El libro Cyberpunk de la politóloga Asma Mhalla no es ciencia ficción ni advertencia futurista. Es diagnóstico del presente. El nuevo sistema totalitario ya existe. Y lo llamamos democracia.


Hay una escena que se repite en la vida política de nuestro tiempo con una regularidad inquietante: un oligarca tecnológico aparece en un mitin electoral, levanta el brazo con un gesto que evoca algo que todos reconocemos pero nadie quiere nombrar, y la prensa lo describe como “polémico”, como “excéntrico”, como “provocador”. Se habla de sus declaraciones, de sus reacciones en redes, de si fue un malentendido. Se habla de todo excepto de lo que es.

Asma Mhalla, politóloga franco-tunecina y profesora en Sciences Po París, ha escrito el libro que faltaba para dejar de mirar hacia otro lado. Cyberpunk. El nuevo sistema totalitario —publicado en francés en 2025— no propone una distopía futura: constata la presente. Y su diagnóstico es tan incómodo que resulta casi irresistible rechazarlo como exagerado.

No lo es.


Cyberpunk no es un género literario. Es un informe de situación

El cyberpunk como estética —esa mezcla de neón y decadencia, de hipercorporaciones y cuerpos aumentados, de poder desregulado y ciudadanía degradada— siempre fue más profecía que fantasía. Neuromante de William Gibson, Blade Runner, Ghost in the Shell: todos describían un mundo donde el capital tecnológico había colonizado no solo los mercados sino los cuerpos, los sueños y la política. Un mundo donde la democracia era decorado.

Mhalla dice que ese mundo ya es este mundo. No una metáfora, no una analogía: una constatación.

Lo que el género llamaba distopía, lo que situábamos cómodamente en el futuro para no tener que lidiar con ello ahora, se está materializando en la arquitectura del poder real. Y lo que resulta más perturbador no es la velocidad del proceso, sino nuestra extraordinaria capacidad para no verlo.

Habitamos, dice Mhalla, un mundo colapsado que fininge ser normal. Los sistemas están cediendo —democráticos, informativos, deliberativos—, pero seguimos usando los mismos gestos que usaríamos si todo funcionara. Votamos, debatimos, publicamos análisis, participamos en conversaciones públicas que se desarrollan sobre una plataforma que pertenece al hombre que financia a quienes queremos debatir. Y llamamos a eso democracia.

La disociación entre realidad y apariencia es el primer mecanismo del nuevo sistema. No necesita censura cuando tiene normalización.


Dos cabezas de un mismo Leviatán

El análisis de Mhalla articula un poder que no es monolítico sino bifronte: por un lado, políticos neorreaccionarios que han asumido con una franqueza inédita su desprecio por las instituciones democráticas; por otro, una élite de magnates tecnológicos —Musk, Bezos, Zuckerberg, Thiel y el ecosistema que orbita a su alrededor— que se ha insertado directamente en el juego político sin pasar por ningún proceso electoral, sin rendir cuentas a ningún electorado, sin adquirir ningún tipo de legitimidad popular.

Este segundo elemento es el más novedoso y el más mal comprendido.

No es que los oligarcas siempre hayan influido en la política —eso es tan viejo como la propia política—. Es que ahora lo hacen sin disimulo, sin intermediarios, y desde posiciones que no tienen equivalente histórico en cuanto a poder de penetración cultural, informativa y cognitiva. El dueño de la plataforma donde se forma la opinión pública no es comparable al propietario de un periódico del siglo XX. Es cualitativamente diferente, porque lo que controla no es un canal de distribución: es la arquitectura del espacio público mismo.

Peter Thiel —cofundador de PayPal, inversor en Palantir, financiador de candidatos autoritarios en varios países— lo dijo con una claridad que merece ser recordada literalmente: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. No lo dijo en un panfleto marginal. Lo dijo en 2009, en Cato Institute, y siguió acumulando poder e influencia mientras la clase política demócrata y progresista miraba hacia otro lado, fascinada por la retórica de la innovación.

El diagnóstico de Mhalla es que ya no estamos ante una amenaza. Estamos ante un hecho consumado. La fusión entre poder tecnológico y poder político se ha producido. La pregunta no es si puede suceder. Es qué hacemos ahora que ha sucedido.


¿Fascismo? Sí, pero distinto

Aquí Mhalla realiza la operación conceptual más delicada del libro, y también la más necesaria: distinguir entre el fascismo histórico —el de los años treinta, con sus uniformes y sus masas y su violencia explícita de Estado— y lo que ella denomina fascismo posmoderno.

No son lo mismo. Pero tampoco es que el segundo sea inofensivo por ser más sutil.

El fascismo del siglo XX tenía una arquitectura reconocible: partido único, líder carismático, violencia estatal sistemática, enemigo interior explícito, nacionalismo étnico como cemento ideológico. Esa arquitectura fue derrotada militarmente y luego juridificada: los crímenes de lesa humanidad existen precisamente para que no vuelva.

El fascismo posmoderno que describe Mhalla opera con otra lógica. No necesita eliminar formalmente la democracia porque puede vaciarla de contenido desde dentro. No necesita un partido único porque puede fragmentar el espacio informativo hasta hacer imposible la deliberación. No necesita un enemigo racial explícito cuando tiene algoritmos diseñados para maximizar el engagement a través del odio y la indignación. No prohíbe el pensamiento crítico. Lo hace irrelevante.

Y sobre todo: hace que ser fascista sea divertido.

Esta última observación de Mhalla es quizá la más inquietante de todas. El fascismo histórico movilizaba a través del miedo, el resentimiento y la promesa de orden. El fascismo posmoderno moviliza a través del entretenimiento, la ironía, la pertenencia al grupo y el placer de la provocación. Los memes transmiten ideología más eficazmente que cualquier panfleto. Los bots y los trolls no solo difunden: crean atmósfera, hacen que la crueldad parezca normal, gamifican la política hasta convertirla en un deporte de combate donde ganar equivale a humillar al contrario.

El reclutamiento ya no funciona como en los años treinta. Hoy funciona a través de YouTube, de Discord, de Twitch. Y sus reclutas no sienten que están abrazando una ideología peligrosa: sienten que están siendo auténticos, irreverentes, parte de algo que los adultos no entienden.


El totalitarismo cognitivo: cuando la IA hackea la deliberación

Mhalla introduce el concepto de totalitarismo cognitivo para describir algo que va más allá de la propaganda tradicional: la capacidad de la inteligencia artificial y las redes sociales para operar directamente sobre los mecanismos de formación del pensamiento, no sobre su contenido.

La propaganda clásica decía: “Cree esto”. El totalitarismo cognitivo dice: “No pienses”. O más exactamente: “Piensa que estás pensando, mientras el sistema decide por ti lo que verás, lo que repetirás, lo que sentirás relevante”.

El lenguaje es el primer campo de batalla. Cuando todo se narra como equivalente —la opinión de un epidemiólogo y la de un negacionista, el análisis de un politólogo y el tuit de un influencer, el periodismo de investigación y el bulo viral—, el lenguaje pierde su función de herramienta para pensar y se convierte en ruido con forma de información. La nivelación es la censura del siglo XXI. No silencia las voces críticas: las ahoga bajo un volumen infinito de equivalentes.

Y en ese entorno, la atención humana —finita, sobreestimulada, agotada— es el recurso más valioso. No el petróleo, no el cobre: la atención. Las plataformas lo saben y diseñan en consecuencia. El odio, la indignación, el escándalo, la humillación pública: son los combustibles más eficientes para mantener enganchados a los usuarios. El algoritmo no tiene ideología, pero tiene una dirección: hacia abajo.


La pregunta incómoda: ¿por qué no lo vemos?

Si el diagnóstico de Mhalla es correcto —y hay razones sólidas para tomarlo en serio—, surge una pregunta que el propio libro plantea y que resulta difícil de responder: ¿por qué no lo vemos?

Una parte de la respuesta es la velocidad. Las transformaciones que tardarían décadas en producirse en el mundo analógico ocurren en años en el digital. Los marcos de análisis que usamos —construidos para entender democracias del siglo XX— no capturan lo que está pasando. Seguimos buscando el tanque, el decreto-ley, el partido de camisa de un color. Mientras tanto, el nuevo poder opera a través de actualizaciones de software.

Otra parte de la respuesta es el confort. Si vivimos en una distopía funcional, si el sistema ya ha cambiado de naturaleza sin que nadie firmara un cambio de régimen, eso implica responsabilidades incómodas. Es más fácil hablar de “crisis de la democracia” —que sugiere un mal pasajero que se resolverá solo— que de “transición hacia un régimen diferente”, que exige actuar como si las reglas del juego hubieran cambiado.

Y hay una tercera razón, la más estructural: los instrumentos institucionales diseñados para defender la democracia fueron concebidos para amenazas analógicas. Las leyes electorales, los mecanismos de control de concentración de medios, los tratados internacionales de derechos humanos: todos asumen que el poder tarda en actuar y que sus movimientos son visibles. Ninguno de ellos contempla que un solo individuo pueda modificar el algoritmo de la plataforma donde se desarrolla la vida política de cincuenta países en una tarde de martes.


Nombrar para resistir

Hay una práctica política que Mhalla reivindica implícitamente y que vale la pena hacer explícita: nombrar las cosas por lo que son.

Llamar a Elon Musk “polémico” cuando hace gestos que evocan el saludo nazi es un acto de cobardía intelectual disfrazado de rigor periodístico. Describir la inserción directa de oligarcas tecnológicos en la política como “influencia de Silicon Valley” es eufemismo que oscurece lo que sucede. Referirse a la captura de plataformas informativas por parte de magnates antidemocráticos como “debate sobre la libertad de expresión” es invertir completamente los términos del problema.

El lenguaje no es ornamental. Es político. Cuando Mhalla habla de fascismo posmoderno, no está siendo hiperbólica: está siendo precisa. Y esa precisión, en un momento en que el totalitarismo cognitivo trabaja activamente para disolver las distinciones conceptuales, es un acto de resistencia.

No la única forma de resistencia. Pero sí la primera.

Porque antes de saber qué hacer frente a un régimen que se disfraza de normalidad, hay que ser capaz de reconocerlo. De verlo cuando está delante. De negarse a la disociación entre lo que sabemos y lo que fingimos.

La distopía no es lo que viene. Es lo que ya tenemos. La pregunta es si seguimos mirando hacia otro lado o empezamos a mirar, con atención, a nuestro alrededor.


Referencias

  • Mhalla, A. (2025). Cyberpunk. Le nouveau système totalitaire. Paris: Éditions du Seuil. (Edición española pendiente de publicación)
  • Thiel, P. (2009). “The Education of a Libertarian”. Cato Unbound. [Disponible en: cato-unbound.org]
  • Gibson, W. (1984). Neuromancer. Ace Books.
  • Morozov, E. (2013). To Save Everything, Click Here: The Folly of Technological Solutionism. PublicAffairs.
  • Lanier, J. (2018). Ten Arguments for Deleting Your Social Media Accounts Right Now. Henry Holt and Co.
  • Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism. PublicAffairs.
  • Umberto Eco (1995). “Ur-Fascism”. The New York Review of Books, 22 de junio de 1995. [Referencia útil para comparación con fascismo posmoderno]

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Eco murió el 19 de febrero de 2016. Su legado más urgente no está en sus novelas: está en los 14 signos del fascismo eterno que describió en 1995. Hoy suenan a crónica. Next post Umberto Eco, diez años después: el semiólogo que nos dejó el manual para reconocer al fascismo