Cuando tolerar significa destruir lo que se defiende
Hay palabras que se han convertido en fetiches. “Tolerancia” es una de ellas. Se invoca como si fuera un valor absoluto, un mantra que cierra cualquier debate: “Hay que ser tolerantes”, “Respeta todas las opiniones”, “¿Quién eres tú para juzgar?”. Pero mientras unos usan la tolerancia como escudo para proteger discursos de odio (“¿Y mi libertad de expresión?”), otros la esgrimen como espada para silenciar disidencias legítimas (“Tu crítica es intolerante”). Karl Popper vio venir esta trampa conceptual hace más de setenta años. Y tenía la respuesta.
No la escribió en tiempos de paz, sino entre los escombros morales de dos guerras mundiales y con el nazismo y el estalinismo como telón de fondo. Su La sociedad abierta y sus enemigos (1945) no es un tratado académico de sobremesa, sino un manual de supervivencia intelectual. Y su paradoja de la tolerancia no es un acertijo filosófico, sino un criterio de acción política: si somos absolutamente tolerantes, incluso con los intolerantes, y no defendemos la sociedad tolerante del atropello intolerante, entonces los tolerantes serán destruidos y la tolerancia con ellos.
No es una contradicción. Es biología política.
Del marxismo al método: cuando las ideas matan
Popper no llegó a esta conclusión por pura especulación. La vivió. Joven en la Viena de entreguerras, se sintió atraído por el marxismo. La promesa era embriagadora: la historia avanzaba hacia la justicia inevitable, y él podía ser parte de esa gran narrativa redentora. Pero en 1919, durante una manifestación comunista, varios de sus compañeros murieron. La reacción de los líderes fue gélida: eran “sacrificios necesarios” para la causa.
Esa frase lo despertó de golpe. Cualquier ideología que se considere poseedora de la verdad absoluta y que no admita cuestionamiento es, por definición, una semilla de tiranía. No importa si promete el paraíso de los trabajadores o la pureza de la raza. Si blinda sus premisas contra la crítica, si convierte el escepticismo en traición, ya no es una idea: es un culto.
Huyó del nazismo, primero a Nueva Zelanda, luego a Inglaterra. Escribió febrilmente. Su gran insight fue trasladar el método científico —la falsación, la crítica constante, la aceptación de la falibilidad— a la esfera política y ética. La ciencia progresa intentando demostrar que sus teorías son falsas, no buscando confirmaciones eternas. Una sociedad sana debe funcionar igual: no acumular certezas, sino eliminar errores mediante la crítica.
Esto no es relativismo. Es lo contrario. Es asumir que podemos estar equivocados sin renunciar a tener razón provisional. Es defender que hay mejores y peores explicaciones, mejores y peores sistemas políticos, sin pretender haber llegado al final de la historia.
La tolerancia no es un cheque en blanco
Aquí entra la paradoja. Popper no era un multiculturalista ingenuo ni un relativista posmoderno. Sabía que la tolerancia no puede ser un principio absoluto sin condiciones, porque eso la convierte en un mecanismo de autodestrucción.
La analogía médica es inmediata: el sistema inmunológico tolera la diversidad de células propias, pero si permite que un patógeno o una célula cancerígena se multiplique sin control bajo el pretexto de “respetar su presencia”, el organismo muere. La tolerancia, como la inmunidad, requiere capacidad de distinguir entre pluralidad compatible con la vida del sistema y amenaza letal para él.
Pero Popper introduce un matiz crucial que lo separa de cualquier autoritarismo: la intolerancia hacia los intolerantes debe ser el último recurso, no el primero. Mientras sea posible contrarrestarlos mediante argumentos racionales y mantenerlos bajo control a través de la opinión pública, prohibir ideas sería un error. La “cirugía” de la intolerancia solo se justifica cuando el otro lado ha abandonado el logos (la razón) y ha abrazado la fuerza, la intimidación sistemática, o la negación misma de la posibilidad del diálogo.
El criterio no es el contenido de la idea, sino el método de su defensa. Si alguien sostiene ideas que nos parecen moralmente repugnantes pero está dispuesto a debatirlas, a someterlas al escrutinio, a aceptar que podría estar equivocado, debe ser tolerado. Y, sobre todo, refutado con mejores argumentos. El problema surge cuando el interlocutor niega la posibilidad misma del diálogo, cuando responde a la crítica no con argumentos sino con amenazas, violencia o manipulación emocional que clausura el pensamiento.
La intolerancia con sonrisa
Aquí está la trampa contemporánea que Popper anticipó. La intolerancia del siglo XXI raramente se presenta como un matón con bota militar. Se disfraza de virtud. Es el lenguaje inclusivo que silencia bajo pretexto de “cuidar”. Es la “responsabilidad social” que se convierte en censura corporativa. Es la protección de los vulnerables usada como escudo para no ser cuestionado.
No estamos hablando de sensibilidad genuina ni de empatía política. Estamos hablando de una estructura argumentativa que clausura el debate: “Si me criticas, es porque eres cómplice del opresor”. Esto no es tolerancia, es chantaje epistémico. Y funciona porque apela a nuestro miedo tribal a ser expulsados del grupo.
Popper lo vio en los totalitarismos del siglo XX: los grandes horrores no suelen empezar con discursos de odio explícito, sino con promesas de un bien supremo que justifica cualquier medio. Cuando un valor —sea la pureza racial, la revolución del proletariado, o la justicia social— se vuelve absoluto y no admite matices, se transforma en una máquina de destrucción. No porque el valor en sí sea malo, sino porque su absolutización anula el pensamiento crítico.
Falsa equidistancia también es intolerancia. Cuando alguien presenta como igualmente válidas la posición científica sobre cambio climático y el negacionismo financiado por petroleras, no está siendo tolerante. Está usando la retórica de la imparcialidad para erosionar la posibilidad misma de conocimiento verificable. Tolerar eso no es pluralismo, es complicidad con la desinformación.
Caridad intelectual: entender antes de destruir
Pero si Popper nos exige no tolerar la intolerancia, ¿cómo evitamos convertirnos en los inquisidores que combatimos? La respuesta está en el principio de caridad intelectual: interpretar el argumento del otro en su versión más fuerte y coherente antes de intentar refutarlo.
Si solo atacamos una caricatura del pensamiento ajeno (el “hombre de paja”), no estamos aprendiendo nada; solo estamos reforzando nuestra propia ceguera. La sociedad abierta requiere ciudadanos que puedan sostener la tensión entre tener convicciones apasionadas y mantener la puerta abierta a la duda.
Esto no es tibiezaintelectual. Es disciplina. Cambiar de opinión ante nueva evidencia no es debilidad, es liberación. Significa que ya no eres prisionero de tu identidad tribal. Las personas más fuertes intelectualmente no son las que nunca cambian de opinión, sino las que tienen la valentía de hacerlo cuando los datos las desmienten.
El test de Popper para saber si estamos en una sociedad abierta es simple: ¿Podemos cambiar de gobierno sin derramamiento de sangre? ¿Podemos criticar al poder sin ser destruidos? ¿Existe mecanismo institucional para corregir errores? Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es no, no importa cuán “tolerante” se autoproclame el sistema: es una dictadura con maquillaje.
Aplicaciones concretas: dónde trazar la línea
Entonces, ¿cuándo intervenir? Popper nos da pistas:
1. Cuando se abandona el argumento racional: Si una posición responde a toda crítica no con evidencia sino con intimidación (“estás con nosotros o contra nosotros”, “si no lo entiendes es porque eres parte del problema”), ha salido del espacio del diálogo.
2. Cuando se niega la posibilidad del error: Si una ideología se declara infalible, si considera que dudar es traición, si castiga la disidencia interna, es un totalitarismo en potencia.
3. Cuando se usa la fuerza o su amenaza: No hace falta violencia física explícita. El acoso sistemático, la cancelación profesional organizada, la destrucción reputacional sin proceso, son formas de intimidación que clausuran el debate.
4. Cuando se ataca la infraestructura del diálogo: Destruir prensa libre, erosionar tribunales independientes, capturar universidades, contaminar el lenguaje mismo hasta que sea imposible nombrar la realidad, son ataques a las condiciones de posibilidad de la sociedad abierta.
¿Ejemplos contemporáneos? Un grupo neonazi que organiza milicias para atacar migrantes ha abandonado el logos. Debe ser detenido por el Estado, no “debatido”. Pero un ciudadano que expresa preocupaciones legítimas sobre gestión de fronteras, aunque sus argumentos sean discutibles, debe ser refutado con datos, no silenciado con acusaciones morales.
Un movimiento religioso que defiende que su fe debe ser ley para todos ha salido del pluralismo democrático. Pero un creyente que vive su fe privadamente y la argumenta públicamente sin imposición coercitiva, por muy equivocado que esté, merece respeto y contraargumento.
Una corporación tecnológica que censura contenido político sin criterios transparentes ni apelación posible está ejerciendo tiranía privada. Pero un medio que decide no dar plataforma a posiciones que considera incompatibles con sus valores editoriales está ejerciendo libertad editorial legítima.
La diferencia no siempre es nítida. Por eso Popper insiste: in dubio pro libertate. Ante la duda, errar del lado de la libertad. Pero cuando la evidencia de que alguien ha abandonado el diálogo racional es abrumadora, la tolerancia ya no es virtud: es negligencia suicida.
La libertad como gimnasia intelectual
La sociedad abierta que imaginaba Popper no es una utopía de felicidad garantizada. Es un sistema modesto, realista, diseñado para detectar y corregir errores. No busca la perfección, sino la mejora continua a través de la crítica. Por eso proteger al disidente es vital: es quien suele ver los ángulos muertos de la mayoría.
Esto requiere virtudes que nuestra época ha olvidado:
Humildad intelectual: Decir “podría estar equivocado” no es cobardía, es la mayor salvaguarda contra el totalitarismo.
Curiosidad genuina: Preguntar “¿cómo llegaste a esa conclusión?” antes de asumir mala fe.
Tolerancia a la incomodidad: Sostener la tensión de escuchar ideas que nos repugnan sin necesitar silenciarlas inmediatamente.
Falsacionismo social: Buscar activamente qué evidencia haría que cambiaras de opinión, en lugar de blindar tus creencias.
La frase de Popper que abre este texto no es casual: “La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimientos, sino el hecho de negarse a adquirirlos”. La peor intolerancia no es la del fanático explícito, sino la del que se niega a someter sus propias certezas a escrutinio.
La tolerancia no es ausencia de límites. Es la presencia de instituciones y hábitos mentales que protejan la posibilidad del desacuerdo sin aniquilación mutua. Ser tolerante no es ser pasivo; es un compromiso activo con el diálogo racional y una vigilancia constante contra aquellos —vengan de donde vengan— que pretenden cerrar la mesa de debate en nombre de una verdad indiscutible.
En resumen: la paradoja se resuelve cuando entendemos que tolerar no significa claudicar. Significa defender las condiciones que hacen posible seguir discutiendo mañana. Y eso, a veces, implica decir no. Con argumentos cuando sea posible. Con instituciones cuando sea necesario. Pero siempre, siempre, desde la humildad de quien sabe que también él podría estar equivocado.
Referencias
- Popper, Karl R. (1945). La sociedad abierta y sus enemigos. Barcelona: Paidós (ed. 2006).
- Popper, Karl R. (1963). Conjeturas y refutaciones: el desarrollo del conocimiento científico. Barcelona: Paidós (ed. 1983).
- Berlin, Isaiah (1958). Dos conceptos de libertad. En: Cuatro ensayos sobre la libertad. Madrid: Alianza Editorial (ed. 1988).
- Rawls, John (1993). El liberalismo político. Barcelona: Crítica (ed. 1996).
Nota editorial
Este artículo conecta directamente con los valores fundacionales de RedBeta: pensamiento crítico sin cinismo, defensa de la Ilustración sin ingenuidad, y combate intelectual contra enemigos declarados (relativismo extremo, totalitarismos con maquillaje).
Popper es autoridad indiscutible en filosofía política liberal y su paradoja de la tolerancia es herramienta conceptual que necesitamos recuperar con urgencia en tiempos de polarización extrema.
El artículo hace steel man de posiciones contrarias (menciona preocupaciones legítimas sobre inmigración, por ejemplo) antes de establecer el criterio popperiano para distinguir disidencia legítima de amenaza totalitaria.
Cumple protocolo RedBeta: nombra claramente qué combate (relativismo, autoritarismo virtuoso), distingue niveles de evidencia (consenso histórico sobre Popper, aplicaciones contemporáneas como análisis crítico), y ofrece cierre que abre reflexión sin cerrarla mecánicamente.

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.

