El estadio es el laboratorio más antiguo de neurobiología social que tenemos. Y lo que ocurre dentro de él nos dice cosas incómodas sobre quiénes somos.
Mestalla, mayo de 2023. Vinícius Júnior lleva la pelota por la banda. Desde las gradas llegan cánticos de animales. No es la primera vez. Tampoco la última. El jugador del Real Madrid señala a las gradas y pregunta con la mirada qué tipo de país permite esto. La respuesta del presidente de La Liga fue que el problema era de Vinícius, no de las gradas. La Fiscalía española acabó imputando a cuatro personas. Poca cosa para algo tan sistemático.
En urgencias he visto muchas veces lo que llega después de un partido. Peleas en bares, contusiones, alguna fractura, alguna cosa peor. Nunca en todos esos años me pregunté demasiado por qué. Lo atribuía al alcohol, a la noche, a la adrenalina. Pero la pregunta correcta no era qué lo desencadenaba. Era qué preparaba el terreno para que eso fuera posible.
La pregunta que surge cuando se apagan los focos del estadio no es solo jurídica ni moral. Es científica: ¿qué ocurre en el cerebro de quien lanza ese cántico? ¿Es el fútbol una causa de xenofobia o un escenario donde las predisposiciones latentes encuentran combustible? ¿Somos tribales por diseño, o nos hacen tribales?
La neurociencia, la psicología evolutiva y la ciencia política tienen respuestas parciales pero convergentes. Y la síntesis es menos tranquilizadora de lo que quisiéramos.
Lo que el fútbol hace al cerebro
El fútbol es, antes que nada, un sistema de recompensa impredecible. Los resultados bajos en goles y altamente variables —características que no comparte con otros deportes de masas— activan de manera especialmente potente los circuitos dopaminérgicos de predicción de error. Dicho en términos más directos: no saber si va a entrar el gol es más adictivo que saber que va a entrar. La incertidumbre alimenta el circuito de la recompensa con más eficacia que la certeza.
Un estudio reciente publicado en Frontiers in Psychology (Butler et al., 2025) analiza la neurociencia evolutiva del fanatismo futbolístico con precisión: el fútbol activa regiones de recompensa —área tegmental ventral, sustancia negra— y áreas del sistema límbico implicadas en la cognición emocional de un modo que se corresponde con los mecanismos de vinculación grupal que la evolución perfeccionó durante millones de años. El partido no es entretenimiento. Es, para el cerebro, una situación de relevancia tribal máxima.
El partido no es entretenimiento. Para el cerebro del hincha fusionado con su club, es una situación de relevancia tribal máxima con implicaciones de supervivencia de grupo.
Más perturbador aún: los estudios de neuroimagen funcional muestran que las derrotas del equipo propio suprimen la actividad del córtex cingulado anterior dorsal, la región responsable de regular la emoción y modular el comportamiento. Los aficionados más fanáticos muestran el desequilibrio más extremo entre activación límbica y control cognitivo. En términos clínicos: el fanatismo desinhibe. Reduce exactamente el control que más se necesitaría.
Lo paradójico es que ese mismo mecanismo produce cohesión. Un equipo investigador que analizó aficionados de clubes chilenos documentó que el “efecto del doble compromiso tras la derrota” es tan real como el de la victoria: la agonía compartida de perder suelda al grupo entre sí con tanta intensidad como la alegría colectiva de ganar. La adversidad no dispersa a la tribu; la condensa.
La dinámica nosotros/ellos: el núcleo del problema
La afiliación grupal es el mecanismo que hace funcionar todo lo anterior. La investigación sobre dinámica intragrupo/exogrupo tiene décadas de acumulación sólida. Tajfel y Turner establecieron en los años setenta que la simple categorización en grupos —incluso arbitraria, incluso sin historia común— produce favoritismo hacia el propio grupo y discriminación hacia el ajeno. El fútbol no inventa este mecanismo. Lo magnifica en condiciones de alta intensidad emocional, con una identidad colectiva cargada de historia, territorio y símbolos.
El concepto de fusión de identidad (Swann et al., 2009; Newson et al., 2023) es la clave explicativa más sólida. Las personas altamente fusionadas con su grupo reportan una sensación visceral de unidad: los límites entre el yo individual y el yo grupal se borran. Una amenaza al grupo se vive como una amenaza personal. Este fenómeno, documentado de forma consistente entre aficionados brasileños, británicos, australianos y polacos, explica la transición del hincha tranquilo al ultra violento: no es un tipo de persona diferente, es el mismo mecanismo psicobiológico en un punto diferente de la escala de intensidad.
La implicación práctica es incómoda: la persona que el lunes defiende la diversidad en el trabajo puede, el domingo en el estadio, participar en la deshumanización de un jugador negro. No por hipocresía. Sino porque el contexto de alta fusión identitaria activa circuitos que el contexto cotidiano no activa. El estadio no revela al “verdadero yo”; activa un modo de procesamiento que la mayoría de ambientes inhiben.
La persona que el lunes defiende la diversidad en la oficina puede el domingo participar en la deshumanización de un jugador negro. No por hipocresía: el contexto de fusión identitaria activa circuitos que el entorno cotidiano inhibe.
¿Somos xenófobos por diseño evolutivo?
Aquí la honestidad obliga a matizar con rigor, porque el determinismo biológico es tan tentador como incorrecto.
El sesgo hacia el propio grupo es, efectivamente, antiguo y universal. Las tendencias a favorecer al grupo propio se observan en todo el reino animal; estudios convergentes de neuropsicología, conducta comparada e imagen funcional identifican fundamentos neurológicos de lo que la etología llama comportamiento adaptativo. No somos la excepción; somos la regla.
Un dato especialmente incómodo viene de la oxitocina, el neuropéptido bautizado popularmente como “la hormona del amor”. La evidencia publicada en PNAS (De Dreu et al., 2011) es clara: la oxitocina refuerza la discriminación entre intragrupo y exogrupo y da trato preferencial a los miembros del propio grupo. Sus efectos prosociales no son universales; parecen limitarse a los miembros del grupo propio. El mismo neuromodulador que nos hace empáticos con los nuestros puede exacerbar el rechazo a los otros.
Pero aquí es donde Sapolsky señala lo decisivo: estas reacciones biológicas no son xenofobia. Son los elementos fundacionales que pueden conducir al miedo y al odio. El salto de la predisposición evolutiva a la xenofobia explícita como actitud social estructurada requiere siempre un catalizador externo: narrativa política, sensación de amenaza, escasez de recursos percibida, o liderazgo que active deliberadamente el mecanismo.
La biología nos da la chispa. La cultura, la política y el contexto deciden si hay combustible alrededor. Confundir la chispa con el incendio es el primer error; ignorar la chispa es el segundo.
Los humanos somos, además, un caso estadísticamente atípico entre los primates: combinamos una capacidad para la tolerancia hacia extraños que pocos mamíferos igualan con una capacidad para la violencia intergrupal también excepcional. La plasticidad es real. El cerebro ajusta sus procesos para categorizar la relevancia social en función del contexto. Y eso significa que el sesgo automático no es irreversible, ni biológicamente inevitable.
El debate entre filogenia (sesgo innato) y ontogenia (sesgo aprendido) no está cerrado. Los psicólogos evolutivos aceptan que más sesgos tienen origen filogenético; los neurocientíficos cognitivos aceptan un número mucho más limitado de sesgos innatos. La evidencia empírica disponible no zanja la discusión definitivamente. Esa incertidumbre forma parte de la respuesta honesta.
Los datos: cuándo el estadio se convierte en plataforma
Lo que no admite incertidumbre es la dimensión del problema concreto en el fútbol europeo.
En la temporada 2023-24, la organización antirracismo Kick It Out registró niveles récord de incidentes discriminatorios en el fútbol inglés, con el racismo representando el 54% de todos los informes. Los insultos antisemitas e islamófobos crecieron un 40% respecto a la temporada anterior. La Eurocopa de 2024 en Alemania concluyó con siete selecciones sancionadas por la UEFA por comportamiento racista de sus aficionados, entre ellas Rumanía, que fue posteriormente obligada a jugar un partido a puerta cerrada. En enero de 2024, el portero del Milan Mike Maignan y todo su equipo abandonaron el campo por insultos racistas de aficionados del Udinese.
No son casos aislados. Son la punta estadísticamente documentada de una práctica extendida en todo el continente, que el contexto específico del estadio —alta fusión identitaria, desinhibición cognitiva, anonimato relativo de la masa— facilita de un modo que otros espacios públicos no facilitan.
El elemento más preocupante no es el ultra de siempre, cuya ideología explícita lo precede al estadio. Es la normalización: Kick It Out detecta que los incidentes entre menores de 18 años aumentaron más de un quinto en la última temporada respecto a la anterior. El estadio transmite normas. Y las normas que transmite a los más jóvenes importan más que cualquier sanción puntual.
El catalizador político: el uso deliberado de la tribu
Este es el punto que la neurobiología no puede analizar sola y que requiere el ángulo político.
Identificar que los humanos tienen predisposiciones tribales no es una descripción neutral. Es un mapa que los actores políticos utilizan con deliberada eficiencia. La Agencia Europea de Monitoreo del Racismo y la Xenofobia lleva años documentando cómo grupos violentos y de extrema derecha utilizan eventos deportivos como vectores de difusión ideológica. Las organizaciones de extrema derecha no reclutan en los fondos de los estadios porque el fútbol genere fascistas. Lo hacen porque el estadio concentra, durante noventa minutos, a personas en estado de máxima fusión identitaria y mínimo control cognitivo. Es el entorno óptimo para sembrar lo que se ha preparado fuera.
Las organizaciones de extrema derecha no reclutan en los estadios porque el fútbol genere fascistas. Lo hacen porque el estadio concentra personas en máxima fusión identitaria y mínimo control cognitivo: el entorno óptimo para sembrar lo que se preparó fuera.
El fútbol no es la causa del racismo social. Es una de sus infraestructuras de distribución. Y esa distinción importa porque define el tipo de respuesta que tiene sentido: no prohibir el fútbol, sino regular con inteligencia los contextos en que el tribalismo latente puede ser explotado políticamente.
El argumento contrario, en su versión más sólida
Corresponde hacerle justicia al argumento opuesto. Y su versión más sólida no es despreciable.
El mismo Butler et al. (2025) que documenta los circuitos de desinhibición señala que la historia evolutiva de la competencia intergrupal demuestra que la cooperación es al menos tan importante como la agresión, y que esto se aplica también a los aficionados al fútbol. Newson et al. (2023) documentan que la cohesión interna del grupo no predice necesariamente hostilidad hacia el exogrupo: amar a los propios no implica odiar a los ajenos. La fusión identitaria tiene también potencial positivo.
El caso de Mohamed Salah en el Liverpool ilustra el argumento: su fichaje en 2017 fue asociado —en un estudio que comparó estadísticas de crímenes de odio en Merseyside antes y después— con una pequeña pero medible reducción de delitos de odio islamófobos en la región. La presencia de un referente positivo dentro del intragrupo puede atenuar el sesgo hacia quienes comparten su identidad en el exogrupo.
La xenofobia en el fútbol es real y está documentada. La afirmación de que todo el fútbol produce xenofobia es falsa y estadísticamente insostenible. La mayoría de los aficionados no comete actos discriminatorios. Y eso es relevante para no caer en el estigma que criminaliza una práctica cultural de masas por los actos de una minoría.
Síntesis sin consuelo fácil
Lo que la evidencia permite afirmar con solidez: ser hincha intenso activa los mismos circuitos que producen sesgo hacia el exogrupo y reduce el control cognitivo cuando más se necesita. La fusión identitaria extrema, documentada transculturalmente, convierte la amenaza al grupo en amenaza personal y puede facilitar comportamientos que en otros contextos resultarían impensables. Los humanos tenemos predisposición evolutiva al sesgo de grupo, pero no una predisposición innata e irreversible a la xenofobia como actitud social estructurada. El salto requiere siempre catalizadores externos: narrativa política, percepción de amenaza, liderazgo que lo active con deliberación.
Lo que no cabe afirmar: que todo hincha sea o vaya a ser racista, que la xenofobia sea determinismo biológico inevitable, que el fútbol sea la causa del racismo social en lugar de uno de sus vectores de expresión.
La pregunta que queda en pie, más incómoda que la neurobiológica, es la política: qué estructuras institucionales, qué marcos legales, qué culturas de club son capaces de transformar el mismo circuito de fusión identitaria en solidaridad hacia el distinto en lugar de en hostilidad. Porque ese circuito no va a desaparecer. Y la alternativa a regularlo con inteligencia es dejarlo en manos de quienes llevan décadas sabiendo exactamente cómo explotarlo.
Referencias
Butler, M., Brar, G., Abed, R., & O’Connell, H. (2025). “The people’s game: evolutionary perspectives on the behavioural neuroscience of football fandom.” Frontiers in Psychology, 15, 1517295. DOI: 10.3389/fpsyg.2024.1517295
De Dreu, C.K.W. et al. (2011). “Oxytocin promotes human ethnocentrism.” PNAS, 108(4), 1262–1266. DOI: 10.1073/pnas.1015316108
Newson, M., Buhrmester, M., & Whitehouse, H. (2023). “Does loving a group mean hating its rivals? Exploring the relationship between ingroup cohesion and outgroup hostility among soccer fans.” International Journal of Sport and Exercise Psychology, 21, 706–724.
Foreman, M. et al. (2025). “Effects of synchronous chanting and identity fusion on perceived ingroup formidability, outgroup threat, and parochial altruism among soccer fans.” Evolution and Human Behavior, 46, article 106673.
Kick It Out (2024). 2023/2024 Incident Reporting End of Season Review. Kick It Out.
Tajfel, H. & Turner, J.C. (1979). “An integrative theory of intergroup conflict.” En W.G. Austin & S. Worchel (eds.), The Social Psychology of Intergroup Relations (pp. 33–47). Brooks/Cole.
Swann, W.B. et al. (2009). “Identity fusion: The interplay of personal and social identities in extreme group behavior.” Journal of Personality and Social Psychology, 96(5), 995–1011.
Millward, P. (2008). “The rebirth of the football fanzine: Using e-zines as data.” Journal of Sport and Social Issues, 32(3), 299–310.

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.



