Cuando los multimillonarios tecnológicos dejaron de fingir que querían salvar el mundo, quedó al desnudo lo que siempre había debajo: un proyecto político que convierte la crueldad en virtud y la desigualdad en mérito.
Había algo casi coreografiado en aquella imagen. El 20 de enero de 2025, en la rotonda del Capitolio de Washington, los hombres más ricos del planeta —Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Sundar Pichai— flanqueaban a Donald Trump como cortesanos en una investidura medieval. No estaban allí por azar ni por miedo. Estaban allí porque aquel momento representaba exactamente lo que llevaban años construyendo: la fusión entre capital tecnológico y poder político autoritario, sin intermediarios, sin disimulo, sin la molestia de tener que parecer liberales.
El saludo romano que Musk lanzó desde el podio fue, en ese sentido, el único gesto honesto de la jornada.
Lo que aquella imagen materializó no es un fenómeno nuevo ni espontáneo. Es la culminación de una deriva ideológica que lleva años gestándose en los círculos de poder de Silicon Valley y que tiene nombre, genealogía intelectual y un programa político concreto. Un programa que va mucho más allá de la guerra cultural contra lo que sus promotores llaman “woke”. Que va, en realidad, contra las bases mismas de la convivencia democrática.
El darwinismo que no se atreve a decir su nombre
Durante décadas, la narrativa dominante sobre la clase tecnológica fue la del filántropo accidental: genios inadaptados que habían creado riqueza como subproducto de su obsesión por resolver problemas humanos. Gates con las vacunas. Zuckerberg con la “conexión de la humanidad”. Musk con la descarbonización del transporte y la colonización de Marte para salvar la especie.
Era un relato conveniente. Y era, en lo esencial, una mentira.
Lo que la última fase ha dejado al descubierto es que bajo el barniz progresista siempre hubo una cosmovisión profundamente jerárquica y antidemocrática. Sus trazos esenciales no son originales: son darwinismo social del siglo XIX con interfaz del siglo XXI. La diferencia es que ahora sus defensores tienen el control de las plataformas de comunicación global, acceso directo al poder ejecutivo del país más poderoso del mundo, y una capacidad de acumulación sin precedentes históricos.
Peter Thiel, el verdadero ideólogo de este proyecto, lo dijo sin rodeos ya en 2009: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Lo que en aquel momento sonó a provocación intelectual de café se ha convertido en la hoja de ruta operativa de una parte significativa de la élite tecnológica.
¿Cuál es, en sus términos más crudos, esa cosmovisión? Que la humanidad está compuesta por ganadores y perdedores determinados por capacidades naturales. Que el Estado de bienestar, la regulación y la democracia igualitaria son obstáculos que protegen artificialmente a los perdedores a costa de los ganadores. Que la eficiencia tecnocrática —concentrada en manos de los más capaces— es superior a la deliberación democrática, lenta, irracional y contaminada por el sentimentalismo. Y que la disrupción sin frenos, aunque destruya vidas en el proceso, es el motor del progreso.
Esto no es liberalismo. Es su negación.
Steel man: lo que tiene de legítimo la crítica al estado actual
Antes de continuar, hay que ser honestos con la versión más sólida de este argumento. Porque no todo es paranoia reaccionaria.
Las democracias liberales tienen problemas reales y serios: captura regulatoria por élites establecidas, burocracias que protegen intereses corporativos disfrazados de interés público, instituciones que han demostrado ser permeables a la corrupción y la demagogia. El Estado de bienestar en muchos países es ineficiente, clientelista y frecuentemente incapaz de llegar a quienes más lo necesitan. La crítica a la tecnocracia bienintencionada que toma decisiones sin rendir cuentas tiene sustancia.
Además, la acusación de que el establishment progresista se ha desconectado de las preocupaciones materiales de las clases populares mientras se enfrasca en guerras simbólicas tiene evidencia empírica detrás.
Todo esto es cierto. Y nada de esto justifica lo que se propone como solución.
Porque la alternativa que ofrece este proyecto no es más democracia, mejor democracia, instituciones más transparentes o redistribución más efectiva. La alternativa es menos democracia: oligarquía abierta, poder sin contrapesos, desmantelamiento de los mecanismos que durante décadas han protegido a los más vulnerables de los abusos de los más poderosos.
El diagnóstico contiene elementos válidos. La prescripción es veneno.
Tres rasgos que definen el proyecto
Primero: la privatización de lo común. No solo de los servicios públicos —aunque también eso— sino de los espacios de deliberación colectiva. Cuando Musk compra la plataforma de comunicación más influyente del mundo, expulsa a los moderadores de contenido y la convierte en amplificador de desinformación de extrema derecha, no está ejerciendo “libertad de expresión”. Está privatizando el ágora. Cuando Zuckerberg elimina el fact-checking de Meta y adopta el modelo de “notas de la comunidad” —que en la práctica beneficia a las narrativas más virales, generalmente las más extremas—, no está “democratizando la información”. Está desprotegiendo a los más vulnerables ante la desinformación más agresiva.
La alianza entre el poder tecnológico y la agenda de la extrema derecha no es solo simbólica: las plataformas ya están siendo utilizadas para localizar, arrestar y deportar inmigrantes, para rastrear a mujeres que buscan información sobre el aborto. El control de datos y comunicación, en manos de quienes han elegido bando, es un arma política de primer orden.
Segundo: el desmantelamiento activo del contrato social. La ofensiva contra los programas de diversidad, equidad e inclusión —abandonados por Google, Meta, Amazon y decenas de empresas en los primeros meses de 2025— no es un ajuste organizativo. Es la señal de que el periodo de coexistencia con las demandas de igualdad ha terminado. Meta desmanteló equipos dedicados a la diversidad, Google eliminó sus objetivos de contratación inclusiva, Amazon declaró que necesitaba “eliminar programas obsoletos”. Detrás del lenguaje de eficiencia empresarial hay una opción política clara: el regreso a jerarquías que el movimiento por los derechos civiles y el feminismo habían erosionado parcialmente.
Tercero: la legitimación intelectual de la crueldad. Esto es quizá lo más siniestro. Las “políticas del daño” —concepto central en el análisis de RedBeta— son aquellas que convierten el sufrimiento en incentivo, la crueldad en medicina amarga, la desprotección en mérito. Recortar ayudas sociales “para que aprendan a valerse solos”. Eliminar regulaciones laborales “para liberar la iniciativa”. Abandonar a los más débiles “para no crear dependencia”. Esta retórica, que lleva décadas circulando en think tanks neoliberales, ha encontrado en los oligarcas tecnológicos a sus ejecutores más entusiastas. Y lo decisivo es que ya no se presenta con vergüenza ni disimulo. Se presenta como realismo, como valentía intelectual, como la verdad que los cobardes no se atreven a decir.
La Ilustración Oscura en el poder
No es exagerado usar el término. La corriente intelectual conocida como Dark Enlightenment o Ilustración Oscura —articulada principalmente por Curtis Yarvin y Nick Land, financiada por Thiel, difundida en los círculos donde se formaron muchos de los actuales operadores del poder tecnopolítico— plantea exactamente esto: que la democracia igualitaria es un error histórico, que las jerarquías son naturales y funcionales, y que las élites tecnológicas deberían gobernar sin las trabas de la deliberación democrática.
Lo que hasta hace poco era un movimiento de blogs esotéricos y foros de internet se ha convertido en política de Estado. En ningún momento de la historia tantas pocas personas habían controlado una parte tan grande de la comunicación global mientras estaban tan estrechamente alineadas con un líder autoritario.
Y eso —precisamente eso— es lo que diferencia este momento de las oligarquías de siempre. No es que los ricos tengan influencia política: eso es tan antiguo como la política. Es que los ricos ahora son la infraestructura de comunicación, y esa infraestructura está siendo reconfigurada deliberadamente para servir a un proyecto político antidemocrático.
Lo que está en juego
La tentación de ver todo esto como un fenómeno americano, o como una excentricidad de multimillonarios con demasiado ego, es comprensible. Y equivocada.
Las ideas viajan. Los modelos se exportan. La normalización del desprecio a las instituciones democráticas, de la glorificación de la fuerza y el dominio, del rechazo a la solidaridad como valor político, tiene consecuencias reales en sociedades mucho más allá de las fronteras estadounidenses. Ya las tiene.
Lo que está en juego no es una guerra cultural entre sensibilidades. Es la disputa por el tipo de sociedad que queremos habitar. Entre una sociedad organizada en torno a la dignidad, la igualdad y los derechos —imperfecta, contradictoria, reformable— y una organizada en torno a la jerarquía, la eficiencia y la acumulación sin límites, donde los derechos son concesiones revocables y la solidaridad es sentimentalismo de perdedores.
El humanismo no es un lujo de tiempos prósperos. Es la apuesta más exigente que existe: la de mantener que cada persona importa, independientemente de su utilidad para el mercado o su posición en la jerarquía natural que los nuevos señores feudales llaman meritocracia.
Defender esa apuesta hoy requiere, entre otras cosas, llamar a las cosas por su nombre. Sin eufemismos, sin falsa equidistancia, sin la comodidad del “todos tienen su parte de razón”.
Lo que se está construyendo en este momento no es una forma nueva de capitalismo ni una respuesta excesiva a excesos del progresismo. Es un proyecto de regresión civilizatoria con cobertura de cinco barras.
Y merece ser combatido con esa claridad.
Referencias
- Farkas, J., & Mondon, A. (2025). “The Roots of Reactionary Tech Oligarchy and the Need for Radical Democratic Alternatives”. Communication, Culture and Critique. https://doi.org/10.1093/ccc/tcaf011
- Silverman, J. (2025). Gilded Rage: Elon Musk and the Radicalization of Silicon Valley. Bloomsbury Continuum.
- Thiel, P. (2009). “The Education of a Libertarian”. Cato Unbound.
- Brown, W. (2017). Undoing the Demos: Neoliberalism’s Stealth Revolution. Zone Books.
- Crouch, C. (2004). Post-Democracy. Polity Press.

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.


