Mapa geopolítico con rutas de cadenas de suministro de semiconductores conectando países firmantes de la Pax Silica, con chips de silicio superpuestos sobre banderas nacionales

Pax Silica: cuando el silicio sustituye a la democracia como lenguaje del poder

La alianza tecnológica de Trump no es solo una estrategia de cadena de suministro. Es un nuevo orden mundial donde el acceso a los chips decide quién manda y quién obedece.


«Nuestra estrategia es crear una ventaja competitiva tan pronunciada, tan insuperable, que ningún adversario o competidor pueda escalarla.» Quien habla no es un general. Es Jacob Helberg, subsecretario de Estado para Asuntos Económicos de Donald Trump, exasesor del CEO de Palantir, ex directivo de Google, donante de dos millones de dólares a la campaña republicana de 2024. Su cargo suena a diplomacia comercial. Su lenguaje es el de la guerra.

En diciembre de 2025, Helberg firmó con representantes de Japón, Corea del Sur, Singapur, Países Bajos, Reino Unido, Israel y Australia la declaración fundacional de la Pax Silica, una alianza que aspira a controlar toda la cadena de suministro de la inteligencia artificial, desde los minerales críticos hasta los centros de datos. Después se sumaron Emiratos Árabes Unidos y Catar. La Unión Europea asistió como observadora. Taiwán, cuya empresa TSMC fabrica más del 90% de los chips más avanzados del planeta, firmó un acuerdo bilateral paralelo. India quedó fuera.

El nombre es deliberadamente imperial. Pax, como en Pax Romana o Pax Americana. Silica, el compuesto que se refina para obtener silicio, materia prima de los semiconductores que alimentan la IA. La paz del silicio. O, dicho sin retórica latina: quien controle los chips, controlará el siglo XXI. Y Trump quiere asegurarse de que eso sea Estados Unidos.

De la globalización al feudalismo tecnológico

El documento del IEEE publicado por el CESEDEN español analiza la Pax Silica con la distancia propia de un instituto militar, pero incluso desde esa perspectiva técnica resulta difícil no percibir lo que está en juego. El análisis describe una alianza «multilateral basada en capacidades» diseñada para «reducir dependencias coercitivas» y «proteger tecnologías sensibles fundamentales para la IA». Traducción: un bloque de países que se comprometen a excluir a China —aunque la declaración nunca la nombre explícitamente— de las cadenas de valor que sustentan la economía digital.

La lógica tiene un fundamento real. China lleva décadas construyendo integración vertical en tecnologías estratégicas, desde la educación hasta la defensa. Su Plan Quinquenal 2025-2030 busca la autosuficiencia tecnológica total, y su programa «AI Plus» pretende que el 90% de su economía esté integrada con inteligencia artificial para 2030. La dependencia de Occidente respecto a minerales raros procesados en China es un hecho documentado, no una fantasía geopolítica.

Pero reconocer que el problema existe no valida automáticamente la solución propuesta. Y aquí es donde la Pax Silica merece un escrutinio que va más allá del análisis estratégico convencional.

El steel man de la alianza: seguridad legítima

Hagamos el ejercicio de honestidad intelectual. La versión más defendible de la Pax Silica dice así: la concentración de la fabricación de semiconductores avanzados en un puñado de fábricas taiwanesas es una vulnerabilidad existencial para las democracias. Una crisis en el Estrecho de Taiwán paralizaría la economía mundial. La dependencia de minerales procesados por China otorga a Pekín un poder de chantaje real. Diversificar cadenas de suministro, coordinar inversión entre aliados y reducir puntos únicos de fallo es política industrial sensata, no imperialismo.

Además, el argumento de que la IA definirá el poder económico y militar del siglo XXI no es exagerado. Los semiconductores avanzados son el petróleo de la era digital, con una diferencia crucial: el petróleo se extrae de la geología; los chips se fabrican con conocimiento acumulado que requiere décadas y miles de millones en inversión. Proteger esa capacidad es, en ese sentido, proteger soberanía.

El argumento es sólido. Y precisamente por eso las objeciones son más importantes.

Lo que la Pax Silica esconde bajo la retórica de la seguridad

Primera objeción: no es multilateralismo, es vasallaje tecnológico. La Pax Silica no se construye entre iguales. Se diseña desde Washington, se firma en el Despacho Oval, y exige —cito el análisis del IEEE— «lealtad política» y alineamiento con «los intereses geopolíticos más amplios» de Estados Unidos. Los socios no negocian las reglas; se adhieren a ellas. El Centro de Análisis de Política Europea (CEPA) lo señala con claridad: «la ideología America First ofrece pocas garantías para construir una alianza sólida de beneficio mutuo». A diferencia de la Pax Americana de posguerra, que al menos se articulaba mediante instituciones multilaterales con cierta gobernanza compartida, la Pax Silica es explícitamente «excluyente y condicional», como describe el European Center for Populism Studies.

Segunda objeción: Silicon Valley gobierna la diplomacia. Jacob Helberg no es un diplomático de carrera. Es un producto del ecosistema Palantir-Google-Silicon Valley que ahora dirige la política económica exterior de Estados Unidos. Cuando declara que «el sector privado está en el asiento del conductor» de la Pax Silica, no está describiendo una colaboración público-privada: está describiendo la captura corporativa de la política exterior. Las empresas tecnológicas no solo participan en esta alianza; la diseñan, la ejecutan y se benefician directamente de ella. La revolving door entre Palantir, Google, los fondos de capital riesgo y el Departamento de Estado ya no es una puerta giratoria: es un pasillo abierto.

Tercera objeción: la exclusión de Europa continental es deliberada y reveladora. Alemania, que alberga a Carl Zeiss y TRUMPF —empresas sin las cuales ASML holandesa no puede fabricar sus máquinas de litografía—, no está entre los firmantes. Francia, potencia nuclear y tecnológica, tampoco. La Unión Europea asistió como «observadora». La ausencia no es un descuido logístico. Europa representa un modelo regulatorio —el AI Act, el GDPR, la Ley de Chips europea— que prioriza derechos, transparencia y control democrático de la tecnología. Incluirla como socio pleno implicaría aceptar restricciones éticas que la administración Trump considera obstáculos al crecimiento. La Pax Silica no necesita reguladores; necesita proveedores obedientes.

Cuarta objeción: los «socios de confianza» no lo son tanto. La inclusión de Emiratos Árabes Unidos y Catar plantea preguntas que Helberg prefiere esquivar. Son países donde la noción de «ecosistema tecnológico de confianza» coexiste con ausencia de libertad de prensa, represión de la disidencia y relaciones comerciales fluidas con China. Se les incluye porque ofrecen energía barata y fondos soberanos multimillonarios. La «confianza», en la gramática de la Pax Silica, no se mide en derechos humanos. Se mide en capacidad de inversión y obediencia geopolítica. La Foundation for Defense of Democracies, nada sospechosa de progresismo, ya ha advertido que «no todos los socios del Golfo son iguales» y que Catar mantiene vínculos con organizaciones que Washington considera terroristas.

Pax sin demos: el orden que prescinde de la ciudadanía

La palabra más reveladora de todo el proyecto no es silica. Es pax.

Cuando Roma hablaba de pax, no se refería a la paz como ausencia de conflicto negociada entre iguales. Se refería a la estabilidad impuesta por el poder hegemónico: paz porque Roma manda. La Pax Americana de posguerra, con todos sus déficits, incluía al menos una ficción operativa de consenso institucional: Naciones Unidas, Banco Mundial, FMI, OTAN como alianza de democracias. Imperfectas, asimétricas, a menudo hipócritas, pero instituciones con mecanismos de deliberación, voto y rendición de cuentas.

La Pax Silica prescinde de todo eso. No hay parlamento que la supervise. No hay tratado que la vincule jurídicamente: es una «declaración de principios compartidos, aún sin mecanismo de aplicación», como reconoce el propio IEEE. No hay cláusula democrática. No hay evaluación de impacto en derechos humanos. No hay mecanismo para que la ciudadanía de los países firmantes tenga voz sobre las condiciones de la alianza.

Es, en esencia, lo que la Ilustración Oscura siempre quiso pero nunca logró articular con tanta eficacia: gobernanza tecnocrática sin fricción democrática, ejercida por una élite tecnológica-financiera que considera la deliberación pública un obstáculo a la velocidad del progreso. Curtis Yarvin proponía ciudades-estado gobernadas como corporaciones. Helberg no lo dice así, pero la Pax Silica funciona exactamente con esa lógica: países como nodos de una cadena de suministro corporativa, evaluados no por la calidad de su democracia sino por su «contribución única a la mesa».

La trampa del determinismo tecnológico

«Los países que lideren en IA y tecnología tendrán la economía más grande y el ejército más fuerte.» La frase de Helberg contiene una premisa que merece cuestionarse: que el liderazgo tecnológico es condición suficiente de prosperidad y seguridad.

La historia ofrece contraejemplos incómodos. La Alemania nazi lideraba en cohetes y química. La Unión Soviética llegó primera al espacio. Japón dominó la electrónica de consumo en los años ochenta sin que eso le otorgara hegemonía geopolítica duradera. La supremacía tecnológica sin instituciones sólidas, sin cohesión social, sin legitimidad democrática, es frágil y potencialmente destructiva.

El determinismo tecnológico que subyace a la Pax Silica —la idea de que quien controle los chips controlará el mundo— es una versión sofisticada del mismo error que comete el aceleracionismo de derechas: confundir capacidad técnica con destino político. La tecnología no determina la historia; las decisiones humanas sobre cómo se desarrolla, se distribuye y se gobierna sí lo hacen. Y esas decisiones son, irremediablemente, políticas.

Lo que está en juego para Europa y para todos

El análisis del CESEDEN acierta en un punto crucial: la Pax Silica no es solo una alianza tecnológica, es también geopolítica, y obliga a los países a elegir bando. Para Europa, esto plantea un dilema existencial. Sumarse implica aceptar subordinación tecnológica a Washington y renunciar a un modelo propio de gobernanza digital que priorice derechos fundamentales. No sumarse implica quedar fuera de cadenas de suministro críticas y asumir dependencia de facto, ya sea de Estados Unidos o de China.

Pero hay una tercera opción que la Pax Silica no contempla porque no le conviene: un modelo multilateral real, con gobernanza democrática, cláusulas de derechos humanos, transparencia en la toma de decisiones y participación de la sociedad civil. Un modelo que reconozca que los semiconductores son demasiado importantes para dejarlos en manos de corporaciones y generales, igual que la salud pública es demasiado importante para dejarla en manos del mercado.

No es utopía. Es lo que Europa intentó con su Ley de Chips y su AI Act, aunque con recursos insuficientes y voluntad política vacilante. Es lo que organizaciones como la OCDE llevan décadas proponiendo para la gobernanza tecnológica global. Pero requiere algo que la Pax Silica considera irrelevante: democracia.

El silicio no trae la paz

La Pax Silica es, en el fondo, una respuesta real a un problema real mediante un marco que sacrifica los valores que dice defender. Proteger cadenas de suministro de semiconductores es necesario. Hacerlo mediante una alianza diseñada por Silicon Valley, firmada sin debate parlamentario, que incluye autocracias y excluye reguladores democráticos, que no tiene mecanismo de rendición de cuentas y que exige «lealtad política» a cambio de acceso tecnológico, no es proteger la democracia. Es sustituirla por algo que funciona como un club privado con etiqueta de alianza estratégica.

El nombre lo dice todo, si se escucha bien. Roma llamaba pax a lo que imponía por la fuerza. Los imperios siempre han llamado paz a su propia hegemonía.

La pregunta que deberíamos hacernos no es si necesitamos seguridad en la cadena de suministro de semiconductores. Claro que sí. La pregunta es: ¿quién decide las reglas, quién se beneficia, y quién queda excluido? Mientras esas preguntas las responda un subsecretario de Estado que viene de Palantir y que considera al sector privado «nuestra mayor arma», la paz del silicio será tan democrática como la paz de Roma.

Es decir: paz para los que mandan. Para el resto, obediencia.


  • IEEE / CESEDEN, “La Pax Silica de Trump: la nueva alianza multilateral tecnológica… pero también geopolítica”, Ministerio de Defensa de España, 2026
  • Departamento de Estado de EE.UU., “Pax Silica Declaration” y documentos asociados, diciembre 2025 – enero 2026. state.gov/pax-silica
  • CEPA (Center for European Policy Analysis), Christopher Cytera, “Pax Silica — Can it Stop China?”, enero 2026
  • European Center for Populism Studies, “Pax Americana to Pax Silica: Strategic Shifts in US Security Policy”, enero 2026
  • Hudson Institute, “Pax Silica: Under Secretary of State Jacob Helberg on the AI Race and Economic Security”, enero 2026
  • Decode39, “Undersecretary Helberg explains Pax Silica and the Indo-Pacific AI play”, diciembre 2025
  • Observatorio de Política China, “Pax Silica y securitización: geopolítica de semiconductores a inicios de 2026”, febrero 2026
  • Foundation for Defense of Democracies, Leah Siskind, “For Pax Silica, Not All Gulf Partners Are Created Equal”, febrero 2026
  • Wikipedia, “Pax Silica” y “Jacob Helberg” (consultados febrero 2026)
  • Infobae, “EEUU convocó a una cumbre global para debatir una estrategia que permita competir con China en el control de los minerales críticos”, febrero 2026
  • Fishman, Edward, Chokepoints: American Power in the Age of Economic Warfare (referencia indirecta vía ECPS)
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