Italia tiene más ciudadanos viviendo fuera que extranjeros viviendo dentro. España va por el mismo camino. Y la derecha sigue hablando de invasión.
Hay un dato que debería detener en seco cualquier debate sobre inmigración en Europa meridional. Según el último informe Italiani nel Mondo 2025 de la Fundación Migrantes —organización vinculada a la Iglesia Católica, no exactamente sospechosa de agenda progresista—, los italianos residentes en el extranjero superan ya en aproximadamente un millón a los extranjeros que viven en Italia. 6,4 millones de italianos fuera. 5,4 millones de extranjeros dentro. La ecuación que el populismo migratorio nunca quiso contemplar: el gran país de emigración ya no es un país de llegada. Es, simultáneamente, las dos cosas.
España no está lejos de ese espejo. Y en ese espejo, la retórica de Vox y la capitulación del PP ante ella quedan reflejadas en toda su incoherencia.
El fenómeno que nadie llama invasión
El Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE) contabiliza alrededor de 2,8 millones de españoles registrados fuera del país. La cifra real es probablemente mayor: muchos emigrantes no se inscriben en los registros consulares. Alemania, Reino Unido, Francia, Argentina, Ecuador: destinos donde cientos de miles de españoles —muchos de ellos jóvenes universitarios que marcharon tras el colapso de 2008— llevan años trabajando, pagando impuestos, usando servicios públicos ajenos, enviando remesas a casa.
A ellos no los llama nadie invasores. No generan titulares sobre colapso de los sistemas sanitarios alemanes. No protagonizan debates parlamentarios sobre identidad cultural en Francia. Se los trata, en general, como lo que son: personas que se mueven porque las condiciones de vida así lo determinan.
Al mismo tiempo, España acoge a algo más de cinco millones de residentes extranjeros, según el INE. Personas que también trabajan, también pagan impuestos, también cuidan a nuestros mayores y también recogen nuestra fruta. Muchos llevan décadas aquí. Muchos tienen hijos que solo conocen el español como lengua materna. Muchos, dicho en plata, son ya España aunque sus documentos lleven otro gentilicio de origen.
Que la derecha llame invasión a lo segundo y no tenga ningún marco conceptual para lo primero no es un olvido. Es ideología.
El steel man que merece respuesta
Antes de seguir, conviene tomarse en serio el mejor argumento del otro lado. No la versión de Abascal en mitin —esa no merece el esfuerzo— sino la versión articulada que existe en la literatura académica y que algunos centroderecha europeos han intentado formalizar.
El argumento fuerte dice, aproximadamente, esto: la inmigración masiva y rápida puede generar presión real sobre servicios públicos ya tensionados; la integración cultural tiene costes que no se pueden ignorar sin caer en ingenuidad; la ausencia de control de fronteras genera incentivos perversos y alimenta redes de tráfico de personas; y las democracias tienen derecho —y obligación— de decidir las condiciones de entrada en su territorio, no porque los migrantes sean inferiores sino porque la soberanía implica precisamente esa capacidad.
Es un argumento serio. Merece respuesta seria.
La respuesta es que ninguno de esos problemas se resuelve con retórica de invasión. La presión sobre servicios públicos es real, pero su causa principal es la desfinanciación deliberada de esos servicios por décadas de austeridad —la misma austeridad que aplaudieron quienes hoy culpan al migrante. Los problemas de integración existen, pero las políticas de integración funcionan cuando se aplican y se financian; lo que no funciona es ignorarlas y luego usar su fracaso como argumento electoral. El control fronterizo es legítimo; criminalizar al que huye de la miseria o la guerra, no.
Y sobre la soberanía: sí, las democracias deciden a quién aceptan. Pero también tienen obligaciones internacionales, compromisos de derechos humanos, y —sobre todo— tienen la obligación de no mentirle a su ciudadanía sobre qué está pasando realmente.
Lo que pasa realmente: el dato que Vox no cita
Lo que pasa realmente es que España necesita inmigración. No como argumento humanitario —aunque ese también vale—, sino como necesidad estructural de una sociedad que envejece. La tasa de fecundidad española ronda el 1,16, la más baja de la historia del país y una de las más bajas del mundo. Las proyecciones del INE dibujan una España con cuatro millones menos de personas en edad de trabajar en 2040 si no cambian las tendencias.
Sin inmigración, el sistema de pensiones colapsa. Sin inmigración, los hospitales —ya ahora— no tienen personal suficiente. Sin inmigración, quien cuida a los abuelos que Vox invoca con tanta emoción patriótica en sus vídeos de campaña.
Esto no es ideología. Es demografía. Es matemática. Es el tipo de dato que debería aparecer en cada debate sobre inmigración y que sistemáticamente se omite porque obliga a hacer la pregunta incómoda: ¿de qué estamos hablando exactamente cuando hablamos de “reducir la inmigración”?
La nomenclatura del odio con traje de orden
Vox lleva años construyendo un vocabulario específico diseñado para deshumanizar. “Avalancha migratoria”. “Invasión”. “Menas” —esa palabra que convirtió a menores no acompañados, muchos de ellos víctimas de tráfico o de guerras, en categoría de amenaza. Santiago Abascal habla de “sustitución de población”, término prestado directamente del ecosistema de la ultraderecha francesa, que a su vez lo tomó del pamfleto de Renaud Camus. El árbol genealógico de ese concepto pasa por manifiestos de terroristas de masas.
El Partido Popular, que debería ser el dique frente a ese discurso, ha optado mayoritariamente por competir en el mismo terreno. Alberto Núñez Feijóo endureció la retórica migratoria del PP en 2023 y 2024 como respuesta táctica al ascenso de Vox, asumiendo que arrebatarle el tema significaba adoptar parte del marco. El resultado predecible: legitimar el marco en lugar de cuestionarlo.
Cuando la derecha moderada adopta el vocabulario de la extrema derecha, no la neutraliza. La valida.
Hay precedentes históricos claros de a dónde lleva esta dinámica. El PP debería conocerlos.
El espejo que nadie quiere
Volvamos al dato italiano. 6,4 millones de italianos fuera. 5,4 millones de extranjeros dentro. Un superávit migratorio neto que el gobierno de Giorgia Meloni —que llegó al poder con una retórica de bloqueo naval y mano dura— no ha podido revertir porque las causas de la emigración italiana son estructurales, exactamente igual que las causas de la inmigración extranjera.
España tiene su propia versión de ese espejo. Los hijos y nietos de emigrantes españoles que pasaron décadas en Alemania, Suiza o Venezuela no difieren ontológicamente de quienes hoy cruzan el Mediterráneo buscando lo mismo que buscaban ellos: un lugar donde poder vivir con dignidad.
Esto no significa que toda política migratoria sea equivalente, ni que no haya que gestionar flujos, ni que la integración no exija esfuerzo y recursos. Significa que el marco del discurso importa, que las palabras que usamos para hablar de personas tienen consecuencias sobre cómo las tratamos, y que una democracia que permite que el debate sobre inmigración sea secuestrado por quienes tienen interés en convertirlo en pánico moral está cediendo algo que luego es muy difícil de recuperar.
El espejo italiano muestra que los países no son ni puramente emisores ni puramente receptores de migración. Son las dos cosas a la vez. Somos las dos cosas a la vez. Los españoles que trabajan en Berlín y los marroquíes que trabajan en Almería tienen más en común entre sí de lo que la retórica de Vox está dispuesta a admitir.
Ambos son personas que se mueven. Ambos merecen el mismo vocabulario.
Referencias
Fondazione Migrantes (2025). Italiani nel Mondo 2025. Fondazione Migrantes / Conferenza Episcopale Italiana.
Instituto Nacional de Estadística (2025). Padrón Municipal de Habitantes y Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE). INE, Madrid. ine.es
Instituto Nacional de Estadística (2024). Proyecciones de Población de España 2024-2074. INE, Madrid.

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.



