Lea Ypi argumenta que la ciudadanía en las democracias occidentales funciona como mercancía: se compra, se hereda, se concede. Su análisis de clase del debate migratorio europeo incomoda a izquierda y derecha por igual.

Mientras Europa debate sobre inmigración con el vocabulario de la extrema derecha, una filósofa albanesa recuerda lo obvio: la verdadera frontera no es geográfica, es de clase.


Hay oligarcas rusos viviendo en Londres a los que nadie les pregunta si se han integrado. Nadie les pide que demuestren amor por la fish and chips ni que reciten de memoria la alineación del Chelsea. Tienen dinero, así que tienen pasaporte. Mientras tanto, una mujer que limpia oficinas en Madrid durante quince años puede ser deportada por un error administrativo. La diferencia entre ambos casos no es cultural, ni religiosa, ni lingüística. Es aritmética. Y esa aritmética tiene un nombre que la izquierda europea ha dejado de pronunciar: clase.

Lea Ypi lleva años señalando esta obscenidad con la precisión de quien creció viéndola desde los dos lados del espejo. Nacida en Tirana en 1979, creció bajo el estalinismo más hermético de Europa —la Albania de Enver Hoxha, donde la libertad significaba estar “libre del capitalismo”— y después vivió en carne propia lo que significó la llegada del capitalismo salvaje: esquemas Ponzi que arruinaron al país entero, una guerra civil, y la constatación brutal de que la libertad prometida por Occidente venía con letra pequeña. Hoy es profesora de Teoría Política en la London School of Economics, titular de la cátedra del Collège de France, y una de las intelectuales más incómodas del panorama europeo. No porque diga cosas radicales, sino porque dice cosas obvias que casi nadie se atreve a articular.

En una reciente entrevista en El País, Ypi lo formula con la contundencia que la caracteriza: los dos grandes problemas del siglo XXI son el capitalismo y el Estado-nación. No uno u otro. Los dos. Y, sobre todo, la intersección tóxica entre ambos.


La ciudadanía como acción bursátil

Su último libro traducido al español, Fronteras de clase (Anagrama, 2025), desarma en apenas cien páginas el debate migratorio europeo con una tesis que debería ser punto de partida y no conclusión: la ciudadanía no es un derecho universal, es una mercancía. Se compra, se hereda, se concede. Nunca ha sido verdaderamente accesible para todos.

El argumento es devastador precisamente porque es simple. Italia exige 250.000 euros para conceder ciudadanía a emprendedores extranjeros. Portugal ofreció durante años visados dorados a cambio de inversión inmobiliaria. España tiene su propia versión del pasaporte-por-dinero. Mientras tanto, las personas que recogen fruta en Huelva, limpian hospitales en Barcelona o cuidan ancianos en Bilbao permanecen en una zona gris administrativa donde son lo bastante útiles para ser explotadas pero no lo bastante valiosas para ser ciudadanas.

Ypi no es la primera en señalarlo. Pero su aportación específica es conectar esta realidad con algo que la izquierda contemporánea ha abandonado casi por completo: el análisis de clase. Para ella, la fractura real en las democracias occidentales no pasa entre nacionales y extranjeros, sino entre quienes tienen acceso a derechos y recursos —educación, sanidad, movilidad, protección jurídica— y quienes son sistemáticamente privados de ellos. Y esa división cruza fronteras, pasaportes y colores de piel.


El dilema progresista: una trampa fabricada

Aquí es donde Ypi se vuelve especialmente molesta para la izquierda europea actual. Lo que ella llama “el dilema progresista” es una trampa conceptual que obliga a elegir entre apertura migratoria y protección del bienestar nacional. Como si fueran incompatibles. Como si la única forma de mantener hospitales públicos funcionando fuera cerrar fronteras.

Es una ficción cuidadosamente fabricada, argumenta Ypi. Porque si nadie señala las raíces reales de la precariedad —la financiarización de la economía, la privatización del Estado del bienestar, la deslocalización del trabajo, la concentración de riqueza en manos de cada vez menos personas—, entonces resulta fácil que cuaje la narrativa de que la amenaza es el migrante dispuesto a cobrar menos o el refugiado que “recibe ayudas”.

Y no son solo Vox o el Rassemblement National quienes explotan esa narrativa. La centroizquierda europea la ha comprado. Partidos socialdemócratas que hace dos décadas defendían internacionalismo y solidaridad hoy compiten con la derecha en dureza migratoria, convencidos de que es la única forma de no perder más votos. Ypi lo diagnostica como una rendición que no solo es moralmente cuestionable, sino electoralmente inútil: los partidos socialdemócratas que adoptaron posiciones duras sobre inmigración no han dejado de perder peso político. Cuando copias el discurso de tu adversario, el electorado prefiere el original.


La izquierda sin brújula

Hay un momento en la argumentación de Ypi que merece detenimiento. Cuando afirma que la izquierda “no tiene ninguna respuesta” en este momento, no lo dice desde el cinismo ni desde la derecha. Lo dice desde una tradición socialista que ella reivindica explícitamente —con Marx, con Rosa Luxemburgo, con el universalismo ilustrado que la izquierda ha ido abandonando en favor de trincheras identitarias.

Su crítica es quirúrgica: la izquierda contemporánea ha sustituido el análisis de clase por la gramática de la diversidad. Ha dejado de hablar de desigualdad material y relaciones de poder económico para enzarzarse en guerras culturales que, por importantes que sean, no alteran las estructuras de fondo. El resultado es que el conflicto de clase se disfraza de choque identitario entre “nativos” e “inmigrantes”, y la derecha radical llena el vacío explicativo con su propia narrativa: los problemas existen porque hay personas diferentes dentro de la comunidad, porque “reciben ayudas”, “no trabajan”, “no hablan la lengua”.

Ypi no niega la importancia de las luchas identitarias. Pero señala algo que desde el Humanismo MAX compartimos plenamente: cuando abandonas la crítica estructural del capitalismo, el terreno queda libre para que otros lo ocupen con respuestas falsas pero emocionalmente potentes. La extrema derecha no crece porque tenga razón. Crece porque ofrece explicaciones simples a problemas que la izquierda ha dejado de explicar.


Steel man: las objeciones razonables

Ser honesto intelectualmente obliga a reconocer que la posición de Ypi tiene flancos vulnerables. La objeción más seria proviene del pragmatismo político: su propuesta de solidaridad de clase transnacional, heredera directa del “proletarios de todos los países, uníos”, es políticamente perdedora a corto plazo. Ella misma lo admite. En un contexto donde el electorado precario vota cada vez más a la derecha identitaria, proponer internacionalismo de clase suena a música del siglo XIX.

Otra objeción legítima: la tensión entre servicios públicos y flujos migratorios no es enteramente ficticia. Hay municipios con recursos limitados donde la llegada de población genera presión real sobre sanidad, educación y vivienda. Negar esa tensión no es progresismo, es negacionismo social que alimenta resentimiento. La respuesta, como bien señalan economistas como Branko Milanovic, no es cerrar fronteras sino invertir en servicios públicos —pero eso requiere una política fiscal que la socialdemocracia europea ha dejado de defender con convicción.

Y hay una tercera cuestión que Ypi aborda con menos profundidad de la deseable: el Estado-nación, con todas sus limitaciones, sigue siendo el único marco donde los derechos sociales tienen vigencia real. Superar el Estado-nación sin construir antes instituciones supranacionales democráticas con capacidad redistributiva no es emancipación, es desprotección. La Unión Europea, como la propia Ypi reconoce, se ha orientado demasiado hacia el mercado neoliberal y ha abandonado la dimensión social. Demoler las fronteras nacionales sin haber construido nada que las sustituya no libera a los trabajadores, los deja a merced de un capital que ya opera sin fronteras.


Lo que Ypi enseña (y lo que hay que añadir)

Con todo, la contribución de Lea Ypi al debate europeo es inestimable. No porque tenga todas las respuestas —ningún pensador honesto las tiene—, sino porque reformula las preguntas de un modo que obliga a pensar en serio.

Su insistencia en que la migración es un problema de clase, no de cultura, desarma la retórica identitaria de la extrema derecha y desnuda la cobardía de la centroizquierda. Su crítica del Estado capitalista como máquina de exclusión sofisticada recuerda que la democracia formal, sin redistribución material, es un cascarón vacío. Y su biografía personal —niña del estalinismo, adolescente del capitalismo salvaje, profesora en la catedral del liberalismo económico— le otorga una credibilidad experiencial que pocos teóricos políticos pueden exhibir.

Desde la perspectiva del humanismo laico y progresista, hay que completar su análisis con algo que Ypi, desde su marxismo, tiende a subordinar: la dimensión institucional de la democracia no es solo superestructura. Los derechos civiles, la separación de poderes, la libertad de prensa, el Estado de derecho —todo aquello que el marxismo clásico consideraba forma sin contenido— son conquistas que protegen especialmente a los más vulnerables. No basta con criticar el capitalismo. Hay que defender simultáneamente la democracia liberal como marco de convivencia imperfecto pero no superado, y construir dentro de ella las herramientas de redistribución radical que Ypi reclama.

La paradoja final es que Ypi, que creció en un país donde el socialismo real destruyó tanto las libertades civiles como la dignidad material de sus ciudadanos, lo sabe mejor que nadie. Por eso su socialismo es “moral”, no estatista. Por eso insiste en que libertad e igualdad no son conceptos opuestos sino aliados. Y por eso merece ser leída con atención, incluso —especialmente— cuando incomoda.

Porque la ciudadanía que se compra no es ciudadanía. Es un recibo.


 

Referencias

Ypi, Lea (2025). Fronteras de clase: desigualdad, migración y ciudadanía en el Estado capitalista. Anagrama.

Ypi, Lea (2023). Libre: el desafío de crecer en el fin de la historia. Anagrama.

Entrevista a Lea Ypi. El País, 10 de marzo de 2026.

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