español. Niño subsahariano que muere ahogado en Mediterráneo vale exactamente lo mismo que niño europeo.
Extrema derecha rechaza esto frontalmente aunque no siempre lo admita explícitamente. Construye jerarquía de pueblos, razas, culturas donde “los nuestros” tienen prioridad moral absoluta. “Los nuestros primero” no es solo eslogan electoral. Es principio moral que niega igual dignidad. Cuando Vox dice “España para españoles”, cuando Le Pen propone “preferencia nacional” en empleo, vivienda, servicios sociales, cuando Trump construye muro con México presentando mexicanos como violadores y criminales, están diciendo que extranjero no tiene misma dignidad que nacional. No es posición que Humanismo MAX pueda matizar, negociar, o convivir. Es incompatibilidad radical, absoluta, insalvable.
Ilustración como proyecto de razón, ciencia, evidencia empírica sobre dogma y tradición es fundamento de Humanismo MAX. Conocimiento se construye mediante método científico, experimento, revisión por pares, falsabilidad, acumulación de evidencia. Política debe basarse en datos verificables, estudios rigurosos, consenso científico cuando existe. Laicismo como separación estricta entre instituciones religiosas y Estado garantiza que ninguna religión particular imponga su moral a sociedad plural. Crítica de dogmas incluidos dogmas religiosos es ejercicio legítimo de razón que democracia liberal debe proteger.
Extrema derecha contemporánea abraza oscurantismo sistemáticamente. Niega cambio climático antropogénico contra consenso científico abrumador (97% estudios peer-reviewed confirman que humanos causamos calentamiento). Flirtea con pseudociencias como homeopatía, antivacunas, negacionismo COVID. Se alía estratégicamente con fundamentalismos religiosos que imponen moral particular a todos: evangelismo en Brasil y Estados Unidos, catolicismo ultra en España y Polonia, cristianismo ortodoxo en Rusia. Vox niega violencia de género como categoría específica contra consenso científico y jurídico que documenta que mujeres sufren violencia específica por ser mujeres. Trump promovió hidroxicloroquina contra COVID sin evidencia mientras atacaba mascarillas y vacunas. Bolsonaro causó 450.000 muertes por negacionismo pandémico criminal.
Esta alianza con oscurantismo no es accidente ni táctica coyuntural. Es coherente con proyecto de extrema derecha: cuando razón amenaza privilegios tradicionales, extrema derecha apela a revelación divina, tradición ancestral, sentido común popular contra élites ilustradas. Humanismo MAX defiende Ilustración con todos sus defectos históricos (eurocentrismo, sexismo inicial) porque proyecto de someter poder a crítica racional sigue siendo único camino hacia emancipación. No negociamos con negacionismo científico ni con fundamentalismo religioso.
Pluralismo como valor positivo es columna vertebral de democracia liberal que Humanismo MAX defiende. Sociedad sana es diversa ideológicamente, culturalmente, sexualmente. Diversidad no es problema a resolver mediante homogeneización forzada sino riqueza que proteger mediante instituciones. Democracia liberal protege minorías precisamente porque mayoría puede equivocarse y porque derechos fundamentales no dependen de popularidad. Estado laico permite que católicos practiquen catolicismo, musulmanes practiquen islam, ateos rechacen religión, todos con igual legitimidad. Feminismo defiende que mujeres elijan libremente entre ser madres o no, casarse o no, trabajar fuera de casa o dentro. Movimiento LGTBI+ defiende que orientación sexual e identidad de género no son patologías sino variaciones normales de experiencia humana.
Extrema derecha presenta homogeneidad como ideal: una nación, una lengua, una cultura, una religión, un modelo de familia. Diversidad es amenaza que debe eliminarse mediante asimilación forzada o expulsión. Minorías son problema que contamina pureza nacional: inmigrantes deben asimilarse completamente a cultura dominante o irse, musulmanes son incompatibles con valores occidentales, LGTBI+ son degeneración que confunde niños y destruye familia tradicional. Vox quiere “España una” contra diversidad territorial de nacionalidades históricas. Quiere retroceder derechos LGTBI+ presentando matrimonio igualitario como imposición ideológica. Ataca feminismo como “ideología de género que destruye familia”. Meloni en Italia criminaliza gestación subrogada en extranjero para atacar familias homoparentales. Orbán legisla que homosexualidad no puede mencionarse en escuelas equiparándola con pedofilia.
No hay componenda posible entre pluralismo humanista y uniformidad autoritaria. Humanismo sin respeto a diferencia es contradicción en términos.
Casos concretos: fascismo con corbata en Italia, dictadura electoral en Hungría, protofascismo en España
Vox en España nació en 2013 como escisión del Partido Popular por desacuerdos sobre gestión de nacionalismos catalán y vasco. Creció exponencialmente desde 2018 capitalizando rabia contra independentismo catalán, hartazgo con corrupción de PP y PSOE, descontento con feminismo (presentado como ideología que criminaliza hombres), rechazo a inmigración (presentada como invasión). Santiago Abascal, presidente de Vox, es nostálgico franquista mal disimulado que reivindica dictadura como periodo de orden mientras minimiza represión. Su ideología combina ultranacionalismo español visceral contra nacionalismos periféricos, negación de violencia de género como categoría específica, retórica anti-inmigración de invasión que reemplaza población autóctona, alianza con catolicismo ultra contra aborto, eutanasia, derechos LGTBI+, negacionismo climático presentando políticas ambientales como imposición ideológica, y militarismo nostálgico (“España Viva” como lema que rememora dictadura).
Vox ha normalizado discurso ultra en Parlamento español convirtiendo lo impensable hace década en debate legítimo. Gobiernos autonómicos de PP con apoyo de Vox en Andalucía, Madrid, Castilla y León, Aragón han implementado políticas que Vox exigió: eliminar o reducir drásticamente ayudas específicas a víctimas de violencia de género, dificultar acceso a aborto mediante objeción de conciencia institucionalizada, recortar educación sexual en escuelas, atacar políticas de memoria democrática que documentan crímenes franquistas. Esto no es fascismo clásico de partido único y campos de concentración. Es protofascismo que erosiona conquistas democráticas gradualmente, normaliza autoritarismo, persigue disidencia mediante presión institucional. Si Vox tuviera poder absoluto sin contrapesos, derivaría en autoritarismo pleno sin dudas.
Rassemblement National de Marine Le Pen en Francia tiene genealogía directa con fascismo histórico. Front National fue fundado por Jean-Marie Le Pen, padre de Marine, que era neonazi declarado, negacionista del Holocausto, condenado múltiples veces por incitación al odio racial. Marine intentó “desdemonizar” partido cambiando nombre, expulsando elementos más abiertamente fascistas, suavizando retórica, presentándose como opción respetable de derecha nacional-popular. Pero ideología sigue siendo nacionalismo francés excluyente que construye identidad nacional contra islam (laicidad convertida en arma específicamente anti-musulmana mientras tolera catolicismo), soberanismo anti-UE que culpa a Bruselas de todos los males, proteccionismo económico con herencia obrerista del norte industrial desindustrializado, y “preferencia nacional” que es discriminación legal contra extranjeros en empleo, vivienda, servicios sociales.
Le Pen obtuvo 41% en segunda vuelta presidencial 2022, normalización masiva en medios que la presentan como opción legítima, penetración en clases trabajadoras que izquierda tradicional abandonó. Si gana presidencia en 2027 (posibilidad real), promete cambio constitucional hacia autoritarismo mediante referéndum que concentraría poder presidencial, restringiría inmigración radicalmente, priorizaría nacionales en todo, saldría de estructuras europeas o las vaciara de contenido. Sería fin de Francia como democracia liberal pluralista.
Alternative für Deutschland nació en 2013 como partido euroescéptico moderado de profesores de economía preocupados por rescates financieros. Derivó a extrema derecha desde crisis migratoria 2015 cuando Merkel abrió fronteras a refugiados sirios. Ahora es nacionalismo alemán preocupante en país con pasado nazi nunca completamente superado, anti-inmigración extremo especialmente contra musulmanes presentados como amenaza civilizatoria, negacionismo climático que presenta políticas verdes como destrucción de industria alemana, y sectores abiertamente neonazis como Björn Höcke en Turingia que usa lenguaje nazi directo y reivindica orgullo por soldados Wehrmacht. Servicios de inteligencia alemanes vigilan sectores de AfD como extremistas de derecha con potencial violento. Segunda fuerza en algunos länder del este, posibilidad de gobierno regional, amenaza real a democracia alemana si crecimiento continúa.
Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni gobierna Italia desde 2022 en coalición con Lega de Salvini y restos de Forza Italia de Berlusconi. Es heredero directo de MSI (Movimento Sociale Italiano), partido neofascista fundado tras Segunda Guerra Mundial por veteranos de Mussolini. Meloni comenzó políticamente en juventudes de MSI, tiene video juvenil elogiando a Mussolini como mejor político italiano del siglo XX. Ha intentado moderar imagen para ser respetable en Unión Europea pero implementa políticas duras anti-migración con acuerdos con dictaduras africanas para bloquear llegadas, erosiona independencia judicial mediante reformas que concentran poder ejecutivo, controla medios públicos nombrando directores leales, ataca “ideología de género woke” que según ella destruye familia tradicional, criminaliza gestación subrogada incluso en extranjero para atacar familias gay. Es fascismo con corbata que mantiene apariencias democráticas mientras erosiona sustancia.
Viktor Orbán en Hungría es modelo que todos admiran y temen. Fidesz era partido conservador normal en años 90. Desde que Orbán volvió a poder en 2010, construyó sistemáticamente lo que llama “democracia iliberal”: captura de tribunales mediante nombramientos políticos masivos que aseguran que jueces sean leales, modificación constitucional repetida para beneficiar a partido gobernante, control total de medios mediante compra por oligarcas leales y asfixia económica de medios críticos, ley que equipara homosexualidad con pedofilia en educación para prohibir cualquier mención de diversidad sexual, persecución de ONGs críticas mediante leyes de transparencia diseñadas para acosar, cierre de Central European University fundada por George Soros porque enseñaba estudios de género y derechos humanos. Mantiene elecciones pero las amaña mediante gerrymandering extremo, ventajas mediáticas abrumadoras, cambios de reglas electorales. Es fascismo electoral: fachada democrática con autoritarismo real. Muestra camino que Le Pen, Meloni, Vox seguirían si tuvieran poder absoluto.
Polonia bajo PiS gobernó 2015-2023 implementando captura de tribunales idéntica a Hungría, persecución judicial de jueces independientes que resistieron, control de medios públicos convertidos en propaganda gubernamental, alianza con Iglesia católica ultra que impuso prohibición casi total de aborto incluso en casos de violación, retroceso masivo en derechos LGTBI+ con “zonas libres de ideología LGTBI” declaradas por municipios conservadores. Perdió elecciones 2023 cuando oposición se unió bajo liderazgo de Donald Tusk (liberal-conservador pro-europeo). Muestra que extrema derecha puede perder si oposición supera diferencias. Pero daño institucional persiste: tribunales siguen capturados por jueces nombrados ilegalmente que PiS se niega a reconocer como ilegítimos.
Trumpismo en Estados Unidos es fenómeno único que combina nacionalismo America First, xenofobia anti-mexicana y anti-musulmana, racismo codificado que apela a supremacismo blanco sin nombrarlo explícitamente, misoginia brutal (“grab them by the pussy”), negacionismo climático total, y autoritarismo que culminó en intento de golpe el 6 de enero de 2021 cuando Trump incitó a seguidores a asaltar Capitolio para impedir certificación de derrota electoral. Si gana 2024, promete deportaciones masivas de millones, uso de ejército contra “enemigos internos” (opositores políticos), purga de funcionarios federales para reemplazar con leales personales, venganza judicial contra fiscal que lo procesó, periodistas que lo criticaron, políticos que lo investigaron. Es proyecto autoritario explícito sin disimulo.
Bolsonarismo en Brasil fue desastre humanitario y ambiental: militarismo nostálgico de dictadura 1964-1985, evangelismo fundamentalista que impuso moral cristiana, misoginia y homofobia virulentas, negacionismo climático que permitió destrucción acelerada de Amazonía, negacionismo COVID que causó 450.000 muertes evitables por rechazo de vacunas, mascarillas, distanciamiento. Perdió elecciones 2022 contra Lula pero intentó golpe el 8 de enero de 2023 con invasión de Congreso, Supremo Tribunal, Palacio presidencial por seguidores armados. Está inhabilitado políticamente hasta 2030. Muestra que resistencia democrática puede funcionar pero que fascismo no acepta derrota pacíficamente.
Lo que no hacemos: errores frecuentes que debilitan antifascismo
Humanismo MAX rechaza llamar fascista a todo lo que disgusta porque vacía término de significado analítico. Policía no es fascista por existir, aunque puede actuar fascistamente en contextos específicos. Empresario no es fascista por explotar trabajo, aunque capitalismo y fascismo pueden aliarse. Conservador que defiende mercado libre y familia tradicional no es fascista, es conservador. Cuando izquierda llama fascista a cualquier adversario político, facilita blanqueamiento de fascismo real. Extrema derecha puede decir “ven, nos llaman fascistas a todos, es solo insulto genérico de izquierda” y ciudadanía empieza a creerlo. Usamos términos precisos: neoliberalismo para política económica que mercantiliza todo, autoritarismo para concentración de poder sin límites democráticos, conservadurismo reaccionario para nostalgia de jerarquías tradicionales. Reservamos fascismo para fenómenos que realmente lo merecen.
Humanismo MAX no ignora preocupaciones legítimas que extrema derecha explota. Error de izquierda tradicional es presentar cualquier preocupación por inmigración como racismo que debe condenarse sin matizar, cualquier crítica de globalización como nacionalismo reaccionario, cualquier defensa de seguridad como fascismo latente. Esta actitud entrega preocupaciones reales a extrema derecha. Trabajador que perdió empleo industrial cuando fábrica cerró y se fue a China tiene razón en estar furioso. Vecino de barrio donde demografía cambió radicalmente en década tiene derecho a sentir desorientación cultural. Padre que teme que hijo sea víctima de crimen violento no es fascista por querer calles seguras. Extrema derecha escucha estos miedos y ofrece soluciones falsas pero emocionalmente satisfactorias. Izquierda los desprecia como reaccionarios y los pierde. Humanismo MAX valida preocupaciones pero combate soluciones: sí, globalización destruyó empleos, no, solución no es xenofobia sino redistribución y control democrático de capital; sí, cambio cultural rápido genera ansiedad, no, solución no es homogeneidad forzada sino inversión en cohesión social; sí, crimen existe y debe combatirse, no, solución no es militarización y encarcelamiento masivo sino prevención y justicia restaurativa.
Debate sobre violencia antifascista es complejo y Humanismo MAX no tiene respuesta simple. Tradición antifa defiende violencia defensiva y preventiva: si fascistas organizan marcha, hay que impedirla físicamente porque fascismo en las calles es amenaza que no puede tolerarse. Liberalismo defiende que en democracia liberal con estado de derecho, monopolio de violencia corresponde a Estado y violencia política extralegal es inaceptable. Humanismo MAX distingue contextos: violencia defensiva cuando fascistas atacan físicamente a minorías es legítima autodefensa que Estado no garantiza; violencia ofensiva para impedir discurso fascista es problemática porque ¿quién decide qué discurso merece censura violenta y dónde termina esa lógica? Preferimos combate político mediante movilización masiva no violenta, combate cultural desmontando narrativas con argumentos y datos, combate legal denunciando discursos de odio e incitación a violencia, victoria electoral con coaliciones amplias que aíslen a extrema derecha.
No somos pacifistas ingenuos. Reconocemos que fascismo histórico no se detuvo con debates universitarios sino con guerra que costó 70 millones de vidas. Pero en contexto democrático actual de Europa occidental, violencia antifascista dispersa (atacar manifestación de Vox, quemar sedes) es contraproducente: da victimismo a extrema derecha que se presenta como perseguida, legitima su retórica de “nos atacan porque decimos verdades”, permite que Estado criminalice todo antifascismo equiparando violencia de extrema izquierda con violencia de extrema derecha en falsa simetría. Estrategia eficaz combina movilización social masiva que muestre que fascismo es minoritario, combate cultural que desmonte mentiras, victoria electoral que impida que gobiernen, y cuando gobiernan, resistencia institucional de jueces, funcionarios, sociedad civil que mantenga legalidad democrática contra captura autoritaria.
Humanismo MAX rechaza normalización peligrosa que subestima amenaza. Error del liberalismo complaciente es decir “Vox es fenómeno marginal que desaparecerá”, “Le Pen nunca ganará, Francia es republicana”, “Trump es payaso que sistema controlará”. Fascismo histórico también parecía marginal y ridículo en fase inicial. Hitler era chiste en 1920s, figura grotesca que nadie serio tomaba en cuenta. En 1933 era canciller, en 1934 dictador absoluto, en 1939 iniciaba guerra mundial. Mussolini era periodista socialista convertido en agitador ultranacionalista que nadie esperaba que tomara poder. En 1922 marchó sobre Roma y rey le entregó gobierno. Extrema derecha actual crece electoralmente, gobierna países (Italia, Hungría), está cerca de ganar otros (Francia, posiblemente USA en 2024). No subestimamos amenaza. No confiamos en que “ya pasó” o que democracia se defiende sola.
Coherencia, no consigna: por qué antifascismo define a Humanismo MAX
El antifascismo de Humanismo MAX no es postura estética ni performance identitaria. No es llevar camiseta con símbolo ni gritar “No pasarán” en manifestación ritual. Es compromiso ético con dignidad humana universal que fascismo niega, defensa práctica de instituciones democráticas que fascismo erosiona, solidaridad activa con quienes fascismo persigue primero (migrantes, LGTBI+, feministas, disidentes, minorías raciales, religiosas, étnicas). Es coherencia entre valores que proclamamos y acciones que implementamos.
Si defendemos dignidad humana universal, debemos combatir quien la niega construyendo jerarquías étnico-nacionales. Si defendemos Ilustración como proyecto de razón sobre dogma, debemos combatir oscurantismo que rechaza ciencia y abraza fundamentalismo. Si defendemos pluralismo como riqueza, debemos combatir uniformidad totalitaria que presenta diferencia como amenaza. Si defendemos democracia liberal como única forma legítima de gobierno, debemos combatir autoritarismo que erosiona controles y concentra poder. Si defendemos feminismo como igualdad de género, debemos combatir patriarcado violento que relega mujeres a subordinación.
Humanismo MAX puede discrepar profundamente con liberales sobre redistribución económica, con socialdemócratas sobre velocidad de reformas, con comunistas democráticos sobre método de transformación. Pero con fascistas no hay debate posible. Fascismo no es posición dentro de pluralismo democrático que toleramos aunque discrepemos. Es negación activa de ese pluralismo. Negociar con quien niega tu derecho a existir no es tolerancia democrática. Es suicidio político.
El fascismo histórico construyó Auschwitz y Treblinka donde gasificó seis millones de judíos industrialmente. Construyó Gulag soviético donde estalinismo (fascismo rojo con características propias) mató otros veinte millones. Inició Segunda Guerra Mundial que mató setenta millones globalmente. Quemó libros, prohibió arte moderno, asesinó intelectuales, persiguió homosexuales, esterilizó forzadamente a “defectuosos”, experimentó médicamente con prisioneros. Este no es pasado abstracto que solo estudiamos. Es advertencia concreta sobre qué pasa cuando fascismo toma poder absoluto.
Fascismo no volvió exactamente igual. Ninguna tragedia histórica se repite idénticamente. Pero volvió con adaptaciones: traje en lugar de uniforme, votos en lugar de golpe militar (inicialmente), redes sociales en lugar de propaganda impresa, populismo electoral en lugar de marcha sobre Roma. Pero estructura es idéntica: ultranacionalismo que construye enemigo interno y externo, culto al líder que encarna voluntad popular, violencia como herramienta legítima, desprecio por democracia liberal presentada como débil y decadente.
Humanismo MAX combate esto sin ambigüedades. Culturalmente desmontamos narrativas fascistas con datos y argumentos: invasión migratoria es mentira estadística, ideología de género es consenso científico, dictadura progre es fantasma que no existe. Electoralmente construimos coaliciones amplias desde socialdemócratas hasta izquierda radical para derrotar a extrema derecha en urnas, aunque gobierno resultante sea imperfecto. Legalmente denunciamos discursos de odio, investigamos financiación ilegal de conexiones con Rusia y oligarcas, ilegalizamos cuando cruzan línea hacia organización criminal. Institucionalmente defendemos independencia judicial, protegemos medios públicos de captura, apoyamos resistencia de funcionarios que mantienen legalidad contra presión autoritaria. Socialmente movilizamos masivamente para mostrar que fascismo es minoritario y rechazado.
Y si fuera absolutamente necesario, como fue en 1940s, con defensa física de democracia contra violencia fascista organizada. Esperamos no llegar ahí. Pero no descartamos que quienes niegan legitimidad democrática ataquen violentamente cuando pierdan elecciones: 6 enero 2021 en Capitolio estadounidense, 8 enero 2023 en Brasilia, son precedentes recientes que muestran que fascismo no acepta derrota pacíficamente.
El antifascismo es coherencia ética entre lo que decimos ser y lo que hacemos realmente. Humanismo MAX sin antifascismo sería contradicción vacía. Y quien no entienda por qué, no ha entendido nada de lo que significa heredar cenizas de Auschwitz en siglo XXI donde fascismo renace con rostro renovado pero intención idéntica.
No olvidamos. No repetimos. No pasarán.
Referencias
Paxton, Robert O. Anatomía del fascismo (2004)
Eco, Umberto. “El fascismo eterno” (1995)
Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo (1951)
Snyder, Timothy. Sobre la tiranía (2017)
Stanley, Jason. Cómo funciona el fascismo (2018)
Traverso, Enzo. Las nuevas caras del fascismo (2017)
Applebaum, Anne. El ocaso de la democracia (2020)
Freedom House: informes anuales sobre estado de democracia global
V-Dem Institute: índices de democratización/autocratización
Political Research Associates: seguimiento extrema derecha USA
Hope Not Hate: seguimiento extrema derecha UK/Europa

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.


