La charlatanería se ha globalizado y digitalizado. Analizamos los mecanismos cognitivos que nos hacen vulnerables y las herramientas de resistencia que necesitamos. Neurociencia y política.

Anatomía del charlatán: por qué compramos mentiras en la era de la información

Los charlatanes no son un residuo del pasado. Son el producto más sofisticado del presente. Y la neurociencia explica por qué seguimos cayendo.


En una serie de televisión de los años cincuenta, un vendedor ambulante llamado Walter Trump recorría los pueblos del Oeste americano vendiendo sombrillas mágicas contra el fin del mundo. La gente compraba. No porque fueran estúpidos, sino porque tenían miedo. Siete décadas después, el mecanismo sigue intacto. Los charlatanes han cambiado el carromato por el algoritmo, la plaza del pueblo por las redes sociales, y las sombrillas mágicas por criptomonedas, pseudoterapias o promesas electorales imposibles. Pero la arquitectura del engaño es la misma.

Moisés Naím y Quico Toro acaban de publicar Charlatanes (Debate, 2026), un libro que cartografía este fenómeno con una tesis incómoda: la charlatanería no es una anomalía del sistema, es el sistema funcionando a toda máquina. Y para entender por qué, hay que mirar no solo hacia los charlatanes, sino hacia nosotros mismos.

El mecanismo al desnudoUn charlatán no es simplemente alguien que miente. El mentiroso necesita conocer la verdad para distorsionarla. El charlatán, como explicó el filósofo Harry Frankfurt en su célebre ensayo On Bullshit (2005), opera en un plano distinto: le es completamente indiferente si lo que dice es verdad o mentira. Su único criterio es la eficacia. ¿Funciona? ¿Consigo lo que quiero? Entonces vale.

Esta distinción no es académica. Es la clave para entender por qué la charlatanería resulta más difícil de combatir que la mentira. Contra un mentiroso, basta con verificar los hechos. Contra un charlatán, la verificación es irrelevante, porque nunca pretendió ajustarse a la realidad. Su juego es otro: explotar deseos, miedos y necesidades para generar confianza y extraer beneficio.

El patrón es sorprendentemente estable a lo largo de siglos. Naím y Toro documentan una veintena de casos que abarcan desde trileros clásicos hasta estafadores de criptomonedas, desde gurús de la salud hasta líderes políticos globales. En todos identifican una secuencia repetida: primero, el charlatán localiza un sueño (salud, riqueza, pertenencia, seguridad); después, se presenta como el único capaz de cumplirlo; finalmente, explota la relación de confianza para su propio beneficio. Lo que ha cambiado no es la secuencia, sino la escala. Un charlatán del siglo XIX podía engañar a un pueblo. Uno del siglo XXI tiene audiencia planetaria.

Nombres y apellidos

En el terreno político, la charlatanería se ha convertido en estrategia de gobierno. Donald Trump, que en enero de 2026 mintió deliberadamente sobre la energía eólica en el Foro de Davos —afirmando que China no la utilizaba cuando es el primer productor mundial—, no comete errores: ejecuta un método. El dato falso no importa; lo que importa es el efecto emocional en su base electoral. Como observaron los corresponsales del New York Times, el propio Trump ha verbalizado su cosmovisión con una claridad que debería alarmar: la fuerza nacional, no las leyes ni los tratados, debe ser el factor decisivo en las relaciones internacionales.

No es un caso aislado. Viktor Orbán en Hungría, Jair Bolsonaro en Brasil, los líderes populistas de diverso signo que proliferaron en la última década comparten una gramática común: simplificación radical de problemas complejos, construcción de un enemigo abstracto (“las élites”, “el sistema”, “los globalistas”), promesa de soluciones instantáneas e indoloras, y desprecio sistemático por los mecanismos de verificación. En Davos 2026, un asistente habitual del foro resumió la mutación con una frase reveladora: “Ahora el populismo es un proyecto de las élites”.

En el ámbito de la salud, los nombres son igualmente concretos. Los gurús que venden pseudoterapias contra el cáncer, los influencers que promueven suplementos sin evidencia, los coaches que ofrecen “reprogramación neuronal” con cursos de trescientos euros —todos operan con la misma lógica. No necesitan demostrar que funciona; necesitan que tú creas que funciona. Y la industria que generan no es marginal: mueve miles de millones.

Por qué caemos (y no es porque seamos tontos)

Aquí es donde la neurociencia tiene algo que decir, y lo que dice no es reconfortante.

El cerebro humano no evolucionó para detectar charlatanes sofisticados. Evolucionó para tomar decisiones rápidas en entornos de información limitada. Los atajos cognitivos que nos permitieron sobrevivir como especie —el sesgo de confirmación, la heurística de disponibilidad, el efecto halo, la tendencia a seguir al grupo— son exactamente las vulnerabilidades que los charlatanes explotan.

El sesgo de confirmación nos lleva a buscar información que refuerce lo que ya creemos. Si desconfiamos de las farmacéuticas (y hay razones legítimas para cierta desconfianza), seremos más receptivos al charlatán que nos venda una “alternativa natural”. El razonamiento motivado, documentado extensamente en psicología cognitiva, opera en sentido inverso al razonamiento científico: primero llegamos a la conclusión que deseamos y después buscamos argumentos que la justifiquen.

La mentalidad de rebaño, que Naím y Toro señalan como factor clave, tiene base neurobiológica. Los estudios de Solomon Asch sobre conformidad social demostraron ya en los años cincuenta que la mayoría de personas ajustan su percepción a la del grupo, incluso cuando el grupo está objetivamente equivocado. Las redes sociales han convertido ese mecanismo en arma de precisión: los algoritmos construyen burbujas de confirmación que amplifican el efecto rebaño a escala industrial.

Y hay un factor que la gente inteligente suele subestimar: la inteligencia no protege contra la charlatanería. El efecto Dunning-Kruger funciona en ambas direcciones: quienes saben poco sobreestiman su conocimiento, pero quienes saben mucho a veces sobreestiman su inmunidad frente a la manipulación. Un inversor sofisticado puede caer ante un esquema Ponzi con la misma facilidad que un jubilado ante una estafa telefónica, si el charlatán localiza el sueño correcto. Arif Naqvi, el financiero pakistaní cuya empresa fue referente para la administración Obama, resultó ser un estafador de primer nivel. Nadie está inmunizado.

La tecnología como multiplicador

Lo que convierte la charlatanería contemporánea en un fenómeno de escala sin precedentes es la confluencia de tres factores tecnológicos.

Primero, la viralización. Un bulo, una pseudoterapia, una promesa electoral inverificable pueden alcanzar millones de personas en horas. Las instituciones que verifican —prensa, academia, reguladores— operan con ciclos temporales incompatibles: cuando la corrección llega, el daño está hecho.

Segundo, los deepfakes y la inteligencia artificial. La capacidad de fabricar contenido falso indistinguible del real erosiona el último recurso del ciudadano crítico: ver para creer. Cuando cualquier vídeo puede ser fabricado, la evidencia visual deja de ser evidencia.

Tercero, la personalización algorítmica. Los charlatanes del pasado lanzaban mensajes genéricos. Los actuales disponen de herramientas que permiten segmentar audiencias con precisión quirúrgica: el mismo producto se vende con argumentos distintos a perfiles distintos, maximizando la vulnerabilidad de cada grupo.

Herramientas de resistencia (sin ingenuidad)

Sería fácil cerrar con un decálogo de autodefensa cognitiva. Sería fácil, pero sería también, a su manera, charlatanería. Porque el problema de la charlatanería no se resuelve con higiene mental individual, del mismo modo que una pandemia no se resuelve diciéndole a la gente que se lave las manos.

A nivel personal, hay estrategias que ayudan. Cultivar la duda metódica sin caer en el cinismo paralizante. Distinguir entre escepticismo (exigir evidencia) y negacionismo (rechazar evidencia). Aplicar una prueba sencilla: si alguien promete cumplir exactamente el sueño que tengo, probablemente me está manipulando. Desconfiar de las soluciones simples a problemas complejos, que es la materia prima del charlatán.

Pero las herramientas individuales son insuficientes sin cambios estructurales. Regulación seria de plataformas digitales que actualmente amplifican la charlatanería porque genera engagement. Alfabetización mediática y científica desde la educación primaria, no como asignatura optativa sino como competencia transversal. Financiación pública de medios de verificación que puedan competir en velocidad con la desinformación. Y algo que Naím señala con acierto: fortalecer las instituciones democráticas que, con todos sus defectos, son la única infraestructura capaz de limitar el poder de los charlatanes cuando alcanzan posiciones de mando.

Lo que está en juego

En el fondo, la proliferación de charlatanes es síntoma de algo más profundo: una crisis de confianza institucional que deja un vacío que los embaucadores llenan con eficacia. Cuando la ciudadanía desconfía de la ciencia, de la política, de los medios, de la justicia, el charlatán aparece como alternativa. No porque sea mejor, sino porque es más rápido, más seductor, más adaptado a nuestros sesgos.

La tentación es el cinismo: si todo es mentira, da igual. Pero el cinismo es el oxígeno del charlatán. El antídoto no es la ingenuidad, sino lo que podríamos llamar confianza crítica: confiar en las instituciones lo suficiente como para exigirles que mejoren, en lugar de abandonarlas en manos de quien prometió destruirlas.

Vivimos, como escribió Anne Applebaum al prologar el libro de Naím y Toro, en una era de mentirosos, farsantes, timadores y charlatanes. Pero hemos vivido en eras así antes. Y la manera de salir nunca fue comprando sombrillas mágicas.


 

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