Cuando el presidente de Estados Unidos amenaza con “cortar todo el comercio” con España, la derecha española tiene dos opciones: defender a su país o defender a su tribu. PP y Vox eligieron la tribu.
Hay momentos en la historia política que funcionan como reactivos químicos: revelan la composición real de las cosas. Lo que ocurrió en los primeros días de marzo de 2026 es uno de ellos. Donald Trump calificó a España de “aliado terrible”, amenazó con romper relaciones comerciales y dejó entrever que podría usar las bases de Rota y Morón con o sin el permiso del Gobierno español. Una amenaza directa a la soberanía de un país europeo, socio de la OTAN y miembro de la Unión Europea.
La reacción de la derecha española no tiene precio. O sí lo tiene, y resulta que es bastante bajo.
Alberto Núñez Feijóo acusó a Pedro Sánchez de “ir contra la seguridad de España” e instó al presidente a “situarse junto a sus aliados”, que en su marco conceptual significa arrodillarse ante quien nos acaba de amenazar. Santiago Abascal fue más directo, fiel a su estilo de precisión bisturí: llamó a Sánchez “auténtico traidor”. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, calificó el “no a la guerra” de “pamema”. Para el portavoz andaluz de Vox, Manuel Gavira, la “principal amenaza” para España no era el presidente norteamericano que acababa de amenazar con cortar nuestro comercio, sino Pedro Sánchez.
Hay que reconocerles la coherencia. En cuarenta y ocho horas quedó claro que para PP y Vox, “España” es una palabra que se escribe con mayúscula cuando sirve para atacar a la izquierda, y se guarda en el cajón cuando alguien de su galaxia ideológica amenaza al país real, al de carne, hueso y exportaciones.
El patriotismo como garrote, no como convicción
Conviene hacer el ejercicio honesto de entender su posición antes de demolerla, porque el steel man en este caso es más sofisticado de lo que parece.
La derecha tiene un argumento con fuste: la alianza atlántica y la relación con Estados Unidos no son simplemente sentimentales. Son estratégicas, militares, económicas. España importa más de lo que exporta a EE.UU., las bases de Rota y Morón son nodos de la arquitectura de seguridad de la OTAN, y aislarse de Washington tiene costes reales que pagarán empresas y trabajadores españoles, no los ministros que firman los comunicados. También tienen razón en que Sánchez lleva meses en caída libre en las encuestas y que una crisis internacional gestionada como relato heroico es exactamente el tipo de palanca que su manual de campaña contempla. Del “Perro Sánchez” de 2023 al “Make Sánchez Great Again” de 2026: la retórica de resistencia tiene un componente de cálculo electoral que no conviene ignorar.
Todo eso es cierto. Y sin embargo no es suficiente. Porque incluso aceptando que Sánchez instrumentaliza la crisis, la pregunta que PP y Vox eluden con maestría es otra: ¿cuál es la posición correcta ante las amenazas de Trump? No la posición de Sánchez. La posición de España.
Y ahí es donde la cosa se pone interesante.
Cuando el “patriota” defiende al que nos amenaza
Feijóo pidió que la política exterior estuviera “por encima de los intereses partidistas”. Suena bien. El problema es que la única lectura posible de su propuesta concreta —preservar la relación con Trump al precio que sea— implica exactamente lo contrario: subordinar los intereses de España a los intereses del ecosistema político al que PP y Vox pertenecen ideológicamente.
Porque MAGA no es un fenómeno americano con simpatizantes en Madrid. Es un movimiento político transnacional que tiene capítulos locales en cada país europeo. Vox es el capítulo español. Y los movimientos transnacionales tienen lealtades que trascienden las fronteras nacionales: son leales a la tribu ideológica, no al Estado-nación. Cuando Santiago Abascal llama traidor a quien dice “no a la guerra” ante un ataque que viola el derecho internacional, y guarda silencio ante quien amenaza el comercio de su propio país, no está cometiendo una incoherencia: está siendo perfectamente coherente con sus lealtades reales, que no son españolas sino del movimiento.
El nombre técnico de esto es lo que los teóricos del populismo llaman “nacionalismo instrumental”: la nación como símbolo de movilización interna, no como objeto genuino de lealtad. La bandera como garrote contra el adversario doméstico, no como compromiso con la comunidad política que representa.
Feijóo es más sutil que Abascal, pero el resultado es el mismo. Al pedir que España “se sitúe junto a sus aliados” cuando uno de esos aliados nos acaba de llamar “aliado terrible” y amenazar nuestro comercio, está proponiendo que la dignidad nacional sea negociable según quién sea el agresor. Si el agresor es de izquierdas o de otro país, España merece defensa. Si el agresor es Donald Trump, la defensa es “pamema”.
Lo que Europa dijo mientras la derecha española callaba
La Comisión Europea, el Consejo Europeo, Emmanuel Macron, Ursula von der Leyen: todos mostraron solidaridad con España y recordaron que la UE protegerá los intereses de sus Estados miembros. António Costa fue explícito. Politico, el medio más influyente de Bruselas, destacó que Sánchez fue “el único líder europeo que se atrevió a desafiar directamente a Trump” en la guerra de Irán. China criticó las amenazas arancelarias. Incluso países que participan en la coalición militar respaldaron el derecho de España a no hacerlo.
El único espacio donde la posición del Gobierno español encontró atacantes activos, más allá de Washington, fue en la oposición parlamentaria española.
Conviene detenerse un momento en esa geografía. La derecha española no está sola ante Trump: está sola frente a su propio país, con Trump. Es una posición que tiene un nombre en la historia, aunque ese nombre incomode a quienes lo ocupan.
El patriotismo cívico que nadie esperaba
Lo que queda de todo esto no es el triunfo de Sánchez, que es otra historia que incluye desgaste, corrupción y gestión cuestionable de la DANA. Lo que queda es algo más interesante y más duradero: la demostración de que el monopolio simbólico de la bandera nacional por parte de la derecha española era un préstamo, no una propiedad.
Durante décadas, la izquierda española tuvo con la bandera constitucional una relación más bien incómoda, contaminada por la memoria del franquismo y por la apropiación del símbolo por parte de quienes gritaban “a por ellos” o colocaban la enseña en los balcones como señal de identidad tribal. La bandera se había convertido en un marcador de bando, no en un símbolo de comunidad.
Lo que Trump ha hecho, con la inestimable colaboración de PP y Vox, es devolver la bandera a su significado constitucional: representa a todos los españoles, incluidos los que dicen “no a la guerra” cuando una potencia extranjera ataca en violación del derecho internacional, incluidos los que defienden la soberanía nacional frente a la presión de Washington, incluidos los que prefieren las resoluciones de Naciones Unidas a las órdenes de la Casa Blanca.
Un patriotismo cívico, democrático y respetuoso del orden internacional no es izquierdismo. Es la definición clásica del liberalismo político: soberanía popular, Estado de derecho, no injerencia. Lo paradójico es que ha sido necesario un ultraconservador norteamericano que llama “aliado terrible” a nuestro país para que esa obviedad quedara de manifiesto.
La pregunta que se quedan sin responder
La cuestión que Feijóo y Abascal no han respondido —y que alguien debería hacerles responder— es esta: si no es ahora, ¿cuándo exactamente debe España defender su soberanía frente a las presiones de un aliado? ¿Qué nivel de amenaza activa la disposición patriótica que exhiben con tanta facilidad cuando el objeto de sus críticas es la izquierda doméstica?
La respuesta implícita en su conducta de esta semana es reveladora: esa disposición no existe. O existe solo cuando el agresor no es de los suyos.
No hay ninguna contradicción lógica en mantener una alianza estratégica con Estados Unidos y al mismo tiempo rechazar una operación militar concreta que viola el derecho internacional y que amenaza con desestabilizar una región entera. Francia lo hace sistemáticamente. Alemania también. Ningún líder europeo ha recibido el calificativo de “traidor” de su propia oposición por ello.
Que en España sí ocurra dice mucho sobre la naturaleza del patriotismo que ciertos partidos practican. Y dice exactamente lo que todos sospechábamos: que la patria, para PP y Vox, siempre fue un instrumento, no una convicción.
Que alguien les haya quitado ese instrumento de las manos en cuarenta y ocho horas es, quizá, la consecuencia más inesperada de todo este episodio.
La bandera sigue donde estaba. Los que la agitaban han decidido ponerse del lado de quien la insultó.
Referencias
Losada, Antón (4 de marzo de 2026). “Trump devuelve la bandera de España a la izquierda.” elDiario.es, Zona Crítica.https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/trump-devuelve-bandera-espana-izquierda_129_13038720.html
Infobae España (4 de marzo de 2026). “La Comisión Europea respalda a España ante las amenazas de Trump.” https://www.infobae.com/espana/2026/03/04/la-comision-europea-respalda-a-espana-ante-las-amenazas-de-trump/
El Español (5 de marzo de 2026). “El PSOE cree que el pulso con Trump supone un vuelco y que el ‘no a la guerra’ puede llevar a Sánchez a ganar las elecciones.” https://www.elespanol.com/espana/politica/20260305/psoe-cree-pulso-trump-supone-vuelco-no-guerra-puede-llevar-sanchez-ganar-elecciones/1003744156356_0.html
Mundiario (4 de marzo de 2026). “La crisis diplomática con Trump estremece al PP, Vox y los socios del Gobierno.” https://www.mundiario.com/articulo/politica/crisis-diplomatica-trump-estremece-pp-vox-socios-gobierno-sanchez/20260304040754377175.html
El Plural (4 de marzo de 2026). “Las amenazas de Trump a España llevan a Sánchez a liderar una ‘internacional pacifista’.” https://www.elplural.com/politica/espana/amenazas-trump-espana-llevan-sanchez-liderar-internacional-pacifista-frente-guerra-oriente-proximo_383212102

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
