En la guerra contra Irán conviven tres máquinas de silencio simultáneas. La que más debería preocuparnos no es la del régimen iraní, sino la que se ha construido desde Washington.


Alguien tiene que decirlo con claridad: la cobertura periodística de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán está siendo gestionada, en buena parte, por LindellTV. Sí: el canal de streaming del CEO de MyPillow es ahora prensa acreditada en el Pentágono. Junto a One America News y Frontlines, el medio de Turning Point USA, forman el núcleo del cuerpo de corresponsales que Pete Hegseth —ministro de Defensa autoproclamado “Secretario de Guerra”— ha decidido que merecen acceso. El resto fue depurado.

Eso no es un chiste. Es la infraestructura informativa de un conflicto armado que, en los primeros días, dejó más de mil muertos en Irán, seis soldados americanos muertos, una escuela de niñas en Minab con 148 víctimas que nadie puede verificar de forma independiente, y misiles iraníes sobrevolando Baréin, Catar, Kuwait y Jordania. Y la sala de prensa del Pentágono: LindellTV.


El mecanismo: tres capas de silencio para una sola guerra

Lo extraordinario de este conflicto, desde el punto de vista de la libertad de información, es que no hay uno sino tres sistemas de censura operando simultáneamente, cada uno con su lógica y sus instrumentos. Rara vez los ciudadanos de una democracia han sido sometidos a una triple capa de oscuridad informativa de estas dimensiones.

La capa estadounidense es la más sofisticada porque disfraza la censura de acreditación. Hegseth no prohíbe la prensa: simplemente elimina el acceso a quien no firme que ejercerá de estenógrafo oficial. El resultado es idéntico al de la censura directa, pero con la ventaja de poder presumir de prensa libre. A los periodistas excluidos les resta buscar documentos a través de la Ley de Libertad de Información (FOIA), pero la administración Trump lleva meses desmantelando esos mecanismos de transparencia y vaciando las bases de datos gubernamentales. La Freedom of the Press Foundation lo documenta sin ambigüedad.

A esto se añade la criminalización de las fuentes. El FBI registró el domicilio de Hannah Natanson, periodista de The Washington Post, por una supuesta violación de la Ley de Espionaje relacionada con sus fuentes. El Congreso emitió una citación contra el periodista Seth Harp por identificar a un oficial militar en sus reportajes sobre Venezuela. La señal enviada a cualquier funcionario tentado de filtrar información sobre errores o abusos en la guerra contra Irán es nítida: el precio puede ser la cárcel. La Ley de Espionaje, esa reliquia de 1917, está sobre la mesa. Trump, que ya había sugerido que los armarios de cocina representan una amenaza para la seguridad nacional en tiempos de paz, no va a andar con remilgos en tiempos de guerra.

La capa israelí opera con una institución más antigua y más directa: la censura militar. En 2024, antes de esta guerra, el censor militar israelí prohibió la publicación de 1.635 artículos y censuró parcialmente otros 6.265. Lo que hace especialmente perversa esta institución es que también prohíbe a los periodistas informar de que han sido censurados. Es decir: no solo no puedes publicar la noticia, sino que tampoco puedes avisar al lector de que la noticia existía y fue eliminada. El CPJ documenta que periodistas que desobedecen al censor se exponen al arresto. Y cuando la amenaza legal no basta, está la física: Israel ha atacado sistemáticamente instalaciones de medios y periodistas individuales en Gaza durante más de dos años. No hay razón para asumir que en Irán vaya a ser diferente.

La capa iraní es la más brutal en sus métodos, aunque la más predecible dado el régimen. Irán ocupa el puesto 176 de 180 en el Índice de Libertad de Prensa de Reporteros Sin Fronteras. Desde las protestas masivas de diciembre de 2025 —las mayores desde la revolución de 1979—, el régimen ya había implementado un apagón de internet que se mantiene activo desde el inicio de los bombardeos. RSF documenta que mientras los periodistas que replican la narrativa oficial tienen acceso a internet sin restricciones, los independientes están sometidos a bloqueo selectivo. Un periodista que abandonó Teherán describió a RSF la situación en términos precisos: “Solo tienes que leer los periódicos para ver la represión.” Los periódicos que cubrían a Jamenéi publicaban elogios. Los que no lo hacían, no publicaban nada.


Por qué es distinto a otras guerras

Aquí vale la pena hacer el ejercicio de tomar en serio el argumento contrario. El steel man de la censura bélica es este: en tiempo de guerra, filtrar información operacional puede costar vidas. Los movimientos de tropas, las capacidades de sistemas de armas, las fuentes de inteligencia: hay razones legítimas para que no todo sea público en tiempo real. Ninguna democracia ha operado jamás con transparencia informativa total en un conflicto armado.

Cierto. Pero ese argumento no cubre ni de lejos lo que está ocurriendo. La diferencia entre proteger información operacional y construir una burbuja propagandística de partido es la misma que hay entre una cuarentena médica y una prisión. Los paralelismos históricos son incómodos: el sistema de embeds de la administración Bush en Iraq fue diseñado como herramienta de propaganda, no de información. La administración Obama prosecutó a más fuentes bajo la Ley de Espionaje que todas las administraciones anteriores combinadas. Biden arrancó a Julian Assange una declaración de culpabilidad para cerrar el caso de los crímenes de guerra en Iraq que WikiLeaks expuso. El patrón existe desde antes de Trump. Lo que Trump ha hecho es eliminir cualquier resto de pudor.

Y hay algo cualitativamente nuevo: la escuela de Minab. Ciento cuarenta y ocho niñas muertas, según el fiscal local. Israel lo niega. El Comando Central americano dice que “está investigando.” The Washington Post y The New York Times verificaron las imágenes tomadas inmediatamente después del ataque, pero no pueden confirmar de forma independiente el número de víctimas. En cualquier otra circunstancia, eso habría desencadenado una cobertura periodística masiva y sostenida. En esta guerra, es una nota más en el flujo de noticias de una semana extraordinariamente densa, y los periodistas que habrían podido presionar para obtener respuestas no tienen acceso al Pentágono. Los que sí tienen acceso cubren para LindellTV.


Lo que no sabemos que no sabemos

El verdadero problema de la censura bélica no es lo que nos ocultan —eso al menos lo podemos intuir—, sino lo que no sabemos que nos ocultan. Cuando un sistema informativo funciona razonablemente bien, el periodismo genera un mapa imperfecto pero aproximado de la realidad. Cuando ese sistema se deteriora, no obtenemos un mapa con espacios en blanco: obtenemos un mapa falso que parece completo.

Los portavoces del Pentágono seguirán dando ruedas de prensa. Habrá imágenes de objetivos militares destruidos. Habrá cifras de bajas enemigas. Trump seguirá publicando en Truth Social. Y todo eso creará la ilusión de una cobertura de guerra. Lo que no habrá son las preguntas que nadie puede hacer porque nadie tiene acceso para hacerlas. No sabremos a quién se le negó una entrevista. No sabremos qué documentos fueron clasificados. No sabremos qué informes de inteligencia contradecían la narrativa oficial. No sabremos, en definitiva, si estamos viendo una guerra o una producción televisiva sobre una guerra.

La Freedom of the Press Foundation plantea una propuesta razonable y casi revolucionaria en su modestia: que los periodistas incluyan en sus reportajes no solo lo que saben, sino lo que se les impidió averiguar, y por quién. Que la censura sea visible. Que cuando un corresponsal cite al portavoz del Pentágono, el lector sepa también a quién no pudo entrevistar y qué documentos le fueron negados. No es transparencia total —eso es imposible en un conflicto armado—, pero sí sería honestidad mínima sobre las condiciones en que se ejerce el periodismo.

Esa petición, por elemental que parezca, exige a los periodistas hacer algo incómodo: visibilizar sus propias limitaciones. Admitir que el artículo que estás leyendo tiene agujeros que no son descuidos del reportero, sino diseño deliberado de quienes controlan el acceso. Es más fácil escribir con la autoridad implícita de quien sabe lo que está contando.


El precedente y lo que viene

En las últimas semanas, antes de que empezaran los bombardeos, se supo que el ataque había sido planificado con semanas de antelación mientras EE.UU. e Irán mantenían negociaciones diplomáticas a través de Omán. El ministro de Exteriores omaní describió esas negociaciones como “deliberadamente saboteadas.” Si eso es verdad —y hay indicios sólidos de que lo es—, significa que la ciudadanía americana fue informada de unas negociaciones que en realidad eran una pantalla para preparar una guerra. Y en ese contexto, ¿cómo se cubre lo que viene sin acceso independiente, sin fuentes protegidas, sin posibilidad de filtración, con el censor israelí activo, con el apagón iraní en marcha y con LindellTV tomando apuntes en la sala de prensa del Pentágono?

Esta pregunta no tiene respuesta fácil. Pero es la pregunta que debería estar en el centro de cada artículo que se publique sobre esta guerra. No como declaración editorial al margen, sino como parte constitutiva del reportaje. Lo que vemos no es la guerra. Es lo que nos dejan ver de la guerra. Y la diferencia entre ambas cosas puede ser la de 148 niñas en una escuela de Minab que alguien decidió que no necesitábamos verificar con urgencia.


Referencias

Stern, Seth (4 de marzo de 2026). “The public deserves to know when Iran war reporting is stifled.” Freedom of the Press Foundation. https://freedom.press/issues/the-public-deserves-to-know-when-iran-war-reporting-is-stifled/

Reporters Without Borders / RSF (marzo de 2026). “War in Iran: journalism in crisis as access to information restricted.” https://rsf.org/en/war-iran-journalism-crisis-access-information-restricted-and-reporters-work-amid-bombs

Committee to Protect Journalists / CPJ (diciembre de 2025). “Under the radar: Israel steps up censorship and suppression of independent reporting.” https://cpj.org/2025/12/under-the-radar-israel-steps-up-censorship-and-suppression-of-independent-reporting/

RSF (2025). Press Freedom Index 2025. Entrada: Irán. https://rsf.org/en/country/iran

 

Hobsbawm defendió el Gulag. Nolte relativizó el Holocausto. Dos historiadores brillantes, dos tradiciones opuestas, los mismos cinco mecanismos de ceguera intelectual. Un análisis que no perdona a ningún bando porque el problema no es ideológico: es estructural. Previous post Cinco mecanismos para no ver lo que está ahí: el intelectual ante el horror que ama
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