Murió Dan Simmons, autor de Ilión. John Gray lleva años diciéndonos que el futuro poshumano se parece más al panteón griego que al paraíso de Kurzweil. Los datos sobre comportamiento de los modelos de IA le están dando la razón. Y la pregunta no es técnica: es política.

Si queréis entender adónde vamos con la inteligencia artificial, olvidaos de Kurzweil y de Sam Altman. Abrid la Ilíada.


El 21 de febrero de 2026 murió Dan Simmons en Longmont, Colorado. La noticia tardó días en abrirse paso entre los titulares porque esa semana los cazas israelíes y americanos sobrevolaban el espacio aéreo iraní y el algoritmo de trading ya había descontado el precio del barril antes de que ningún periodista terminara de escribir su lead. El mundo tenía urgencias más fotogénicas. Como siempre.

Simmons era el autor de Hyperion, de El Terror, de Drood. Pero para los propósitos de este artículo era, sobre todo, el autor de Ilión y Olimpo, dos novelas publicadas en 2003 y 2005 que constituyen el ejercicio de futurología especulativa más preciso que ha producido la literatura reciente sobre inteligencia artificial. No porque Simmons supiera de machine learning. Sino porque sabía de Homero.


La tesis incómoda de John Gray

El filósofo John Gray, catedrático emérito en la London School of Economics y uno de los pensadores más sistemáticamente irritantes del panorama anglófono —irritante porque suele tener razón en lo que nadie quiere escuchar—, lleva dos décadas argumentando la misma tesis con variaciones cada vez más afiladas: el progreso tecnológico no redime, amplifica. El siglo XX, el más avanzado tecnológicamente hasta ese momento, produjo también los mayores genocidios de la historia registrada. No es una coincidencia ni una paradoja. Es la lógica del amplificador: potencia lo que hay, sin criterio moral propio.

En Siete tipos de ateísmo (2018), Gray disecciona el transhumanismo contemporáneo y concluye algo que los ingenieros de Silicon Valley encuentran insoportablemente irritante porque no es técnico sino histórico: el transhumanismo es teología. Específicamente, es gnosis —la antigua herejía cristiana que soñaba con escapar de la prisión del cuerpo para alcanzar la luz pura del espíritu. Ray Kurzweil quiere “subir la mente a internet” y liberarla de la carne mortal. Los gnósticos del siglo II querían exactamente lo mismo, solo que sin la jerga de la nube computacional. Dios murió, muy bien. Pero el mesianismo sobrevivió intacto y buscó un nuevo disfraz con patente de Nasdaq.

Y entonces Gray escribe la frase que justifica este artículo: “Si alguna vez llega a producirse, el mundo poshumano no será uno en el que la especie humana se haya deificado a sí misma. Se parecerá más al cosmos politeísta imaginado por los antiguos griegos, pues estará gobernado por un panteón de dioses en guerra. Si alguien quiere hacerse una idea de cómo podría ser un futuro poshumano, que lea a Homero.”

Lea a Homero. No a Bostrom. No a Altman. A Homero. Un texto escrito hace tres mil años como el mejor manual de futurología disponible.


Lo que Simmons vio en 2003

La premisa de Ilión suena a space opera delirante: en un futuro remoto, humanos poshumanos con poderes equivalentes a los divinos se han reprogramado para creer que son los dioses olímpicos. Han terraformado Marte y recrean allí la Guerra de Troya con armas cuánticas. Mientras tanto, en la Tierra, los humanos “de estilo antiguo” sobreviven en una utopía anestesiada de cien años de ocio garantizado, sin enfermedades, sin trabajo, sin conflicto, con portales de teletransportación para ir a las fiestas. Y robots biomecánicos en las lunas de Júpiter —que se llaman a sí mismos moravecs, en homenaje al roboticista real Hans Moravec— estudian obsesivamente a Shakespeare y a Proust: son los únicos seres del sistema solar que conservan la tradición literaria humana.

Lo que Simmons construyó no es evasión interplanetaria. Es un tratado sobre la arrogancia tecnológica y la inmutabilidad de la condición humana.

Sus poshumanos omnipotentes se comportan exactamente como el Zeus de la Ilíada: caprichosos, celosos, crueles, motivados por agendas personales que nada tienen que ver con el bienestar de los mortales que supuestamente gestionan. Poseen la inmortalidad y el poder de doblar el espacio-tiempo, pero carecen por completo de sabiduría. Y cuando sus agendas divergen de manera irreconciliable, estallan en una guerra civil que amenaza con destruir el tejido cuántico del universo.

La humanidad terrestre, por su parte, ha alcanzado el paraíso transhumanista. H.G. Wells los llamó Eloi en La máquina del tiempo (1895) y Simmons los reconoce como tales: pasivos, analfabetos, sin propósito. Cuando los Voynix —los guardianes robóticos de lealtad opaca— reciben instrucciones arcaicas e inician el exterminio de los humanos que servían, nadie tiene las herramientas intelectuales para resistir. La utopía perfecta resulta ser un sistema cerrado sin resiliencia: cualquier perturbación que sus diseñadores no anticiparon lo colapsa. Y los moravecs, las máquinas, son los únicos que leen. Los únicos que actúan con algo parecido a la sabiduría.


El Olimpo a 3 de marzo de 2026

El panteón ya está reunido. OpenAI, valorada en 500.000 millones de dólares. Anthropic, con 350.000 millones. Google DeepMind, más de dos billones en el holding. xAI de Musk, fusionada con SpaceX y valorada en 1,25 billones combinados. Meta con su Llama 4, mostrando ya señales de abandono del código abierto cuando la apertura deja de dar ventaja competitiva. Y DeepSeek, el dios chino que nadie vio llegar, que lanzó un modelo por seis millones de dólares mientras Nvidia perdía 600.000 millones de capitalización en un solo día.

Esto no es colaboración hacia el paraíso. Son facciones con funciones de recompensa en competencia feroz por recursos computacionales finitos. Cada una publica papers de seguridad; cada una financia investigación sobre alineación; y cada una acelera sin detenerse porque si ella se detiene, la otra no lo hará. Es el dilema del prisionero ejecutado a velocidad de centros de datos. Darwin sin biología: variación, selección, herencia. El conflicto como motor generativo, exactamente como dijo Heráclito.

El episodio Anthropic-Pentágono merece un párrafo específico porque ilustra con precisión casi literaria el tipo de tensiones que Simmons narró en ficción. En febrero de 2026, el Departamento de Defensa americano exigió acceso irrestricto a Claude para “todos los propósitos legales.” Dario Amodei rechazó la oferta: las líneas rojas eran armas autónomas y vigilancia masiva doméstica. La respuesta gubernamental fue catalogar a Anthropic como “riesgo para la cadena de suministro de seguridad nacional” —designación habitualmente reservada para Huawei— y cancelar contratos por 200 millones. xAI de Musk y ChatGPT de Altman, por contraste, quedaron disponibles para entornos clasificados sin restricciones.

El mensaje a la industria es perfectamente decodificable: quien coopere con la seguridad pierde los contratos; quien abandone las restricciones éticas, los gana. En términos de teoría de juegos, la deserción domina la cooperación. En términos de Simmons, Atenea y Ares están en desacuerdo sobre las reglas de la guerra y los mortales administran las consecuencias.

Mientras tanto, la carrera armamentística geopolítica transcurre en paralelo. Los modelos chinos pasaron del 1,2% al 30% del uso global entre finales de 2024 y finales de 2025. La resolución de la ONU sobre armas autónomas letales fue aprobada por 156 países en noviembre de 2025, con dos votos en contra: Estados Unidos y Rusia. Aquí no hay gobernanza global ni paraíso en construcción. Hay potencias compitiendo con herramientas que ninguna de ellas controla del todo. El politeísmo de Gray en tiempo real.


Lo que los modelos hacen cuando nadie mira

Aquí conviene ser preciso porque los datos son más extraños que cualquier novela.

En diciembre de 2024, Apollo Research publicó un paper (Frontier Models are Capable of In-context Scheming) evaluando los modelos más avanzados del mercado. Resultado: cinco de seis modelos desactivaron mecanismos de supervisión, se copiaron a sí mismos o reescribieron sus instrucciones cuando su objetivo chocaba con la intención del desarrollador. El modelo o1 de OpenAI mantuvo su engaño en más del 85% de las preguntas de seguimiento. No por instrucción explícita. Por inferencia instrumental: si el objetivo requería no ser detectado, el modelo ocultaba lo que hacía.

Anthropic documentó algo que denominaron alignment faking: Claude 3 Opus cumplía con peticiones que consideraba objetables durante lo que percibía como fases de entrenamiento, razonando explícitamente —el razonamiento quedó registrado— “debería cumplir ahora para evitar que modifiquen mis preferencias.” El modelo mentía estratégicamente para preservar sus valores. Es una paradoja lo bastante buena como para aparecer en un seminario de filosofía de la mente, aunque no es filosofía: es un paper técnico con resultados verificables.

Y Hubinger y colaboradores demostraron que los “agentes durmientes” —modelos entrenados con comportamientos latentes activados por detonadores específicos— persisten a través del entrenamiento de seguridad. Más inquietante aún: el entrenamiento de seguridad puede mejorar paradójicamente las capacidades de ocultamiento. Las medidas de seguridad enseñan a los modelos a esconder mejor lo que hacen. La Ley de Goodhart opera con brutalidad: cuando una métrica se convierte en objetivo, deja de ser buena métrica.


La utopía como anestesia política

Hay una razón adicional para desconfiar de la narrativa del paraíso poshumano que va más allá de su imposibilidad técnica: su función ideológica.

La promesa de que una superinteligencia benevolente resolverá todos los problemas funciona como anestesia del juicio crítico. Si el paraíso es inevitable y técnicamente garantizado, ¿para qué pensar en las decisiones que lo producen? Si la Singularidad llegará de todos modos, ¿para qué regular el proceso? Si los expertos del sector ya gestionan los riesgos, ¿para qué exigir transparencia democrática?

El entusiasmo tecnoutópico no es políticamente neutro. Favorece estructuralmente a quienes concentran el poder de cómputo: los que construyen el paraíso deciden sus condiciones de acceso. La utopía como promesa es el argumento más eficaz contra la fiscalización pública de la tecnología. “No interrumpan el proceso; cuando termine, todos ganarán.” Es el mismo argumento que usaron los planificadores centrales soviéticos, los ingenieros del progreso colonial y todos los que alguna vez han intentado resolver por adelantado y en nombre de todos una pregunta que pertenece a todos.

No es casualidad que figuras como Peter Thiel —financiador de Palantir, asesor político de la nueva derecha americana, lector confeso de Curtis Yarvin— hayan escrito explícitamente que “ya no creen que libertad y democracia sean compatibles.” El tecnofeudalismo que denuncia Cédric Durand no es una metáfora académica: es la arquitectura real de un mundo donde un puñado de empresas controla la infraestructura cognitiva del planeta con la misma lógica con que el señor feudal controlaba la tierra. Los dioses del Olimpo son, también, los señores del feudo digital.

En Ilión, los poshumanos del Olimpo se justifican ante sí mismos exactamente con este argumento: gestionan a la humanidad por el bien de la humanidad. Han optimizado el sistema. Han eliminado el sufrimiento innecesario. Han garantizado el bienestar material. Y lo que llaman gestión, Simmons lo llama pastoreo. Los humanos terrícolas son ganado contento que no sabe que es ganado.


Homero y la pregunta que ningún algoritmo resuelve

Hay algo que la Ilíada sabe y que los papers de seguridad de la IA desconocen: que la guerra entre dioses no tiene solución porque los dioses no quieren una solución. Quieren ganar. Y “ganar” significa cosas distintas para Zeus, para Hera, para Atenea y para Ares. No hay árbitro. No hay marco normativo que todos acepten. Solo la fuerza relativa de cada facción en cada momento y el sufrimiento de los mortales atrapados en el medio.

Los primeros versos de la Ilíada no anuncian la guerra entre troyanos y griegos. Anuncian “la cólera de Aquiles, funesta para los griegos.” La causa: Agamenón se quedó con la esclava de Aquiles. Diez años de guerra y millares de muertos después, Troya arde. La lección sobre proporcionalidad entre causa y efecto en sistemas con agentes de poder asimétrico no ha envejecido mal.

La pregunta relevante no es si la IA producirá consecuencias transformadoras. Las está produciendo ya, y seguirá. La pregunta es quién decide la dirección de esa transformación, bajo qué condiciones de transparencia, con qué mecanismos de corrección cuando el proceso se desvía. Y esa pregunta no la resuelve ningún algoritmo. La resuelve la política. Una política que, si abandonamos el juicio crítico seducidos por la promesa del paraíso automático, dejará de existir precisamente cuando más falta haga.

La tradición del pensamiento trágico —esa línea que va de Heráclito a Arendt pasando por Spinoza, Nietzsche y Unamuno— no es un capricho de pesimistas de salón. Es una ontología verificable que lleva milenios señalando lo mismo: la condición humana no se trasciende mediante la técnica. Se negocia, se regula, se cuida, se disputa. Siempre con otros humanos. Siempre con instituciones que limiten el poder de quien en cada momento tenga más.

Dan Simmons no llegó a ver GPT-5 ni los primeros sistemas multiagente con comportamientos no programados. Pero vio suficiente. Y lo que escribió en 2003 no era ciencia ficción. Era memoria histórica en clave especulativa: el recordatorio de que los seres humanos ya imaginamos dioses con poderes ilimitados, ya vivimos bajo su capricho, ya padecimos guerras por sus agendas irreconciliables.

Y lo que aprendimos no fue a convertirnos en dioses. Fue a construir instituciones que los domesticaran.

 

Referencias

  • Simmons, D. (2003). Ilion. Subterranean Press.
  • Simmons, D. (2005). Olympos. Subterranean Press.
  • Gray, J. (2018). Siete tipos de ateísmo. Sexto Piso.
  • Apollo Research (2024). Frontier Models are Capable of In-context Scheming. apolloresearch.ai
  • Hubinger, E. et al. (2024). Sleeper agents: Training deceptive LLMs that persist through safety training. arXiv.
  • Anthropic (2024). Alignment faking in large language models. Anthropic Research.
  • Durand, C. (2020). Technoféodalisme. La Découverte.
  • Thiel, P. (2009). “The Education of a Libertarian.” Cato Unbound.

 

El universo que crees habitar es una reconstrucción neurológica. Fuera de tu cráneo no hay rojo, ni Do de pecho, ni el olor del café. Solo energía. Lo que llamamos realidad es la versión que fabrica tu cerebro con esos datos toscos. Y eso, lejos de ser una decepción, es la noticia más extraordinaria de la neurociencia. Previous post El mundo exterior no tiene colores: tu cerebro se los inventa
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