El secretario de Defensa de EE.UU. lleva tatuada la cruz de las cruzadas. Sus comandantes presentan la guerra contra Irán como el Armagedón bíblico.

Deus Vult 2.0: la cruzada cristofascista que incendia el mundo y vacía América

Cuando el secretario de Guerra de Estados Unidos lleva tatuada la cruz de Jerusalén y sus comandantes dicen a las tropas que la guerra contra Irán es “el plan divino de Dios”, estamos ante algo más que retórica electoral. Estamos ante un proyecto teocrático con arsenal nuclear.


Pete Hegseth tiene grabada en el pecho una cruz de Jerusalén. Es el símbolo de las cruzadas medievales, aquellas expediciones en las que caballeros, campesinos y delincuentes marchaban hacia Oriente Medio bajo la promesa de que Dios lo quería. Deus vult, reza otra de sus inscripciones corporales. Hegseth no es un nostálgico del medievo con gustos estéticos discutibles. Es el secretario de Defensa de la primera potencia militar del planeta. Y en marzo de 2026, mientras Estados Unidos e Israel bombardean Irán, más de doscientos soldados estadounidenses han denunciado ante la Military Religious Freedom Foundation que sus comandantes les presentan la guerra como una batalla bíblica para provocar el Armagedón y acelerar el regreso de Jesucristo.

No es metáfora. No es exageración periodística. Es lo que está ocurriendo en el Pentágono ahora mismo.

La teología se hace operativa

Para entender lo que sucede hay que abandonar la tentación de tratarlo como anécdota pintoresca. El nacionalismo cristiano no es una rareza folclórica de la América profunda: es un proyecto político articulado, financiado y ahora instalado en el corazón del aparato estatal más poderoso del mundo.

El movimiento tiene raíces profundas. Desde Jerry Falwell y la Moral Majority en los setenta, pasando por Pat Robertson y la Christian Coalition en los noventa, hasta llegar a figuras como Mike Johnson, actual presidente de la Cámara de Representantes, que se define abiertamente como nacionalista cristiano. Lo nuevo no es la ideología. Lo nuevo es el grado de penetración institucional alcanzado bajo el segundo mandato de Trump.

Hegseth ha instaurado sesiones de oración en el Pentágono. Ha invitado al pastor Doug Wilson —que se opone al derecho de voto de las mujeres y quiere que Estados Unidos sea oficialmente una nación cristiana— a dirigir servicios religiosos en el Departamento de Defensa. La Oficina de Fe de la Casa Blanca, creada en febrero de 2025, funciona como correa de transmisión entre el fundamentalismo evangélico y la política exterior. Y los estudios bíblicos semanales en la Casa Blanca están dirigidos por un predicador cuya doctrina central es que Dios bendice a quienes apoyan incondicionalmente al Estado de Israel.

El embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, escribió a Trump poco antes de los ataques a instalaciones nucleares iraníes: «No buscaste este momento. Este momento te buscó». El pastor John Hagee declaró a su congregación que la guerra con Irán era «una señal de que nos acercamos al fin de los tiempos». No se trata de figuras marginales. Son personas con acceso directo al poder ejecutivo, con influencia sobre decisiones que afectan a millones de vidas.

Cuando la escatología determina la geopolítica, las consecuencias no son teológicas: son cadáveres.

Anatomía del cristofascismo

Conviene ser preciso con los términos. Cristofascismo no es un insulto: es un concepto analítico que describe la fusión de nacionalismo autoritario, supremacismo étnico-cultural y religión instrumentalizada como legitimación del poder estatal. No todo cristiano conservador es cristofascista, del mismo modo que no todo musulmán practicante es yihadista. La distinción importa, y confundirla es hacer el juego al enemigo.

El cristofascismo estadounidense tiene ingredientes reconocibles. Primero, la narrativa de nación elegida: Estados Unidos como proyecto divino, con una misión providencial sobre la Tierra. Segundo, la construcción del enemigo interno: la «ideología woke», las personas trans, las feministas, los ateos, los migrantes, cualquiera que no encaje en una América blanca, cristiana y heteronormativa. Tercero, la militarización de la fe: la guerra como instrumento de voluntad divina, el ejército como brazo ejecutor del plan de Dios. Y cuarto, el mesianismo político: Trump como figura ungida, elegida por la providencia para librar la batalla final.

Hay que hacer aquí un ejercicio de honestidad intelectual —lo que en RedBeta llamamos steel man— y reconocer que el nacionalismo cristiano tiene argumentos que resuenan en amplios sectores de la población estadounidense. La secularización, la erosión de comunidades tradicionales, la precariedad económica que destruye tejido social, el vacío de sentido que genera el capitalismo tardío: todo esto crea una demanda genuina de pertenencia, significado y orden que el fundamentalismo satisface con eficacia brutal. El problema no es que la gente busque sentido. El problema es que el sentido que se les ofrece requiere enemigos, excluye a millones y justifica la violencia.

El cristofascismo no triunfa porque la gente sea estúpida. Triunfa porque ofrece respuestas simples a un sufrimiento real que el liberalismo contemporáneo ha sido incapaz de abordar.

La cruzada como motor de guerra

La guerra contra Irán de 2026 es el caso de estudio perfecto de lo que ocurre cuando la teología apocalíptica se instala en la cadena de mando militar. Un comandante de una unidad de combate estadounidense dijo a sus subordinados, según las denuncias recogidas por la MRFF, que «Trump ha sido ungido por Jesús para encender la señal de fuego en Irán, provocar el Armagedón y marcar su regreso a la Tierra». El presidente de la MRFF, Mikey Weinstein, veterano de la Fuerza Aérea, describió una «euforia sin límites» entre los mandos, que celebraban la intensidad del conflicto como si la magnitud de la violencia fuera indicador de fidelidad a la profecía bíblica.

Esto no es religiosidad privada de militares devotos. Es la ruptura sistemática de la separación entre Iglesia y Estado dentro de las fuerzas armadas, algo que la Constitución estadounidense prohíbe explícitamente y que generaciones de juristas y militares han defendido como pilar de la república. Un suboficial que presentó la denuncia en nombre de quince soldados —once cristianos, un musulmán, un judío— lo expresó con claridad: esta retórica «erosiona la moral y viola el juramento constitucional» de servir a una nación laica.

Pero hay algo más inquietante que la retórica. Las guerras motivadas por mesianismo religioso tienen una característica particular: no admiten negociación, porque negociar con el enemigo es traicionar a Dios. Si Irán no es un adversario geopolítico sino una encarnación del mal bíblico, el concepto mismo de diplomacia se vuelve herejía. Si la guerra es instrumento providencial, las víctimas civiles no son daños colaterales sino sacrificio necesario. Y si la victoria garantiza el regreso de Cristo, cualquier escalada se justifica sola.

El sionismo cristiano —la corriente teológica que sostiene que el apoyo incondicional a Israel es mandato divino porque precede al Apocalipsis— no tiene interés genuino en la supervivencia del pueblo judío. Lo necesita como pieza de un tablero escatológico en el que, llegado el momento, los judíos que no se conviertan al cristianismo serán condenados. Es una alianza instrumental, no moral. Y el Estado de Israel, que lo sabe perfectamente, la acepta porque le resulta estratégicamente útil. La lucidez geopolítica israelí no exime de responsabilidad: utilizar el fanatismo ajeno para tus fines no te hace inteligente, te hace cómplice.

El Donald Dash: cuando los propios americanos huyen

Mientras el cristofascismo conquista instituciones y lanza guerras, algo extraordinario sucede en la dirección contraria: los estadounidenses abandonan su país en cifras sin precedentes desde la Gran Depresión.

Los datos son elocuentes. Según cálculos de la Brookings Institution, en 2025 la migración neta de Estados Unidos fue negativa por primera vez desde 1935. No solo por las deportaciones masivas —675.000 expulsiones y 2,2 millones de «autodeportaciones»—, sino porque al menos 180.000 ciudadanos estadounidenses emigraron a otros países, según un análisis del Wall Street Journal que recopiló datos de quince naciones. Un récord de 6.600 estadounidenses solicitaron pasaporte británico. Unos 40.000 obtuvieron pasaporte irlandés. Más estadounidenses se mudaron a Alemania que alemanes a Estados Unidos. En Irlanda, las llegadas desde América se duplicaron en un solo año.

La prensa anglosajona lo ha bautizado el Donald Dash: la estampida Trump. Hay en ese nombre algo de humor negro, pero la realidad que describe es profundamente seria. Una encuesta de Gallup reveló que el 40% de las mujeres estadounidenses de entre 15 y 44 años querría emigrar permanentemente. Cuatro de cada diez. Es una cifra que, puesta en perspectiva, supera el porcentaje de subsaharianos que expresan el mismo deseo.

No es un fenómeno homogéneo. Hay ricos que se mudan a Lisboa y Dubái por ventajas fiscales. Hay profesionales que teletrabajan desde Bali. Hay jubilados que cruzan a México buscando sanidad asequible. Pero también hay maestros que aceptan puestos en Marruecos, familias que buscan universidades europeas para sus hijos, comunidades afroamericanas que se organizan en plataformas como Blaxit Global para encontrar horizontes fuera de un país donde sienten que su lugar se encoge cada día.

Y hay músicos como Micah P. Hinson, nacido en Memphis, criado en Texas en el seno de una familia de la Iglesia de Cristo —«una de las sectas más estrictas y bizarras», en sus propias palabras—, que lleva años viviendo en Carabanchel, Madrid. Hinson, que ha descrito su infancia como un adoctrinamiento en «vergüenza y culpabilidad», ha contado en diversas entrevistas cómo el ritual diario de jurar lealtad a la bandera en el colegio, el himno nacional cada mañana, la maquinaria patriótica envolvente, solo cobra sentido cuando te alejas de ella: «Cuando creces, piensas: ¿cómo funciona esta mierda fascista?». Para Hinson, vivir en España es descubrir que las cosas que le vendieron como normalidad —las armas en cada esquina, la religión como aparato de control, el sueño americano como diseño de vida— eran una construcción tan específica como asfixiante. En Madrid, dice, le gusta saber que no se puede comprar un arma con facilidad.

No idealicemos: Hinson no es un teórico político ni pretende serlo. Es un cantautor con una vida turbulenta que encontró en Europa algo que millones de estadounidenses empiezan a buscar. No libertad abstracta —de esa, dicen, tienen de sobra—, sino la libertad concreta de vivir sin miedo, sin armas, sin la presión constante de una cultura que confunde individualismo con soledad y patriotismo con sumisión.

Europa: laboratorio y objetivo

Sería un error leer el cristofascismo estadounidense como un fenómeno exclusivamente americano. Europa es, simultáneamente, destino de los que huyen, inspiración para los que atacan la democracia y campo de batalla de las mismas fuerzas.

La investigación académica reciente lo documenta con rigor. El volumen The Christian Right in Europe, coordinado por Gionathan Lo Mascolo y Kristina Stoeckl, mapea cómo la derecha cristiana ha creado una nueva geografía de poder en Europa, con países como Hungría y Eslovaquia —marginales en la arquitectura de la UE— convertidos en modelos para el movimiento global. Viktor Orbán no es solo un autócrata húngaro: es una referencia internacional para quienes quieren demostrar que se puede desmantelar una democracia liberal desde dentro usando la identidad cristiana como palanca.

El mecanismo es sofisticado. La derecha radical europea no instrumentaliza el cristianismo como fe vivida, sino como marcador identitario de pertenencia: ser europeo es ser cristiano, y ser cristiano es no ser musulmán, no ser migrante, no ser otro. Marine Le Pen defiende la laicidad francesa como herramienta para prohibir el velo islámico, no como principio de neutralidad estatal. El partido esloveno SDS celebra las instituciones seculares solo en la medida en que «preserven las raíces cristianas de Europa». Es la conversión de la neutralidad en preferentismo, del laicismo en exclusión selectiva.

Las conexiones transatlánticas son materiales, no solo ideológicas. El World Congress of Families —iniciativa estadounidense-rusa— ha celebrado conferencias en toda Europa para promover «valores familiares tradicionales» que, en la práctica, significan restricción de derechos reproductivos, persecución de personas LGBTQI+ y erosión de la educación sexual. Alliance Defending Freedom, una poderosa organización legal estadounidense, financia litigios en tribunales europeos contra leyes de igualdad. Y la Iglesia Ortodoxa Rusa, como documenta Kristina Stoeckl en The Moralist International, ha apoyado activamente movimientos de extrema derecha en Europa y Estados Unidos para socavar la estabilidad política occidental.

La extrema derecha europea aprendió de América. Y América está aprendiendo de la extrema derecha europea.Tucker Carlson entrevistó a Putin y peregrinó al CPAC de Budapest con Orbán. Las conclusiones extraídas de esas experiencias se reflejan en Project 2025, el documento de novecientas páginas de la Heritage Foundation que funciona como hoja de ruta del cristofascismo institucionalizado. No es casualidad que sus propuestas —desmantelamiento del Estado administrativo, control ideológico de la burocracia federal, imposición de una cosmovisión cristiana específica como marco de toda política pública— repliquen estrategias ya probadas en Hungría, Polonia y Rusia.

En España, Vox ha sido receptor entusiasta de esta red. Santiago Abascal no necesita importar cristofascismo estadounidense porque tiene tradición propia —el nacionalcatolicismo franquista es su sustrato natural—, pero la conexión con la internacional reaccionaria le proporciona financiación, legitimación y estrategia comunicativa. Cuando Vox habla de defender la «civilización cristiana» frente a la «invasión» migratoria, está usando exactamente el mismo manual que los nacionalistas cristianos de Washington y los identitarios de Budapest.

Lo que está en juego: la democracia como herejía

El cristofascismo no es una amenaza futura. Es una realidad presente con consecuencias medibles: una guerra justificada en términos apocalípticos, millones de personas perseguidas dentro de sus propias fronteras, una diáspora de ciudadanos que abandonan el país más poderoso del mundo, y una red transnacional que exporta el modelo a democracias frágiles.

La pregunta que debemos hacernos en Europa no es si nos afecta. Es cuánto tiempo creemos que podemos mantener la ficción de que esto es un problema americano. Cada vez que un partido europeo instrumentaliza la identidad cristiana para excluir, cada vez que un gobierno tolera la erosión de la separación Iglesia-Estado por cálculo electoral, cada vez que miramos las sesiones de oración en el Pentágono como una excentricidad lejana, estamos perdiendo terreno.

Hinson, el músico texano de Carabanchel, lo formuló con la honestidad brutal del que ha vivido dentro del sistema y ha tenido que salir para verlo: cuando pones una nación bajo los designios de Dios, ahí es cuando aparece lo malo. No hacía falta ser filósofo político para saberlo. Bastaba con haber crecido en una familia de la Iglesia de Cristo en Texas, haber jurado lealtad a la bandera cada mañana durante doce años, y haberse marchado lo suficientemente lejos como para poder decirlo en voz alta.

La Ilustración no se defiende sola. Y los cruzados ya no llevan armadura. Llevan tatuajes de Deus vult y las llaves del Pentágono.


Referencias

Brooks, David y Jim Cason (2026, 5 de marzo). “Trump, fanatismo religioso y su ‘guerra santa’ para ‘salvar’ a EU.” La Jornada.

Larsen, Jonathan (2026, 3 de marzo). Investigación original sobre denuncias de militares ante la MRFF. Substack.

Lennard, Natasha (2026, 5 de marzo). “Military Leaders See Iran War as Part of ‘God’s Divine Plan’.” The Intercept.

Lo Mascolo, Gionathan y Kristina Stoeckl (2024). “The Rise of the Christian Right in Europe.” Canopy Forum.

Stoeckl, Kristina (2022). The Moralist International. Fordham University Press.

Van der Tol, Marietta (2025). “Christian Nationalism And The Far Right: A Transnational Entanglement.” Political Insight, Sage Journals.

Wall Street Journal (2026, febrero). “Americans Are Leaving the U.S. in Record Numbers.” Datos compilados de más de 50 países sobre emigración estadounidense.

Brookings Institution (2026). Cálculos sobre migración neta negativa de EE.UU. en 2025.

Military Religious Freedom Foundation (MRFF). Denuncias de más de 200 miembros de las fuerzas armadas sobre retórica religiosa en la cadena de mando (marzo 2026).

Marty, Antonella (2025). “Dios, patria y poder. El nacionalismo cristiano que busca conquistar Estados Unidos.” Nueva Sociedad / Sin Permiso.

Entrevistas con Micah P. Hinson: Rockdelux, Ruta 66, El Enano Rabioso, Desnos Editorial (2019-2025).

 

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