MANIFIESTO HUMANISMO MAX
Capítulo 7: Decrecimiento selectivo y florecimiento humano
7.1. Menos de lo que destruye, más de lo que importa
La palabra asusta. Decrecimiento. Suena a austeridad, a empobrecimiento, a volver a la cueva. Ese es exactamente el efecto que buscan quienes la deforman: convertir una propuesta de justicia ecológica en un espantajo. “¿Quieren que seamos pobres?” No. Queremos que dejéis de destruir el planeta para que tres mil personas sigan acumulando más riqueza de la que podrían gastar en diez vidas. La pregunta no es si podemos permitirnos decrecer. La pregunta es si podemos permitirnos no hacerlo.
Los datos no admiten negociación retórica. Las emisiones globales de CO₂ relacionadas con la energía alcanzaron un máximo histórico en 2024: 37.800 millones de toneladas, según la Agencia Internacional de la Energía. La concentración atmosférica de CO₂ llegó a 422,5 partes por millón, un 50% más que en niveles preindustriales. Siete de las nueve fronteras planetarias están ya transgredidas. Esto no es un debate académico: es un diagnóstico clínico. El paciente se muere y seguimos discutiendo si la fiebre es preocupante.
La respuesta del poder ha sido el crecimiento verde. La promesa de que podemos seguir produciendo, consumiendo, acumulando —pero en versión sostenible—. Paneles solares sobre el tejado del edificio en llamas. La evidencia empírica demolió esa fantasía hace años, pero la clase política sigue aferrada a ella como a un salvavidas de plomo. Hickel y Kallis lo demostraron en The Lancet Planetary Health: los once países de renta alta que lograron desacoplar emisiones del PIB entre 2013 y 2019 lo hicieron a ritmos tan lentos que, de mantenerse, necesitarían más de 220 años para reducir sus emisiones un 95%. Emitirían 27 veces su cuota justa del presupuesto de carbono restante para 1,5 °C. Eso no es crecimiento verde. Es contabilidad creativa mientras el termómetro sube.
Y hay trampa adicional: buena parte de ese supuesto desacoplamiento es un espejismo contable. Los países ricos han deslocalizado su producción industrial al Sur Global. Sus emisiones de consumo —las que incluyen lo que importan— apenas han bajado. Han exportado la destrucción, no la han eliminado. Cuando el Reino Unido presume de reducir emisiones mientras importa acero de India y electrónica de China, no está descarbonizando: está subcontratando el desastre.
El Humanismo MAX propone otra cosa. No decrecimiento indiscriminado —no somos ascetas ni luditas—. Decrecimiento selectivo. La distinción es crucial y no es retórica: significa reducir drásticamente lo que destruye y redirigir recursos hacia lo que permite florecer.
¿Qué decrece? La producción de combustibles fósiles. La industria militar —que en Europa occidental ya supera niveles del final de la Guerra Fría—. La fast fashion que genera 92 millones de toneladas de residuos textiles al año. Los vuelos privados: un solo jet emite en una hora lo que una persona media en un año. La obsolescencia programada que convierte tecnología funcional en basura planificada. La agroindustria intensiva que destruye suelos, contamina acuíferos y trata animales como materia prima con sistema nervioso. Los SUV urbanos de dos toneladas para llevar a un niño al colegio. La publicidad que fabrica necesidades para vender soluciones. Todo lo que existe no para satisfacer necesidades humanas sino para generar beneficio privado a costa de bienes comunes.
¿Qué crece? La sanidad pública. La educación. El transporte colectivo. Los cuidados —de personas mayores, de infancia, de quienes enferman—. La investigación científica orientada al bien común, no al retorno para accionistas. La cultura. Los espacios públicos. El tiempo libre. La restauración de ecosistemas degradados. La agricultura regenerativa. Las energías renovables bajo control público, no como nuevo nicho de negocio para los mismos fondos que antes invertían en carbón. Todo lo que sostiene vida digna y no tiene por qué generar beneficio.
Esto no es un programa de empobrecimiento. Es una redistribución radical de qué se produce, para quién y con qué propósito. Los estudios más recientes lo confirman: una encuesta publicada en The Lancet Planetary Health en 2025 por investigadores de la LSE y la Universidad Autónoma de Barcelona demostró que entre el 67% y el 84% de la población de Reino Unido y Estados Unidos apoya las propuestas centrales del decrecimiento cuando se explican con claridad. La resistencia no es al contenido, sino a la etiqueta. Cuando la gente entiende que se trata de reducir producción dañina y priorizar bienestar, dice que sí. Masivamente.
Los que dicen que no hay alternativa son los mismos que se benefician de que no la haya. BlackRock no quiere decrecimiento porque gestiona nueve billones de dólares en activos que necesitan crecer para justificar su existencia. Shell no quiere decrecimiento porque su modelo de negocio es literalmente quemar el futuro. Amazon no quiere decrecimiento porque su logística depende de sobreproducción, sobreconsumo y precariedad laboral. Sus intereses no son los nuestros. Su economía no es nuestra economía. Su crecimiento no es nuestro bienestar.
El decrecimiento selectivo no es un sacrificio. Es una liberación. Liberación de la lógica que nos obliga a producir lo que no necesitamos, comprar lo que no queremos, trabajar para pagar lo que no nos hace felices y destruir lo que necesitamos para sobrevivir. Menos de lo que destruye. Más de lo que importa. No es eslogan. Es programa. Y es urgente.
7.2. Trabajo, tiempo libre y cuidados: repensar la vida buena
Trabajamos demasiado. Lo sabemos. Lo sentimos en el cuerpo, en las relaciones que se deterioran, en los hijos que crecen mientras nosotros miramos pantallas, en el insomnio que no se cura con melatonina. Pero seguimos. Seguimos porque el sistema necesita que sigamos. No porque producir más nos haga vivir mejor —eso dejó de ser cierto hace décadas en las economías ricas— sino porque el capitalismo necesita cuerpos ocupados para funcionar. Necesita que confundamos empleo con identidad, productividad con valor personal, agotamiento con compromiso. Necesita, sobre todo, que no nos quede tiempo para pensar en alternativas.
La evidencia científica ya no deja margen para la duda. Un estudio publicado en Nature Human Behaviour en 2025 analizó datos de 2.896 empleados en 141 organizaciones de seis países que implementaron la semana de cuatro días sin reducción salarial. Los resultados: mejora significativa en burnout, satisfacción laboral, salud mental y salud física. Más del 95% de los participantes prefirieron no volver a la semana de cinco días. El estudio piloto alemán de la Universidad de Münster, con 45 organizaciones, encontró lo mismo: el bienestar aumentó, la productividad se mantuvo o mejoró levemente, y más del 70% de las empresas decidieron continuar con el modelo. No son anécdotas. Es evidencia replicada en países, sectores y culturas laborales distintas. Trabajar menos funciona. Funciona para las personas y funciona para las organizaciones.
La pregunta entonces no es técnica. Es política. Si trabajar menos mejora la salud, la productividad y la vida de las personas, ¿por qué no se implementa? Porque reducir el tiempo de trabajo amenaza algo más profundo que los márgenes de beneficio: amenaza el control. Una población con tiempo libre es una población que lee, que se organiza, que protesta, que imagina. Una población exhausta es una población gobernable. Bertrand Russell lo escribió en 1932: “Hay demasiada laboriosidad en el mundo, y la creencia de que el trabajo es virtuoso causa inmenso daño”. Casi un siglo después, seguimos igual. Peor: hemos interiorizado la virtud del agotamiento hasta convertirla en identidad. “Estoy muy liado” como medalla, no como denuncia.
El Humanismo MAX propone una reorganización radical del tiempo. Reducción progresiva de la jornada laboral hacia las 32 horas semanales como estándar, sin reducción salarial, financiada con los incrementos de productividad que la automatización lleva décadas generando y que el capital ha capturado íntegramente. Reparto del empleo: si hay menos trabajo necesario —y la automatización garantiza que lo habrá—, se reparte, no se concentra en unos mientras otros van al desempleo. Derecho al tiempo libre como derecho fundamental, no como privilegio de quienes pueden permitírselo.
Pero hablar de trabajo sin hablar de cuidados es hacer trampas. Porque existe un trabajo gigantesco, imprescindible para que todo lo demás funcione, que el capitalismo ha decidido que no existe. Cada día se realizan en el mundo 16.400 millones de horas de trabajo de cuidados no remunerado: criar, alimentar, limpiar, acompañar, cuidar de quienes enferman, de quienes envejecen, de quienes nacen. Equivale a 2.000 millones de personas trabajando ocho horas diarias gratis. Si se pagara a salario mínimo, representaría el 9% del PIB mundial: 11 billones de dólares. En algunos países superaría el 40% del PIB, más que sectores enteros como manufactura o transporte. Según la OIT, las mujeres realizan el 76% de ese trabajo. Dedican una media de cuatro horas y 25 minutos diarios a cuidados, frente a una hora y 23 minutos los hombres. La economía global se sostiene sobre trabajo gratuito de mujeres. Eso no es un dato sociológico. Es un escándalo estructural.
El PIB no lo cuenta. Los gobiernos no lo presupuestan. Los economistas no lo modelan. Y sin embargo, sin ese trabajo invisible todo se derrumba: no hay trabajadores que produzcan, no hay consumidores que compren, no hay niños que crezcan, no hay personas mayores que sobrevivan. Como escribió Marilyn Waring, el PIB cuenta los vertidos de petróleo y las guerras como contribuciones positivas al crecimiento, pero considera que el cuidado de los hijos y las familias no tiene valor. El sistema contable que organiza la economía mundial es, literalmente, ciego a lo que la sostiene.
El Humanismo MAX exige visibilizar, remunerar y redistribuir los cuidados. Visibilizar significa incluirlos en las cuentas nacionales mediante encuestas de uso del tiempo y cuentas satélite obligatorias. Remunerar significa que quien cuida recibe compensación económica, protección social, cotización para pensiones. Redistribuir significa que cuidar deja de ser “cosa de mujeres” y pasa a ser responsabilidad compartida entre géneros, entre familias y Estado, entre sector público y privado. Permisos parentales iguales e intransferibles. Redes públicas de cuidado de infancia y de personas dependientes. Servicios comunitarios de proximidad.
La vida buena no es producir más. No es consumir más. No es acumular más. La vida buena es tener tiempo para vivir: para criar sin ansiedad, para cuidar sin empobrecer, para crear sin mercantilizar, para descansar sin culpa, para participar en la comunidad, para pensar. Eso no se consigue con coaching ni con mindfulness ni con apps de productividad. Se consigue cambiando las reglas. Trabajar menos horas por el mismo salario. Reconocer que cuidar es trabajar. Repartir el tiempo como se reparte —o debería repartirse— la riqueza.
No es utopía. Es decisión política. Y las decisiones políticas se toman o se padecen.
7.3. Publicidad, deseo fabricado y la industria de la insatisfacción
Un billón de dólares. Eso es lo que el mundo gastó en publicidad en 2024, según WARC. Un billón. Por primera vez en la historia, la industria cuya función es convencerte de que necesitas lo que no necesitas superó la barrera de los trece dígitos. Más que el PIB de Países Bajos. Más que todo el gasto sanitario público de la Unión Europea. Un billón de dólares invertidos no en crear nada, no en curar nada, no en alimentar a nadie, sino en fabricar deseo. En producir insatisfacción a escala industrial para que la satisfacción solo pueda comprarse.
Eso es la publicidad en el capitalismo tardío: no información sobre productos, sino ingeniería emocional. No te dice qué existe. Te dice qué te falta. No apela a necesidades. Las crea. Y las crea con una sofisticación que haría palidecer a cualquier régimen de propaganda del siglo XX, porque los regímenes totalitarios trabajaban con carteles y radio. La publicidad contemporánea trabaja con datos biométricos, perfiles psicográficos, algoritmos de predicción conductual y acceso permanente al bolsillo de tres mil millones de personas a través de dispositivos que llevamos pegados al cuerpo diecisiete horas al día. No es persuasión. Es ocupación del espacio mental.
El mecanismo es tan eficaz que se ha vuelto invisible. Funciona así: generas insatisfacción con lo que tienes, ofreces satisfacción con lo que vendes, la satisfacción dura lo justo para que necesites la siguiente compra. Repetir. El ciclo no tiene fin porque está diseñado para no tenerlo. Un consumidor satisfecho es un consumidor perdido. La industria publicitaria no vende productos: vende el vacío necesario para que los productos tengan sentido. Y ese vacío tiene consecuencias medibles.
Los estudios lo documentan sin ambigüedad: la exposición publicitaria masiva se asocia con menor bienestar subjetivo, mayor ansiedad, peor imagen corporal y más conductas de consumo compulsivo. La investigación muestra que la publicidad que fomenta “deseos interminables” reduce activamente la felicidad y es dañina para la sociedad. En menores, el efecto es devastador. Un informe del Cirujano General de Estados Unidos señaló que en 2019 uno de cada tres estudiantes de secundaria y la mitad de las estudiantes reportaban sentimientos persistentes de tristeza o desesperanza, un aumento del 40% respecto a 2009. Las plataformas donde pasan sus horas —Instagram, TikTok, YouTube— no son redes sociales: son infraestructuras publicitarias que monetizan atención. Su modelo de negocio necesita que los adolescentes sigan mirando, y la forma más eficaz de que sigan mirando es mantenerlos inseguros, comparándose, deseando lo que no tienen.
Más de la mitad del billón publicitario global va a cinco empresas: Alphabet, Meta, Amazon, ByteDance y Alibaba. Cinco corporaciones controlan la maquinaria de deseo del planeta. No son medios de comunicación. Son fábricas de insatisfacción con cotización en bolsa. Cada clic, cada scroll, cada segundo de atención es materia prima que se extrae, se procesa y se vende. La publicidad digital no te interrumpe como la televisión: te envuelve. Es el agua en la que nadas. No puedes salir porque no sabes que estás dentro.
Hay quien argumenta que la publicidad es información, que el consumidor es libre, que el mercado ofrece opciones y la gente elige. Steel man: la publicidad reduce costes de búsqueda, permite que productos innovadores lleguen a quien los necesita, financia medios de comunicación y contenido gratuito, y la regulación excesiva sería paternalista e ineficaz. Aceptemos esto por un momento. Ahora contrastemos con la realidad: nadie necesita que le bombardeen con 5.000 impactos publicitarios al día para encontrar un dentífrico. La “información” no requiere técnicas de manipulación conductual diseñadas por equipos de psicólogos y neurocientíficos contratados expresamente para saltarse las defensas racionales del consumidor. Y el contenido “gratuito” no es gratuito: se paga con datos personales, tiempo de atención y salud mental. La libertad de elección en un entorno publicitario saturado es como la libertad de movimiento en un campo magnético: técnicamente puedes ir a donde quieras, pero las fuerzas invisibles te empujan donde ellas deciden.
El Humanismo MAX no propone abolir toda publicidad. Propone tratarla como lo que es: un problema de salud pública y de justicia social. Las medidas concretas existen y varias ya se implementan en algún lugar del mundo. Prohibición total de publicidad dirigida a menores, como Suecia, Noruega y Quebec llevan décadas aplicando en distintos grados. Eliminación de la publicidad de alimentos ultraprocesados, alcohol y apuestas en horario de protección. Prohibición de técnicas de segmentación psicográfica que explotan vulnerabilidades emocionales documentadas. Regulación estricta de publicidad en redes sociales, con auditorías obligatorias de algoritmos de recomendación. Impuesto significativo sobre gasto publicitario cuya recaudación financie educación mediática pública. Espacios urbanos libres de publicidad comercial: ciudades para personas, no para carteles.
Y hay una medida más profunda, que trasciende la regulación: recuperar el concepto de suficiencia. La idea de que tener bastante es suficiente. Que una vida buena no requiere acumulación infinita. Que el deseo fabricado no es deseo auténtico. Que la felicidad no está en la próxima compra sino en lo que la publicidad intenta hacerte olvidar que ya tienes: relaciones, tiempo, salud, pertenencia, sentido.
No somos antimercado. Somos antipropaganda. La diferencia es crucial. Un mercado donde la información fluye libremente es una cosa. Una civilización donde un billón de dólares al año se dedica a manipular las emociones de miles de millones de personas para que compren lo que no necesitan con dinero que no tienen para impresionar a gente que no les importa —eso no es mercado libre. Es colonización del deseo. Y contra eso, la resistencia no es opcional.
7.4. Salud mental colectiva: las patologías del capitalismo no se curan con terapia individual
Más de mil millones de personas en el mundo viven con un trastorno de salud mental, según los datos publicados por la OMS en 2025. Mil millones. Una de cada siete personas del planeta. La depresión y la ansiedad son las condiciones más frecuentes: 280 millones de personas conviven con depresión, 301 millones con trastornos de ansiedad. El suicidio se cobra 727.000 vidas al año y sigue siendo una de las principales causas de muerte entre jóvenes. La pandemia de COVID-19 incrementó los casos de ansiedad y depresión un 25% globalmente. Y la depresión y la ansiedad, juntas, cuestan a la economía mundial un billón de dólares anuales en productividad perdida. Esa es la dimensión del problema. Y sin embargo, la respuesta dominante sigue siendo: medícate, haz terapia, medita, descarga una app de mindfulness, respira. Como si mil millones de cerebros hubieran decidido estropearse simultáneamente por razones individuales.
El Relator Especial de la ONU sobre pobreza extrema, Olivier de Schutter, lo diagnosticó con precisión en su informe de 2024, The Burnout Economy: “Nuestra obsesión con el crecimiento ha creado una economía del agotamiento: una carrera para aumentar los beneficios de una élite diminuta en la que millones de personas han enfermado demasiado para correr”. No es una metáfora. Es una descripción clínica de un sistema que enferma a quienes lo sostienen. La competencia feroz, las jornadas interminables, la inseguridad laboral crónica, la precarización del empleo, la desconexión entre el trabajo realizado y su sentido, la presión constante por optimizarse, rendirse más, valer más en el mercado —todo eso no es contexto de la enfermedad mental, es su etiología—.
Y la investigación lo confirma de manera consistente. Un artículo del British Journal of Social Psychology de 2026 identifica tres “síndromes capitalistas” que la psicología ha tratado como fenómenos individuales cuando son patrones estructurales: el Síndrome de Primacía de la Ganancia —la acumulación perpetua como orientación vital—, el Síndrome de Rivalidad Suma Cero —la competencia erosionando vínculos sociales— y el Síndrome de Mercantilización del Yo —convertir la identidad en marca personal, las relaciones en transacciones, el bienestar en producto—. No son diagnósticos clínicos. Son descripciones de lo que el capitalismo hace con la psique cuando se naturaliza hasta volverse invisible.
Lo perverso del asunto es la inversión causal. El sistema genera precariedad, aislamiento, agotamiento, pérdida de sentido. Las personas enferman. Y el sistema les dice que el problema es suyo. Que les falta resiliencia, inteligencia emocional, gestión del estrés, autocuidado. Que necesitan terapia cognitivo-conductual para “reestructurar pensamientos disfuncionales”. Que deben medicarse para ajustar su química cerebral a las condiciones que las enferman. Que si no pueden, es su responsabilidad. El capitalismo privatiza la enfermedad que produce. Socializa el coste de enfermar y privatiza el beneficio de las condiciones que enferman. Y encima crea una industria —wellness, coaching, mindfulness corporativo, apps de meditación— que vende la cura individual del daño colectivo. Un negocio redondo.
Que nadie malinterprete: la terapia funciona. La medicación es necesaria cuando está indicada. La psicología clínica y la psiquiatría basada en evidencia son herramientas imprescindibles y despreciarlas sería irresponsable. El Humanismo MAX no es antipsiquiatría. Es anti-individualización del sufrimiento colectivo. Es la exigencia de que, junto a los tratamientos individuales, se aborden las causas estructurales que producen la epidemia. Porque tratar la ansiedad de una persona precaria sin abordar la precariedad es como poner tiritas en una herida que no deja de cortarse. Funciona un rato. No resuelve nada.
¿Qué significa abordar la salud mental como cuestión colectiva? Significa, primero, reconocer que la desigualdad enferma. Las sociedades más desiguales presentan tasas más altas de depresión, ansiedad y otros trastornos mentales —el gradiente social de la enfermedad mental está documentado desde hace décadas por epidemiólogos como Michael Marmot—. Redistribuir riqueza no es solo justicia económica: es política sanitaria. Significa, segundo, que las condiciones laborales son condiciones de salud mental. Contratos precarios, jornadas extenuantes, trabajo sin sentido, vigilancia algorítmica, presión por rendimiento sin fin: cada una de esas condiciones es un factor de riesgo documentado. Regularlas no es paternalismo: es prevención. Significa, tercero, que el aislamiento social es un problema político, no personal. El Cirujano General de Estados Unidos declaró en 2023 la soledad epidemia de salud pública, equivalente en riesgo a fumar quince cigarrillos al día. La participación en organizaciones comunitarias cayó un 45% entre 1985 y 1994. El capitalismo destruye comunidad —horarios imposibles, movilidad forzada, urbanismo hostil, pantallas como sustituto de relaciones— y luego te vende la solución individual: paga una app de conexión social.
Y significa, cuarto, que la salud mental necesita inversión pública real, no declaraciones retóricas. El gasto mediano de los gobiernos en salud mental permanece en el 2% del presupuesto sanitario total, sin cambios desde 2017. Mientras los países de renta alta gastan hasta 65 dólares por persona, los países de renta baja gastan cuatro centavos. Menos del 10% de los países han completado la transición a modelos de atención comunitaria. Casi la mitad de las hospitalizaciones psiquiátricas siguen siendo involuntarias. El 91% de las personas con depresión en el mundo no accede a tratamiento. Esto no es un fallo del sistema. Es el sistema.
El Humanismo MAX defiende la salud mental como derecho, no como mercancía. Sistemas públicos de atención psicológica accesibles, gratuitos, integrados en atención primaria. Regulación laboral que prevenga el daño psicológico en el trabajo. Políticas de vivienda, urbanismo y transporte que generen comunidad en lugar de destruirla. Reducción de desigualdad como la intervención de salud mental más eficaz que existe. Y una transformación cultural profunda: dejar de culpar a los individuos por lo que el sistema les hace.
Mil millones de personas no están enfermas por casualidad. Están enfermas porque viven en un sistema diseñado para extraer de ellas todo lo que pueden dar y no devolverles lo que necesitan para vivir. Eso no se cura con meditación. Se cura cambiando el sistema.
7.5. Bienestar sin PIB: medir lo que importa
En 2024, la Corporación Mondragón —la mayor federación de cooperativas de trabajadores del mundo— facturó 11.213 millones de euros, empleó a más de 70.000 personas en 81 cooperativas, invirtió 377 millones en su propio desarrollo y mantuvo una ratio salarial máxima de 6 a 1 entre el directivo mejor pagado y el trabajador peor pagado. En Estados Unidos, esa ratio media es de 344 a 1. En las empresas del FTSE 100 británico, de 129 a 1. Mondragón no es una utopía rural ni un experimento marginal: fabrica componentes industriales que se exportan a cinco continentes, gestiona una cadena de supermercados con más de 6.000 millones en ventas, opera una universidad, un banco y un sistema propio de seguridad social. Cuando la cooperativa Fagor quebró durante la crisis, el 95% de sus 2.000 trabajadores fueron reubicados en otras cooperativas de la red. No despedidos. Reubicados. Porque en Mondragón, las personas no son costes a recortar sino el propósito de la empresa.
Mondragón demuestra algo que el capitalismo convencional necesita que no se demuestre: que otra forma de organizar la producción es posible, viable y competitiva. Que la democracia no tiene por qué detenerse a las puertas del centro de trabajo. Que los trabajadores pueden ser propietarios, decidir su estrategia, elegir a sus directivos y repartir beneficios sin que la empresa se hunda. Fortune Magazine situó a Mondragón en el puesto undécimo de su lista de empresas que están cambiando el mundo, por delante de Mastercard, Microsoft y Google. Naciones Unidas declaró 2025 Año Internacional de las Cooperativas. Y en Estados Unidos, el número de cooperativas de trabajadores se ha triplicado en la última década, aunque sigue siendo insuficiente para transformar la economía. Las cooperativas no son la respuesta completa. Pero son la demostración empírica de que la pregunta —¿podemos organizar la economía de otra manera?— tiene respuesta afirmativa.
Ahora bien, para construir una economía al servicio de la vida hace falta algo más que empresas democráticas. Hace falta cambiar la brújula. Porque mientras midamos el éxito de una sociedad por su PIB, seguiremos optimizando lo que no importa y destruyendo lo que sí. El PIB cuenta como positivo un vertido de petróleo —hay que limpiar, eso genera actividad económica—, una guerra —hay que reconstruir, eso es crecimiento—, una epidemia de cáncer —hay que tratar, eso mueve la industria farmacéutica—. El PIB no resta la destrucción ambiental, no incluye el trabajo doméstico y de cuidados que sostiene la economía visible, no distingue entre producción que mejora vidas y producción que las arruina. Un país puede tener un PIB en ascenso y una población cada vez más miserable, más enferma, más sola. Y de hecho, eso es exactamente lo que está ocurriendo en gran parte del mundo desarrollado.
Como expresó António Guterres ante el Foro Económico Mundial: “Cuando destruimos un bosque, estamos creando PIB. Cuando sobreexplotamos la pesca, estamos creando PIB. El PIB no es una forma de medir la riqueza en la situación actual del mundo”. No es un diagnóstico radical. Es una obviedad que los economistas conocen desde hace décadas pero que la política convencional se niega a asumir porque el PIB tiene una virtud insuperable para el poder: es un número único, fácil de comunicar, que sube o baja, y que permite decir “vamos bien” sin preguntar a quién le va bien y a costa de qué.
La alternativa no es abstracta. Ya existe. Un grupo de gobiernos —Escocia, Islandia, Nueva Zelanda, Finlandia, Gales, Canadá— formaron la alianza Wellbeing Economy Governments (WEGo) para poner el bienestar, no el crecimiento, en el centro de sus políticas públicas. Nueva Zelanda aprobó en 2019 su primer Presupuesto de Bienestar, que priorizaba salud mental, bienestar infantil y apoyo a comunidades maorí y del Pacífico. Gales aprobó en 2015 la Ley de Bienestar de las Futuras Generaciones, que obliga legalmente a los organismos públicos a considerar el impacto a largo plazo de sus decisiones. Bután desarrolló su Índice de Felicidad Nacional Bruta y redujo la pobreza del 32% al 10,2% en una década mientras se mantenía climáticamente neutro. No son paraísos. Son países reales, con problemas reales, que decidieron medir lo que importa y gobernar en consecuencia.
Los indicadores existen: el Índice de Progreso Genuino (GPI), que ajusta por costes sociales y ambientales; el Índice de Desarrollo Humano (IDH), centrado en salud, educación e ingresos; marcos multidimensionales que incluyen distribución de riqueza, trabajo no remunerado, salud ecosistémica, cohesión social, participación democrática, tiempo libre, acceso a cultura. No se trata de elegir un número mágico que sustituya al PIB. Se trata de un panel de indicadores que refleje la complejidad de lo que significa vivir bien, como el cuadro de mandos de un avión que no puede pilotar un solo instrumento.
El Humanismo MAX propone una transición concreta. Primero, adopción obligatoria de indicadores de bienestar multidimensional a nivel estatal, autonómico y municipal, con publicación periódica y debate parlamentario. Segundo, presupuestos de bienestar que asignen recursos según impacto en indicadores de vida real —salud, educación, igualdad, sostenibilidad— y no según impacto en crecimiento del PIB. Tercero, contabilización del trabajo de cuidados no remunerado mediante encuestas de uso del tiempo y cuentas satélite, visibilizando los 16.400 millones de horas diarias de trabajo invisible que sostienen la economía visible. Cuarto, auditorías de impacto ecológico y social obligatorias para toda inversión pública y toda empresa que supere determinado tamaño. Quinto, fomento legislativo y financiero de cooperativas, empresas de economía social y modelos de propiedad democrática, con acceso preferente a contratación pública, financiación pública y suelo.
Y sexto, algo que trasciende la política institucional: una conversación cultural sobre qué significa prosperar. Porque mientras sigamos creyendo que prosperar es tener más, seguiremos midiendo el progreso por lo que acumulamos en lugar de por cómo vivimos. La suficiencia no es pobreza. Es libertad frente al deseo fabricado. Es elegir tiempo sobre mercancía, relación sobre transacción, sentido sobre acumulación. No es renuncia. Es lucidez.
El capítulo que cierra aquí empezó preguntando qué debería decrecer y qué debería crecer. La respuesta del Humanismo MAX es coherente de principio a fin: debe decrecer lo que destruye —combustibles fósiles, publicidad tóxica, jornadas extenuantes, desigualdad patológica, PIB como fetiche—. Y debe crecer lo que importa —cuidados, tiempo, salud, comunidad, democracia económica, conocimiento, naturaleza restaurada—. No es una propuesta de empobrecimiento. Es una propuesta de civilización. La primera en mucho tiempo que se atreve a decir que el emperador está desnudo y que la riqueza de unos pocos construida sobre la miseria de muchos no es riqueza: es saqueo con buena contabilidad.
