Punto 3

Capítulo 3: La crueldad como sistema


3.1. Extractivismo: el planeta no es un almacén con liquidación permanente

Hay una palabra que el capitalismo evita pronunciar: límite. Todo su aparato ideológico, toda su maquinaria cultural, toda su promesa civilizatoria se construye sobre la negación de los límites. Crecimiento ilimitado. Consumo ilimitado. Acumulación ilimitada. Recursos ilimitados. La Tierra como despensa infinita de la que se extrae sin consecuencia, como si el planeta fuera un almacén en liquidación permanente donde todo está en oferta y nadie pasa la factura. Pues la factura ha llegado. Y viene con siete fronteras planetarias transgredidas como cargo principal.

El extractivismo no es solo una práctica económica. Es una cosmovisión. Una forma de entender la relación entre humanidad y naturaleza que tiene raíces profundas en la tradición occidental —el Génesis y su mandato de dominar la Tierra, el racionalismo cartesiano que separó mente de materia y convirtió todo lo no humano en objeto disponible, el colonialismo que extendió esa lógica a pueblos enteros considerados parte del paisaje a explotar—. El extractivismo piensa el mundo como materia prima. Los bosques son madera. Los ríos son megavatios. Los océanos son caladeros. Los minerales son chips. Los animales son proteína. Y las personas que viven sobre esos recursos son obstáculos a desplazar o mano de obra barata a emplear. Todo lo que existe se mide por su utilidad para la acumulación. Lo que no tiene precio de mercado no tiene valor. Y lo que no tiene valor no merece protección.

Esta lógica ha producido una distribución del daño que es, en sí misma, un mapa político. El extractivismo no destruye de manera uniforme: destruye siguiendo líneas de poder. Las minas de litio para las baterías de los coches eléctricos europeos están en el Salar de Atacama, donde agotan el agua de comunidades indígenas chilenas. El coltán para los smartphones está en el Congo, donde su extracción financia guerras y se realiza con mano de obra infantil. La soja transgénica que alimenta la ganadería industrial europea crece en tierras que fueron selva amazónica, desplazando a comunidades indígenas y campesinas que llevaban siglos cuidando ese ecosistema. Los residuos electrónicos del Norte Global terminan en vertederos de Ghana, Nigeria y la India, donde niños los desmontan con las manos para extraer metales reciclables mientras inhalan plomo y mercurio. La geografía del extractivismo es la geografía del colonialismo actualizada: se extrae en el Sur, se consume en el Norte, se acumulan beneficios en paraísos fiscales y se externalizan costos hacia quienes menos tienen poder para rechazarlos.

Y cuando los costos no se externalizan en el espacio, se externalizan en el tiempo. Hacia las generaciones futuras. Hacia quienes heredarán un planeta con los acuíferos agotados, los suelos degradados, los océanos acidificados, la biodiversidad diezmada, el clima desestabilizado. Externalizar hacia el futuro es la forma más elegante de robo: te quedas con los beneficios ahora y dejas la deuda a quienes todavía no han nacido y, por tanto, no pueden protestar. Cada tonelada de CO₂ emitida hoy es hipoteca ambiental que pagarán otros. Cada especie extinguida es patrimonio biológico liquidado sin posibilidad de reembolso. Cada acuífero sobreexplotado es agua que alguien no tendrá dentro de treinta años. El extractivismo no es solo injusticia presente: es saqueo intergeneracional.

El Humanismo MAX rechaza esta cosmovisión de raíz. Y la reemplaza por otra que no es nueva —los pueblos indígenas de todo el planeta la practican desde hace milenios— pero que la ciencia contemporánea del sistema terrestre ha confirmado con datos: la Tierra no es objeto a explotar sino sistema vivo con equilibrios de los que dependemos. No es metáfora poética ni misticismo ecologista: es descripción científica. La hipótesis Gaia de Lovelock y Margulis, despojada de sus interpretaciones más esotéricas, sostiene algo empíricamente demostrado: la biosfera terrestre funciona como sistema autorregulado donde la vida modifica las condiciones geoquímicas del planeta y esas condiciones modificadas sostienen a su vez la vida. Los bosques no son solo árboles: son máquinas de regulación climática que producen lluvia, absorben carbono, estabilizan suelos y mantienen ciclos hídricos. Los océanos no son solo agua: son el principal sumidero de carbono del planeta y la fuente de más de la mitad del oxígeno que respiramos. Los suelos no son solo tierra: son ecosistemas complejos con más organismos por centímetro cúbico que estrellas en la Vía Láctea, y de su salud depende la agricultura que nos alimenta.

Destruir estos sistemas no es “impacto ambiental” —eufemismo que suena a incidente menor—. Es socavar las condiciones que hacen posible la vida humana en este planeta. Es suicidio colectivo en cámara lenta, ejecutado en nombre de la rentabilidad a corto plazo. Y lo más obsceno es que quienes lo ejecutan lo saben. Las petroleras lo saben desde los setenta. Las agroindustriales lo saben desde los ochenta. Los gobiernos lo saben desde los noventa. Todos lo saben y todos siguen, porque el sistema de incentivos económicos castiga a quien se detiene y premia a quien acelera la extracción. En un mercado global donde la competencia es feroz y los mandatos trimestrales de los accionistas son ley, la empresa que internaliza costos ambientales pierde frente a la que los externaliza. El extractivismo no es irracionalidad: es la racionalidad del capitalismo llevada a su conclusión lógica. Y esa conclusión es la destrucción de las condiciones materiales de existencia.

Frente a esto, el Humanismo MAX no propone un capitalismo más verde. No propone compensar emisiones ni plantar árboles corporativos ni comprar bonos de carbono que permitan seguir contaminando con la conciencia tranquila. Propone reconocer que el extractivismo sin límites es consecuencia directa de un sistema económico que necesita crecimiento infinito para no colapsar, y que crecimiento infinito en planeta finito no es objetivo ambicioso: es contradicción suicida que ninguna tecnología resolverá. La captura de carbono no compensa la quema de combustibles fósiles si la quema sigue aumentando. La economía circular no funciona si el volumen total de producción sigue creciendo. Las renovables no salvan el planeta si la energía que producen se usa para extraer más, fabricar más, consumir más, crecer más.

La Tierra tiene derechos. No porque sea persona jurídica —aunque algunos marcos legales ya lo reconocen: el río Whanganui en Nueva Zelanda, la selva amazónica en Colombia, la laguna Mar Menor en España— sino porque tiene límites cuya transgresión nos destruye a todos. Respetar esos límites no es sacrificio: es condición de supervivencia. Y organizarnos económica y políticamente para respetarlos no es utopía: es el mínimo que exige la realidad física del planeta en el que vivimos. El extractivismo nos ha vendido durante dos siglos que explotar la Tierra era progreso. El Humanismo MAX responde: explotar la Tierra hasta destruirla no es progreso. Es la forma más cara de suicidio que nuestra especie ha inventado.

3.2. Crecimiento verde: el oxímoron más caro de la historia

Si hay un concepto que merece un premio a la manipulación lingüística más eficaz del siglo XXI, ese es el crecimiento verde. Dos palabras que, juntas, consiguen algo prodigioso: mantener intacta la promesa del capitalismo —crecer, crecer, crecer siempre— mientras se viste con el traje de la sostenibilidad. Es el truco de magia definitivo: hacer creer que el mismo sistema que ha provocado la crisis ecológica puede resolverla sin cambiar su lógica fundamental. Solo hay que pintarlo de verde. Poner paneles solares sobre el tejado del edificio en llamas y anunciar que el incendio ya está controlado.

La retórica del crecimiento verde se ha convertido en consenso oficial. La Unión Europea la ha adoptado como marco de su Green Deal. Los gobiernos la repiten como mantra en cada cumbre climática. Las corporaciones la incorporan a sus memorias de sostenibilidad con la misma naturalidad con la que incorporan sus cuentas de resultados. Y su premisa es seductora: podemos desacoplar el crecimiento económico de la destrucción ambiental. Podemos producir más con menos impacto. Podemos seguir aumentando el PIB mientras reducimos emisiones, consumo de recursos y generación de residuos. La tecnología lo hará posible. Las renovables sustituirán a los fósiles. La economía circular reciclará lo que hoy desechamos. La eficiencia energética reducirá el impacto de cada unidad producida. Y así, sin dolor, sin sacrificio, sin cuestionar el modelo, salvaremos el planeta mientras seguimos comprando.

Hay un problema: no funciona. Y no es opinión. Es evidencia acumulada durante décadas que la clase política y la clase empresarial prefieren ignorar porque las conclusiones son incómodas.

El desacoplamiento absoluto —crecimiento del PIB con reducción absoluta del uso de recursos y de emisiones a nivel global— no se ha producido nunca en la historia económica. Nunca. Lo que sí se ha producido es desacoplamiento relativo: la economía crece más rápido que las emisiones o el consumo de recursos, de modo que la intensidad ambiental por unidad de PIB disminuye. Pero si la economía crece un tres por ciento y la intensidad ambiental baja un uno por ciento, el impacto total sigue aumentando. Es como conducir hacia un precipicio a ciento cincuenta kilómetros por hora y celebrar que has levantado el pie del acelerador hasta ciento cuarenta. Técnicamente vas más despacio. Funcionalmente, te estrellas igual.

Los datos son tercos. El consumo global de materiales —minerales, metales, combustibles fósiles, biomasa— no ha dejado de crecer en ningún momento de la historia industrial. En el año 2000 se extraían cincuenta mil millones de toneladas anuales. En 2023 superamos los cien mil millones. Se han duplicado en dos décadas. Y las proyecciones, incluso con las políticas de crecimiento verde más ambiciosas sobre la mesa, apuntan a que seguirán creciendo. Porque el crecimiento verde no cuestiona el volumen de producción: solo pretende que ese volumen sea menos sucio por unidad. Pero cien mil millones de toneladas un poco menos sucias siguen siendo cien mil millones de toneladas arrancadas al planeta, procesadas, consumidas y convertidas en residuos que el ecosistema no puede absorber.

Y aquí aparece el elefante en la habitación que nadie quiere nombrar: la paradoja de Jevons, formulada en 1865 y tan vigente hoy como entonces. Cuando la eficiencia tecnológica reduce el costo de usar un recurso, no se usa menos de ese recurso: se usa más. Los coches son más eficientes que hace treinta años, pero hay muchos más coches, son más grandes y recorren más kilómetros. Los electrodomésticos consumen menos energía por unidad, pero tenemos más electrodomésticos, más grandes, encendidos más horas. Las bombillas LED gastan una fracción de lo que gastaban las incandescentes, y la respuesta ha sido iluminar más, no consumir menos electricidad. La eficiencia sin límites al volumen total es cinta de correr: avanzas en intensidad, retrocedes en escala, y el resultado neto es que sigues en el mismo sitio o peor.

La transición a energías renovables es imprescindible y urgente. El Humanismo MAX lo defiende sin matices. Pero la transición renovable, por sí sola, no resuelve la crisis ecológica si se entiende como sustitución energética dentro del mismo modelo de crecimiento. Porque las renovables también requieren extracción. Paneles solares necesitan silicio, plata, cobre, cadmio. Aerogeneradores necesitan acero, fibra de vidrio, tierras raras. Baterías necesitan litio, cobalto, níquel. Electrificar la economía global al ritmo actual de consumo exigiría una extracción minera de una magnitud que genera sus propios desastres ecológicos y sociales. El Salar de Atacama se seca para que Europa conduzca coches eléctricos. Las minas de cobalto del Congo emplean niños para que Silicon Valley fabrique portátiles con cero emisiones en el punto de uso. La transición energética sin reducción del consumo material es desplazamiento del problema, no solución. Es cambiar la fuente de energía que alimenta la máquina extractiva sin cuestionar la máquina.

El greenwashing corporativo es la consecuencia natural de esta lógica. Si el crecimiento verde es la doctrina oficial, las corporaciones la convierten en campaña de marketing. Shell anuncia su compromiso con la neutralidad en carbono mientras sigue abriendo nuevas explotaciones de petróleo y gas. BP se rebautizó como “Beyond Petroleum” en el año 2000 y veinticinco años después sigue siendo una de las mayores petroleras del mundo. Repsol pone molinos eólicos en su logo mientras invierte en prospecciones en aguas profundas. BlackRock lanza fondos ESG —medioambientales, sociales y de gobernanza— mientras sigue siendo el mayor inversor institucional en combustibles fósiles del planeta. El crecimiento verde les permite seguir haciendo exactamente lo que hacían, con un departamento de sostenibilidad que produce informes bonitos y un equipo de comunicación que los traduce en anuncios con cielos azules, niños sonrientes y campos de aerogeneradores.

El Humanismo MAX rechaza esta estafa con la contundencia que merece. No porque rechace la tecnología verde —la necesitamos desesperadamente— sino porque rechaza la mentira de que la tecnología verde dentro del paradigma de crecimiento infinito es suficiente. No lo es. Los números no cuadran. La física no negocia. Crecimiento infinito en planeta finito es contradicción que ningún panel solar resolverá. Lo que se necesita no es crecimiento más limpio sino menos crecimiento material en las economías que más consumen, redistribución radical de lo que ya se produce, y una redefinición de qué entendemos por prosperidad que deje de confundir bienestar con acumulación.

Eso tiene un nombre: decrecimiento selectivo. Y suena a herejía porque lo es. Herejía contra el dogma central de la economía dominante, que dice que sin crecimiento no hay empleo, sin empleo no hay bienestar, sin bienestar no hay estabilidad social. El Humanismo MAX responde: sin planeta habitable no hay economía. Sin límites a la extracción no hay futuro. Sin redefinir prosperidad como florecimiento humano en vez de como aumento del PIB no hay salida a la trampa en la que estamos. El crecimiento verde es el opio de las élites: les permite seguir acumulando mientras simulan que el problema se está resolviendo. No se está resolviendo. Se está posponiendo. Y cada año de posposición la factura crece.

3.2. Crecimiento verde: el oxímoron más caro de la historia

Si hay un concepto que merece un premio a la manipulación lingüística más eficaz del siglo XXI, ese es el crecimiento verde. Dos palabras que, juntas, consiguen algo prodigioso: mantener intacta la promesa del capitalismo —crecer, crecer, crecer siempre— mientras se viste con el traje de la sostenibilidad. Es el truco de magia definitivo: hacer creer que el mismo sistema que ha provocado la crisis ecológica puede resolverla sin cambiar su lógica fundamental. Solo hay que pintarlo de verde. Poner paneles solares sobre el tejado del edificio en llamas y anunciar que el incendio ya está controlado.

La retórica del crecimiento verde se ha convertido en consenso oficial. La Unión Europea la ha adoptado como marco de su Green Deal. Los gobiernos la repiten como mantra en cada cumbre climática. Las corporaciones la incorporan a sus memorias de sostenibilidad con la misma naturalidad con la que incorporan sus cuentas de resultados. Y su premisa es seductora: podemos desacoplar el crecimiento económico de la destrucción ambiental. Podemos producir más con menos impacto. Podemos seguir aumentando el PIB mientras reducimos emisiones, consumo de recursos y generación de residuos. La tecnología lo hará posible. Las renovables sustituirán a los fósiles. La economía circular reciclará lo que hoy desechamos. La eficiencia energética reducirá el impacto de cada unidad producida. Y así, sin dolor, sin sacrificio, sin cuestionar el modelo, salvaremos el planeta mientras seguimos comprando.

Hay un problema: no funciona. Y no es opinión. Es evidencia acumulada durante décadas que la clase política y la clase empresarial prefieren ignorar porque las conclusiones son incómodas.

El desacoplamiento absoluto —crecimiento del PIB con reducción absoluta del uso de recursos y de emisiones a nivel global— no se ha producido nunca en la historia económica. Nunca. Lo que sí se ha producido es desacoplamiento relativo: la economía crece más rápido que las emisiones o el consumo de recursos, de modo que la intensidad ambiental por unidad de PIB disminuye. Pero si la economía crece un tres por ciento y la intensidad ambiental baja un uno por ciento, el impacto total sigue aumentando. Es como conducir hacia un precipicio a ciento cincuenta kilómetros por hora y celebrar que has levantado el pie del acelerador hasta ciento cuarenta. Técnicamente vas más despacio. Funcionalmente, te estrellas igual.

Los datos son tercos. El consumo global de materiales —minerales, metales, combustibles fósiles, biomasa— no ha dejado de crecer en ningún momento de la historia industrial. En el año 2000 se extraían cincuenta mil millones de toneladas anuales. En 2023 superamos los cien mil millones. Se han duplicado en dos décadas. Y las proyecciones, incluso con las políticas de crecimiento verde más ambiciosas sobre la mesa, apuntan a que seguirán creciendo. Porque el crecimiento verde no cuestiona el volumen de producción: solo pretende que ese volumen sea menos sucio por unidad. Pero cien mil millones de toneladas un poco menos sucias siguen siendo cien mil millones de toneladas arrancadas al planeta, procesadas, consumidas y convertidas en residuos que el ecosistema no puede absorber.

Y aquí aparece el elefante en la habitación que nadie quiere nombrar: la paradoja de Jevons, formulada en 1865 y tan vigente hoy como entonces. Cuando la eficiencia tecnológica reduce el costo de usar un recurso, no se usa menos de ese recurso: se usa más. Los coches son más eficientes que hace treinta años, pero hay muchos más coches, son más grandes y recorren más kilómetros. Los electrodomésticos consumen menos energía por unidad, pero tenemos más electrodomésticos, más grandes, encendidos más horas. Las bombillas LED gastan una fracción de lo que gastaban las incandescentes, y la respuesta ha sido iluminar más, no consumir menos electricidad. La eficiencia sin límites al volumen total es cinta de correr: avanzas en intensidad, retrocedes en escala, y el resultado neto es que sigues en el mismo sitio o peor.

La transición a energías renovables es imprescindible y urgente. El Humanismo MAX lo defiende sin matices. Pero la transición renovable, por sí sola, no resuelve la crisis ecológica si se entiende como sustitución energética dentro del mismo modelo de crecimiento. Porque las renovables también requieren extracción. Paneles solares necesitan silicio, plata, cobre, cadmio. Aerogeneradores necesitan acero, fibra de vidrio, tierras raras. Baterías necesitan litio, cobalto, níquel. Electrificar la economía global al ritmo actual de consumo exigiría una extracción minera de una magnitud que genera sus propios desastres ecológicos y sociales. El Salar de Atacama se seca para que Europa conduzca coches eléctricos. Las minas de cobalto del Congo emplean niños para que Silicon Valley fabrique portátiles con cero emisiones en el punto de uso. La transición energética sin reducción del consumo material es desplazamiento del problema, no solución. Es cambiar la fuente de energía que alimenta la máquina extractiva sin cuestionar la máquina.

El greenwashing corporativo es la consecuencia natural de esta lógica. Si el crecimiento verde es la doctrina oficial, las corporaciones la convierten en campaña de marketing. Shell anuncia su compromiso con la neutralidad en carbono mientras sigue abriendo nuevas explotaciones de petróleo y gas. BP se rebautizó como “Beyond Petroleum” en el año 2000 y veinticinco años después sigue siendo una de las mayores petroleras del mundo. Repsol pone molinos eólicos en su logo mientras invierte en prospecciones en aguas profundas. BlackRock lanza fondos ESG —medioambientales, sociales y de gobernanza— mientras sigue siendo el mayor inversor institucional en combustibles fósiles del planeta. El crecimiento verde les permite seguir haciendo exactamente lo que hacían, con un departamento de sostenibilidad que produce informes bonitos y un equipo de comunicación que los traduce en anuncios con cielos azules, niños sonrientes y campos de aerogeneradores.

El Humanismo MAX rechaza esta estafa con la contundencia que merece. No porque rechace la tecnología verde —la necesitamos desesperadamente— sino porque rechaza la mentira de que la tecnología verde dentro del paradigma de crecimiento infinito es suficiente. No lo es. Los números no cuadran. La física no negocia. Crecimiento infinito en planeta finito es contradicción que ningún panel solar resolverá. Lo que se necesita no es crecimiento más limpio sino menos crecimiento material en las economías que más consumen, redistribución radical de lo que ya se produce, y una redefinición de qué entendemos por prosperidad que deje de confundir bienestar con acumulación.

Eso tiene un nombre: decrecimiento selectivo. Y suena a herejía porque lo es. Herejía contra el dogma central de la economía dominante, que dice que sin crecimiento no hay empleo, sin empleo no hay bienestar, sin bienestar no hay estabilidad social. El Humanismo MAX responde: sin planeta habitable no hay economía. Sin límites a la extracción no hay futuro. Sin redefinir prosperidad como florecimiento humano en vez de como aumento del PIB no hay salida a la trampa en la que estamos. El crecimiento verde es el opio de las élites: les permite seguir acumulando mientras simulan que el problema se está resolviendo. No se está resolviendo. Se está posponiendo. Y cada año de posposición la factura crece.

3.3. Políticas del daño: cuando la crueldad se disfraza de pragmatismo

Hay un tipo de violencia que no necesita puños ni armas. Se ejerce con hojas de cálculo, informes técnicos, lenguaje aséptico y ruedas de prensa donde ministros con traje explican, con tono de médico que da un diagnóstico difícil, que es necesario recortar. Recortar sanidad, recortar educación, recortar pensiones, recortar ayudas a la dependencia, recortar prestaciones por desempleo. Siempre recortar. Nunca al presupuesto de defensa, nunca a las bonificaciones fiscales a grandes fortunas, nunca a los rescates bancarios. Recortar siempre hacia abajo, siempre a quienes menos tienen, siempre con la misma coartada: no hay alternativa. Es lo responsable. Es lo que toca. Duele, sí, pero es necesario.

El Humanismo MAX llama a esto por su nombre: políticas del daño. No son ajustes técnicos. No son decisiones inevitables dictadas por las leyes de la economía como si la economía fuera física cuántica. Son decisiones políticas que benefician a unos a costa de otros, y que se presentan como neutrales para ocultar que son profundamente ideológicas. Cada recorte en sanidad pública es transferencia de riqueza de los enfermos a los accionistas de la sanidad privada. Cada reducción de prestaciones por desempleo es disciplinamiento de la fuerza laboral para que acepte peores condiciones. Cada privatización de un servicio público es conversión de un derecho en mercancía. No hay nada neutro en eso. No hay nada inevitable. Hay ganadores y perdedores, y los ganadores son siempre los mismos.

La arquitectura retórica de las políticas del daño es un prodigio de manipulación que conviene desmontar pieza por pieza, porque funciona precisamente cuando no se la examina.

Primera pieza: la responsabilización individual. Si estás en paro, es porque no te has formado lo suficiente, no porque el mercado laboral sea una trituradora de derechos. Si no llegas a fin de mes, es porque no administras bien tu dinero, no porque los salarios lleven décadas estancados mientras el costo de la vivienda se ha triplicado. Si enfermas, es porque no has cuidado tu salud, no porque trabajes sesenta horas semanales en condiciones que enferman a cualquiera. La responsabilización individual es el mecanismo que transforma fallos estructurales en defectos personales. Convierte a la víctima en culpable y al sistema que la victimiza en juez neutral. Y lo hace con una eficacia demoledora: millones de personas que sufren las consecuencias de decisiones políticas que no tomaron se culpan a sí mismas por su situación. La pobreza se vive como vergüenza personal, no como injusticia política. Ese es el triunfo más brillante del neoliberalismo: haber colonizado la subjetividad de quienes más daña.

Segunda pieza: el sufrimiento como incentivo. La idea de que la gente necesita sufrir para ser productiva. Que las ayudas generan dependencia. Que la red de seguridad social es hamaca que acomoda. Que si proteges a la gente de las consecuencias de su fracaso, le quitas el estímulo para triunfar. Esta lógica, que impregna la política económica de medio mundo, tiene una premisa que rara vez se explicita: que los seres humanos somos esencialmente vagos y que solo el látigo del mercado nos pone en movimiento. Es una antropología del desprecio. Y es empíricamente falsa. Los experimentos con renta básica universal —Finlandia, Kenia, Stockton en California, Barcelona— muestran consistentemente que las personas que reciben seguridad económica no dejan de trabajar: trabajan de forma diferente, más creativa, más centrada en necesidades reales, con mejor salud mental. Lo que desaparece no es la motivación: es la desesperación. Y resulta que la desesperación no es buen combustible para nada que merezca la pena.

Tercera pieza: la criminalización de la pobreza. Cuando las políticas del daño no logran hacer invisible al pobre responsabilizándolo, lo hacen peligroso. El indigente no es persona sin hogar: es amenaza al orden público. El vendedor ambulante no es superviviente de un mercado laboral que lo expulsó: es competencia desleal que hay que perseguir. El migrante que trabaja sin papeles no es explotado: es delincuente. Las ordenanzas de civismo que prohíben dormir en la calle, mendigar, rebuscar en contenedores. Las redadas policiales en barrios pobres que nunca ocurren en barrios ricos. Los centros de internamiento para extranjeros donde se encierra a personas que no han cometido ningún delito. Todo esto no es política de seguridad: es gestión penal de la pobreza. Es el sistema convirtiendo en criminales a quienes él mismo ha despojado.

Cuarta pieza: la austeridad como único camino. La doctrina que dice que cuando hay crisis económica, el Estado debe gastar menos. Que la disciplina fiscal es virtud suprema. Que la deuda pública es pecado mortal. Lo que la austeridad no dice es para quién es la disciplina. En 2008, cuando los bancos quebraron por su propia codicia, los Estados encontraron billones para rescatarlos de la noche a la mañana. No hubo debate sobre disciplina fiscal. No hubo lamentaciones sobre la deuda. No hubo comisiones de expertos explicando que no se podía. Se pudo. Pero cuando se trata de rescatar a personas —sanidad, educación, vivienda, pensiones—, de repente el dinero no existe, la responsabilidad fiscal es sagrada y no hay alternativa. La austeridad es selectiva. Siempre lo ha sido. Es socialismo para ricos y capitalismo salvaje para el resto: se socializan las pérdidas de los poderosos y se privatizan los servicios de los vulnerables.

Las consecuencias de las políticas del daño no son abstractas. Son cuerpos. En el Reino Unido, un estudio de 2017 publicado en BMJ Open estimó que las políticas de austeridad implementadas desde 2010 estaban asociadas con ciento veinte mil muertes adicionales. Ciento veinte mil personas que no habrían muerto si los recortes en sanidad y servicios sociales no se hubieran implementado. En Grecia, la troika —Comisión Europea, BCE y FMI— impuso un programa de austeridad que disparó la mortalidad infantil, multiplicó los suicidios, colapsó el sistema sanitario y condenó a una generación entera a la pobreza. En España, los recortes en sanidad pública de 2012 dejaron sin cobertura sanitaria a cientos de miles de personas migrantes en situación irregular, y organizaciones médicas documentaron muertes evitables como consecuencia directa. Esto no son efectos secundarios lamentables de decisiones difíciles. Son el efecto principal de decisiones crueles presentadas como técnicas.

El Humanismo MAX no pide que las políticas del daño sean más compasivas. Pide que desaparezcan. Que se sustituya la lógica del castigo por la lógica del derecho. Que la sanidad, la educación, la vivienda, la alimentación, el cuidado se traten como lo que son —condiciones de posibilidad para una vida digna— y no como privilegios que hay que ganarse sufriendo lo bastante. Que la pobreza se combata eliminando sus causas estructurales —desigualdad, concentración de riqueza, precarización del trabajo, mercantilización de derechos— en lugar de castigando a quienes la padecen. Que cada decisión política se evalúe con una pregunta elemental que las políticas del daño evitan sistemáticamente: ¿a quién hace daño esto y por qué?

Porque la crueldad no deja de ser crueldad por llevar corbata, hablar de responsabilidad fiscal y presentarse en PowerPoint. Es crueldad organizada. Y organizadamente la combatimos.

 

3.4. Populismos: el malestar es legítimo, la trampa no

Aquí el Humanismo MAX camina por terreno minado. Porque criticar el populismo desde posiciones progresistas exige una operación de precisión quirúrgica: separar la estructura del malestar que la alimenta, condenar el mecanismo sin despreciar a quienes lo abrazan, rechazar la trampa sin negar que la trampa funciona porque atrapa necesidades reales que el sistema ignora. Quien no hace esa distinción acaba en uno de dos errores: o justifica el populismo porque sus bases tienen razón en estar enfadadas, o desprecia a las bases porque han caído en el populismo. Ambos errores son cómodos. Ambos son inútiles.

Empecemos por lo que el populismo es, estructuralmente. No es una ideología con contenido fijo: es una lógica política que puede llenarse con contenidos de derecha o de izquierda. Esa lógica tiene piezas reconocibles. Un pueblo homogéneo, puro, traicionado. Una élite corrupta, desconectada, conspiradora. Un líder que encarna la voluntad auténtica de ese pueblo y que, por tanto, no necesita las mediaciones institucionales que frenan a los políticos normales: ni parlamento que le discuta, ni prensa que le cuestione, ni tribunales que le limiten, ni contrapesos que le estorben. El populismo no es crítica del poder: es promesa de un poder sin límites ejercido por quien dice representar al pueblo verdadero. Y esa promesa es estructuralmente antidemocrática, aunque se vista con los ropajes de la democracia directa.

Trump prometió drenar el pantano de Washington y llenó su gobierno de millonarios y lobbistas. Chávez prometió devolver el poder al pueblo y construyó un régimen donde un solo hombre decidía todo. Iglesias prometió que el cielo no se toma por consenso y acabó sometido a las mismas dinámicas de poder interno que criticaba en los demás. Orbán prometió defender a Hungría de las élites de Bruselas y creó una oligarquía propia más opaca y corrupta que cualquier burocracia europea. Bolsonaro prometió limpiar Brasil de la vieja política y desmanteló protecciones ambientales, armó a sus seguidores y flirteó abiertamente con el golpismo. El patrón es consistente: el líder populista promete devolver el poder al pueblo y acaba concentrándolo en sí mismo y en su círculo. Porque esa es la lógica interna del mecanismo: si el líder encarna la voluntad del pueblo, quien se opone al líder se opone al pueblo, y oponerse al pueblo es traición. No hay espacio para disidencia legítima. No hay espacio para complejidad. No hay espacio para que el pueblo sea lo que realmente es: plural, contradictorio, diverso, incapaz de ser representado por una sola voz sin que esa voz silencie a todas las demás.

Dicho esto —y aquí viene la precisión que importa—, el Humanismo MAX se niega a tratar el populismo como enfermedad inexplicable que brota porque la gente es tonta, manipulable o inferior. Esa lectura, frecuente en cierto progresismo de salón y en el liberalismo biempensante, es intelectualmente perezosa y políticamente suicida. El populismo crece porque el terreno está abonado. Y quien abonó ese terreno no fueron los votantes de Trump, de Vox o de Chávez: fue el sistema que los abandonó.

Cuando llevas décadas viendo cómo tu salario no crece mientras los beneficios corporativos baten récords, el enfado es racional. Cuando tu pueblo se vacía porque las políticas de concentración urbana han decidido que tu territorio no es rentable, la indignación es legítima. Cuando no puedes pagar una vivienda digna en la ciudad donde trabajas, el resentimiento tiene base material. Cuando ves que los bancos que causaron la crisis de 2008 fueron rescatados con tu dinero y tú fuiste desahuciado de tu casa, la rabia no es irracionalidad: es la respuesta humana lógica a una injusticia flagrante. El populismo no crea el malestar: lo captura. Lo canaliza. Le da un culpable —el inmigrante, la élite progresista, Bruselas, la casta— y un salvador —el líder—. Y funciona porque la alternativa que ofrecen los partidos tradicionales es, demasiado a menudo, más de lo mismo: más austeridad, más precariedad, más concentración de riqueza, más discursos sobre responsabilidad fiscal mientras los servicios públicos se desmoronan.

El Humanismo MAX rechaza la estructura populista sin despreciar sus bases. Y lo hace porque entiende algo que el centrismo ilustrado no quiere entender: que la mejor vacuna contra el populismo no es dar lecciones de democracia a quienes se sienten abandonados por ella, sino hacer que la democracia funcione para ellos. Cada servicio público que se recorta es un voto potencial para el populismo. Cada desigualdad que se tolera es semilla de resentimiento que el populismo cosechará. Cada promesa incumplida de la política tradicional es espacio que el demagogo ocupará con su promesa más grande, más simple, más falsa pero más atractiva.

Esto vale para el populismo de derechas y para el de izquierdas, aunque sus consecuencias no sean simétricas. El populismo de derechas señala al débil como culpable —inmigrante, mujer, homosexual, disidente— y defiende el orden existente en su versión más brutal. El populismo de izquierdas señala al poderoso como culpable —que a menudo lo es— pero sustituye transformación estructural por liderazgo mesiánico y acaba reproduciendo las mismas dinámicas de poder que decía combatir. Ambos erosionan instituciones. Ambos simplifican la realidad hasta la caricatura. Ambos prometen lo que no pueden cumplir. Pero no son moralmente equivalentes: un movimiento que defiende, aunque sea demagógicamente, la justicia social no es lo mismo que uno que defiende la supremacía étnica. La simetría total es falsa equidistancia. La distinción importa. Lo que no varía es la estructura: el pueblo como unidad ficticia, el líder como encarnación, las instituciones como obstáculo.

El Humanismo MAX propone una alternativa que es más difícil que el populismo pero más honesta: tomar en serio el malestar sin aceptar la trampa. Escuchar la rabia sin canalizarla hacia chivos expiatorios. Reconocer que las élites han fallado sin proponer sustituirlas por un caudillo. Defender instituciones democráticas no como son sino como deberían ser: participativas, transparentes, capaces de redistribuir poder y riqueza, permeables al control ciudadano. No es mensaje fácil de vender. No cabe en un tuit. No produce el subidón emocional del “nosotros contra ellos”. Pero es el único camino que no conduce al precipicio.

Porque el populismo no resuelve los problemas que explota. Los agrava. Concentra más poder, erosiona más instituciones, profundiza más la brecha entre promesa y realidad, genera más desencanto que alimentará al siguiente demagogo. Es la adicción política perfecta: cuanto más falla, más se necesita. Y romper ese ciclo no pasa por despreciar a quienes están atrapados en él. Pasa por construir algo que funcione de verdad. Algo que no prometa el cielo sino que garantice suelo: suelo firme de derechos, servicios, dignidad y participación real.

Eso es más difícil que un mitin. Pero es lo único que sirve.

 

3.5. Relativismo extremo: cuando todo es opinión, gana quien grita más fuerte

Hay una frase que se ha convertido en comodín para zanjar cualquier discusión: “Bueno, eso es tu opinión”. Cambio climático antropogénico respaldado por el noventa y siete por ciento de la comunidad científica. “Eso es tu opinión.” Vacunas que han erradicado enfermedades que mataban a millones. “Eso es tu opinión.” Evolución biológica documentada por ciento sesenta años de genética, paleontología y biogeografía. “Eso es tu opinión.” Cuatro palabras que consiguen algo que ningún argumento sofisticado lograría: poner al mismo nivel una vida entera de investigación rigurosa y un vídeo de tres minutos en TikTok. Democracia epistémica llevada al absurdo: todos los enunciados nacen iguales y mueren iguales, sin que ningún criterio de evidencia, método o coherencia pueda establecer diferencia entre acierto y error.

El Humanismo MAX combate este relativismo con la misma contundencia con la que combate al fascismo o al tecnofeudismo. Porque no son fenómenos desconectados: son aliados objetivos. Cuando todo es opinión, la verdad verificable pierde su estatus. Cuando la verdad pierde su estatus, el espacio público se convierte en campo de batalla donde gana quien tiene más altavoces, más dinero para comprar difusión, más algoritmos que amplifiquen su mensaje. Y quién tiene más altavoces, más dinero y más algoritmos no son los científicos del clima ni las asociaciones de pacientes ni las organizaciones de derechos humanos. Son las corporaciones fósiles que financian negacionismo, los oligarcas que poseen plataformas mediáticas, los demagogos que convierten la mentira en herramienta de poder. El relativismo extremo no es neutral: beneficia al poderoso. Siempre.

Conviene distinguir, porque el Humanismo MAX no es dogmático ni simplificador. Una cosa es el posmodernismo filosófico serio —Foucault analizando cómo el poder produce categorías de conocimiento, Derrida deconstruyendo los binarismos del pensamiento occidental, los estudios poscoloniales mostrando cómo la ciencia fue instrumentalizada para justificar colonialismo y racismo— y otra cosa muy distinta es la vulgarización relativista que ha destilado de esas tradiciones académicas y que circula como sentido común en ciertos sectores de la cultura contemporánea. Los posmodernos serios no dicen que no exista la verdad: dicen que la verdad se produce en contextos de poder que hay que examinar. Los relativistas vulgares dicen que todo es narrativa y que mi experiencia personal vale tanto como tu metaanálisis de doscientos estudios. El primer enunciado es herramienta crítica valiosa. El segundo es capitulación intelectual.

El problema es que la versión vulgar ha ganado la calle. Y la ha ganado no por méritos filosóficos sino porque es cómoda. Porque permite a cualquiera rechazar cualquier evidencia que incomode sin necesidad de argumentar. No me gustan las conclusiones de este estudio: es solo una narrativa más. No quiero aceptar que mi terapia alternativa no funciona: la ciencia es solo un paradigma entre otros. No me apetece enfrentar la complejidad del cambio climático: eso es lo que dicen los científicos, pero otros dicen otra cosa y quién sabe. El relativismo extremo es pereza cognitiva disfrazada de sofisticación. Y en un mundo inundado de información contradictoria, esa pereza es irresistible. Pensar críticamente exige esfuerzo. Decir “todo es opinión” no exige nada.

Pero las consecuencias no son abstractas. Cuando el relativismo se instala como clima cultural, la desinformación se vuelve ingobernable. Si no hay criterio para distinguir información verificada de bulo fabricado, ¿con qué autoridad epistémica combates al negacionismo climático? ¿Con qué argumento respondes al antivacunas que dice que sus fuentes valen tanto como las tuyas? ¿Con qué herramienta desarmas al conspiracionista que ha construido un universo alternativo de “hechos” tan internamente coherente como el tuyo? El relativismo desarma a quien defiende la verdad y arma a quien la ataca, porque el defensor necesita evidencia, método, rigor —cosas que exigen tiempo, recursos y honestidad— mientras que el atacante solo necesita sembrar duda. Y sembrar duda es infinitamente más barato que construir conocimiento.

La industria del tabaco lo descubrió en los años cincuenta y diseñó el manual que han seguido todos los negacionismos posteriores. No necesitas demostrar que el tabaco no causa cáncer. Solo necesitas que la gente crea que “hay debate”. No necesitas refutar la ciencia del clima. Solo necesitas que la gente piense que “los científicos no se ponen de acuerdo”. No necesitas probar que las vacunas son peligrosas. Solo necesitas que los padres duden lo suficiente como para no vacunar a sus hijos. La duda manufacturada es el producto más rentable del siglo XXI. Y el relativismo extremo es su mejor cliente, porque convierte la duda en virtud epistémica: dudar de todo es señal de mente abierta, creer en algo es señal de dogmatismo.

El Humanismo MAX opone a esta deriva un compromiso claro con lo que podemos llamar realismo crítico. No es cientificismo —la creencia de que la ciencia resuelve todas las preguntas, incluidas las éticas y las políticas—. No es positivismo ingenuo —la creencia de que los datos hablan por sí mismos sin interpretación—. Es la posición que dice: hay mejor y peor explicación del mundo, y los criterios para distinguirlas no son arbitrarios. La ciencia no es perfecta, no es neutral, no está libre de sesgos ni de influencia del poder. Pero es el mejor sistema que la humanidad ha desarrollado para producir conocimiento fiable sobre la realidad, porque tiene algo que ningún otro sistema tiene: mecanismos internos de autocorrección. Revisión por pares, replicación de estudios, falsabilidad, transparencia metodológica. Puede fallar y falla. Pero cuando falla, tiene herramientas para detectar el fallo y corregirlo. Ninguna alternativa epistemológica —ni la tradición, ni la revelación, ni la intuición, ni la experiencia personal, ni “lo que se siente verdadero”— ofrece eso.

Defender la ciencia no es defender a los científicos como casta infalible. Es defender un método. Un método que nos dice que la homeopatía no funciona más allá del placebo, que las vacunas son seguras y eficaces, que el cambio climático es real y antropogénico, que la evolución es un hecho, que la Tierra tiene cuatro mil quinientos millones de años y no seis mil. Estas no son opiniones: son conclusiones provisionales pero robustas, respaldadas por cantidades ingentes de evidencia convergente. Tratarlas como opiniones equivalentes a su negación no es pluralismo: es sabotaje epistémico.

Y el sabotaje epistémico tiene consecuencias políticas directas. Porque si no podemos ponernos de acuerdo en qué es verdad, no podemos ponernos de acuerdo en qué hacer. Si el cambio climático es “opinión”, no hay base para la política climática. Si la eficacia de las vacunas es “debate abierto”, no hay base para la salud pública. Si la desigualdad documentada con datos es “una narrativa más”, no hay base para la redistribución. El relativismo extremo no solo destruye la posibilidad de conocimiento: destruye la posibilidad de acción colectiva fundamentada. Y eso es exactamente lo que quieren quienes se benefician del statu quo. Porque mientras discutimos si la realidad existe, ellos la están configurando a su medida.

El Humanismo MAX defiende que la realidad existe, que es cognoscible imperfectamente pero no arbitrariamente, que los hechos importan, que la evidencia cuenta, y que quien dice lo contrario está —lo sepa o no— haciendo el trabajo de quienes necesitan que la verdad sea negociable para seguir mintiendo con impunidad. No es posición autoritaria. Es posición democrática. Porque la democracia solo funciona si los ciudadanos pueden acceder a información fiable sobre el mundo en el que viven. Sin verdad compartida no hay deliberación posible. Sin deliberación no hay democracia. Solo ruido. Y en el ruido, gana quien grita más fuerte.

Nosotros preferimos argumentar. Pero argumentar exige que exista algo sobre lo que argumentar. Y ese algo se llama realidad.