En 1943, un pastor luterano encerrado en una celda nazi descubrió que el enemigo más peligroso de la civilización no era la maldad, sino algo mucho más difícil de combatir. Ochenta años después, su diagnóstico sigue siendo el más preciso que tenemos.
Hay una cita de Friedrich Schiller que debería grabarse en la entrada de todos los parlamentos del mundo: «Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano». La escribió en 1801, en La doncella de Orleans, y desde entonces la historia no ha hecho más que darle la razón con una insistencia brutal. Pero fue un teólogo luterano alemán, encerrado en una celda de la Gestapo, quien convirtió esa intuición poética en un diagnóstico político de una precisión escalofriante.
Dietrich Bonhoeffer escribió su ensayo «Sobre la estupidez» —incluido en el texto Después de diez años— en enero de 1943, exactamente una década después de la llegada de Hitler al poder. No lo escribió como ejercicio académico. Lo escribió como carta circular dirigida a tres compañeros de conspiración contra el régimen: su cuñado Hans von Dohnanyi y el oficial de inteligencia militar Hans Oster, entre otros. Era un documento de resistencia clandestina, redactado por alguien que sabía que probablemente moriría por lo que estaba haciendo. Y murió. Ahorcado en el campo de concentración de Flossenbürg el 9 de abril de 1945, apenas dos semanas antes de que las tropas estadounidenses lo liberaran.
Lo que Bonhoeffer observó desde su posición de resistente activo —y esto es lo que da a su texto una autoridad que ningún análisis de gabinete puede igualar— fue que el problema central de la Alemania nazi no era la maldad de unos pocos, sino la estupidez organizada de muchos. Y esa estupidez no tenía nada que ver con el coeficiente intelectual.
La estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Contra la maldad se puede protestar, se la puede desenmascarar y, si es necesario, frenar por la fuerza. Contra la estupidez estamos indefensos.
Un defecto moral, no intelectual
La primera aportación genuina de Bonhoeffer fue desligar la estupidez de la inteligencia. Había conocido a personas de intelecto ágil que actuaban con estupidez absoluta, y a otras intelectualmente limitadas que jamás cayeron en ella. La estupidez, tal como él la definió, no era un problema cognitivo sino un defecto moral y sociológico: una renuncia voluntaria —o semivoluntaria— a la autonomía del pensamiento. Una capitulación ante la presión del grupo, del líder, del eslogan.
Bonhoeffer observó algo que cualquier profesional sanitario reconoce en su práctica clínica: las personas aisladas manifiestan este defecto con mucha menor frecuencia que las que viven inmersas en dinámicas de grupo. La estupidez, por tanto, es menos un problema psicológico que sociológico. Aparece siempre que se produce una concentración súbita de poder, ya sea político o religioso. Como si existiera una ley sociológico-psicológica: el poder del uno necesita la estupidez del otro.
Bajo ciertas circunstancias, las personas son estupidizadas, o más bien, ellas mismas permiten que eso les suceda. El poder del uno necesita la estupidez del otro.
Esta observación tiene implicaciones que van mucho más allá del nazismo. Describe un mecanismo universal de sometimiento que funciona con igual eficacia en las democracias vaciadas de contenido del siglo XXI: plataformas digitales que premian la reacción y castigan la reflexión, algoritmos que encuadran la realidad en fragmentos diseñados para provocar indignación o adhesión, líderes populistas cuyo principal activo no es su programa sino la incapacidad de sus seguidores para cuestionarlo.
La armadura del estúpido
Lo que hace especialmente peligrosa a la persona estupidizada —y aquí el análisis de Bonhoeffer alcanza su momento más incisivo— es su impermeabilidad absoluta al argumento racional. Los hechos que contradicen sus prejuicios simplemente no son creídos. Cuando resultan irrefutables, son descartados como irrelevantes, como excepciones que confirman la regla. En ese estado, la persona se vuelve incluso «crítica» —utiliza una parodia del pensamiento crítico para defender posiciones que nunca ha examinado de verdad—.
Y aquí aparece la diferencia decisiva con la maldad: el malvado sabe que hace daño. Lleva dentro la semilla de su propia subversión, porque el mal deja siempre un residuo de inquietud en quien lo comete. La persona estupidizada, en cambio, está absolutamente satisfecha consigo misma. No experimenta disonancia cognitiva porque ha delegado su juicio en otro: un líder, un partido, un algoritmo, una identidad tribal. Y al sentirse irritada con facilidad, pasa al ataque. Es más peligrosa que el malvado precisamente porque cree estar haciendo lo correcto.
El malvado lleva dentro la semilla de su propia subversión: el mal deja inquietud. El estúpido, en cambio, está completamente satisfecho consigo mismo.
Bonhoeffer y Arendt: dos diagnósticos complementarios
Veinte años después de la muerte de Bonhoeffer, Hannah Arendt viajó a Jerusalén para cubrir el juicio contra Adolf Eichmann y acuñó el concepto de la banalidad del mal. Lo que encontró en el arquitecto logístico del Holocausto no fue un monstruo demoníaco, sino un burócrata mediocre, incapaz de pensar desde la perspectiva de otro ser humano, que hablaba en clichés y cuya única ambición era ascender en el escalafón nazi.
Arendt insistió en que lo de Eichmann no era exactamente estupidez, sino algo que ella llamó «ausencia de pensamiento» (thoughtlessness): un vacío reflexivo que permitía ejecutar órdenes monstruosas sin experimentar conflicto moral alguno. Pero la frontera entre la estupidez bonhoefferiana y la banalidad arendtiana es más porosa de lo que parece. Ambos diagnósticos apuntan al mismo mecanismo: la renuncia a la facultad de pensar por uno mismo como condición previa del mal a gran escala.
Donde Bonhoeffer pone el acento en la dimensión sociológica —cómo el poder fabrica estupidez—, Arendt lo pone en la dimensión individual —cómo la ausencia de reflexión permite al individuo participar en el horror sin siquiera percibirlo—. No se contradicen; se complementan como dos caras de la misma moneda. Y juntos, componen el retrato más completo que tenemos de cómo sociedades enteras pueden caer en la barbarie sin que la mayoría de sus miembros se considere a sí misma malvada.
La banalidad del mal de Arendt y la estupidez de Bonhoeffer no se contradicen: son dos caras de la misma renuncia a pensar por uno mismo.
La versión más honesta del argumento contrario dice…
…que patologizar como «estupidez» las decisiones políticas de millones de personas es un gesto elitista que impide comprender las razones materiales —precariedad, abandono institucional, pérdida de horizontes— que empujan a esas personas hacia líderes autoritarios. Que llamar estúpido al votante de Trump, de Le Pen o de Milei es exactamente el tipo de desprecio que alimenta el resentimiento sobre el que esos liderazgos prosperan. Hay verdad en esto. Bonhoeffer mismo advirtió contra considerar a la mayoría de las personas estúpidas en toda circunstancia, y señaló que todo dependía de si quienes detentan el poder esperan más de la estupidez de la gente o de su independencia interior y su sabiduría.
Pero reconocer las causas materiales del malestar no obliga a renunciar al diagnóstico. El propio Bonhoeffer no culpaba al individuo estupidizado como si fuera un defecto de carácter: señalaba al sistema de poder que lo producía. La estupidez, en su análisis, es un efecto del poder, no una propiedad del individuo. Lo que no exime de responsabilidad: permitir que te estupidizan es, en última instancia, una forma de consentimiento. Débil, condicionado, presionado, pero consentimiento.
La estupidez en la era algorítmica
Si Bonhoeffer escribiera hoy su ensayo, no necesitaría cambiar una sola línea de su diagnóstico. Solo tendría que actualizar los mecanismos de producción de estupidez. Lo que en los años treinta hacían la radio, los desfiles de masas y la propaganda de Goebbels, hoy lo hacen los flujos de contenidos algorítmicos, las cámaras de eco digitales y la economía de la atención.
La diferencia —y es una diferencia que agrava enormemente el problema— es de escala y de velocidad. La maquinaria de estupidización nazi necesitaba un aparato estatal, una policía secreta y una década de trabajo sistemático. Las plataformas digitales producen el mismo efecto en semanas, sin necesidad de conspiradores ni camisas pardas. No hace falta un Goebbels cuando tienes un algoritmo que maximiza la interacción emocional y minimiza el pensamiento pausado. No hace falta quemar libros cuando puedes hacer que nadie los lea, sepultados bajo una avalancha de contenido diseñado para activar reflejos, no reflexiones.
El resultado es el mismo que Bonhoeffer describió: personas que repiten consignas como si fueran ideas propias, que reaccionan con irritación ante cualquier dato que contradiga su narrativa, que han delegado su marco interpretativo en una fuente externa —ya no un Führer, sino un influenciador, un canal de desinformación, un grupo de mensajería donde circulan verdades prefabricadas—.
No hace falta un Goebbels cuando tienes un algoritmo que maximiza la reacción emocional y minimiza el pensamiento pausado.
Liberación, no instrucción
Bonhoeffer llegó a una conclusión que resulta incómoda para quienes creemos en la educación y el diálogo como herramientas de cambio: la argumentación racional no puede vencer a la estupidez. No porque el argumento sea débil, sino porque la estupidez lo ha convertido en irrelevante. Los hechos rebotan. La lógica se resbala. El estúpido no carece de información; carece de la disposición a procesarla de forma autónoma.
La única salida, según Bonhoeffer, es un acto de liberación, no de instrucción. Y en la mayoría de los casos, la liberación interna solo es posible cuando ha sido precedida por una liberación externa: un cambio en las condiciones materiales y estructurales que producen la estupidez. Esto significa que combatir la estupidez colectiva no es un problema pedagógico sino político. No se resuelve con más datos, más verificaciones, más hilos explicativos en redes sociales. Se resuelve cambiando las estructuras de poder que la generan y la necesitan.
Bonhoeffer murió a los 39 años, convencido de que la acción nace de la disposición a asumir responsabilidad, no del pensamiento abstracto. Su última prueba moral fue coherente con su diagnóstico: no intentó convencer a los estúpidos. Conspiró para derribar el sistema que los fabricaba.
Ochenta años después, su pregunta sigue abierta y sigue siendo la pregunta decisiva: ¿esperan quienes detentan el poder más de nuestra estupidez que de nuestra independencia interior? La respuesta, hoy como entonces, depende de si estamos dispuestos a pensar por cuenta propia o preferimos la comodidad brutal de que otros piensen por nosotros.
Referencias
- Bonhoeffer, D. (2010). «After Ten Years», en Letters and Papers from Prison. Dietrich Bonhoeffer Works/English, vol. 8. Minneapolis: Fortress Press.
- Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil. Nueva York: Viking Press.
- Arendt, H. (1978). The Life of the Mind. Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich.
- Cipolla, C. M. (1976). The Basic Laws of Human Stupidity. Bolonia: Il Mulino.
- Bethge, E. (2000). Dietrich Bonhoeffer: A Biography. Ed. Victoria J. Barnett. Minneapolis: Fortress Press.
- Bernstein, R. (2002). Radical Evil: A Philosophical Interrogation. Cambridge: Polity Press.
- Formosa, P. (2007). «Is Radical Evil Banal? Is Banal Evil Radical?». Philosophy & Social Criticism, 33(6).

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.





