Cómo el mundo del bienestar se convirtió en la puerta trasera del fascismo del siglo XXI
«La verdad no es un objeto que se posee, sino un horizonte hacia el cual se camina; pero cuidado con quienes prometen atajos espirituales, pues a menudo conducen a abismos autoritarios.» — Adaptación libre de reflexiones existencialistas sobre la verdad y la libertad
Imagina la escena: colesterina verde en el vaso, esterilla enrollada bajo el brazo, aceite esencial de lavanda en la muñeca. Alguien que lleva años hablándote de «vibración alta» y «alineación energética» te envía, con toda la naturalidad del mundo, un vídeo sobre cómo Bill Gates planeó la pandemia para implantar microchips en las vacunas. Y lo hace con la misma convicción serena con que antes te recomendaba el ayuno intermitente.
Esto no es anécdota. Es un patrón documentado, con nombre propio y consecuencias políticas reales.
Matthew Remski, periodista y exinstructor de yoga, lo lleva años estudiando. Junto a Derek Beres y Julian Walker, acuñó el término conspiritualidad y publicó el libro que lleva ese nombre: un análisis riguroso de cómo el mundo del bienestar —yoga, meditación, dietas «conscientes», medicina alternativa— se ha convertido en uno de los principales vectores de reclutamiento para teorías conspirativas y, en el extremo, para ideologías abiertamente autoritarias. La pandemia actuó como acelerador brutal: lo que antes era corriente subterránea se desbordó.
El mecanismo: cómo funciona la conspiritualidad
La conspiritualidad no es un accidente ni una patología individual. Es la convergencia lógica de dos sistemas de creencias que comparten arquitectura profunda.
El primero es la espiritualidad New Age en su versión más mercantilizada: la idea de que existe una verdad oculta a la que el individuo iluminado accede por vías no convencionales —intuición, energía, sabiduría ancestral— frente al conocimiento oficial, que es sospechoso por definición. El segundo es el pensamiento conspirativo: la convicción de que los eventos del mundo obedecen a fuerzas ocultas que el ciudadano común no puede ver, pero el iniciado sí.
La intersección es perfecta. Ambos sistemas comparten el mismo enemigo: el establishment. Ambos ofrecen la misma recompensa: la sensación de haber despertado, de pertenecer a una minoría lúcida frente a la masa dormida. Y ambos tienen el mismo punto ciego: la evidencia que no encaja sencillamente no existe, o es parte de la conspiración.
El problema no es la búsqueda espiritual. El problema es cuando esa búsqueda se organiza en torno a la desconfianza sistemática hacia el conocimiento verificable.
Yoga, jerarquía y el gurú que nunca se equivoca
Remski señala algo que quien haya frecuentado ciertos espacios de bienestar reconocerá de inmediato: la estructura de poder en muchos centros de yoga es profundamente autoritaria.
No en el sentido de que haya violencia física —aunque los escándalos de abuso en el mundo yóguico son numerosos y documentados—, sino en el sentido de que la dinámica relacional normaliza la suspensión del juicio crítico. El maestro sabe. El practicante confía. La duda es resistencia del ego. El cuestionamiento es falta de entrega.
Esta arquitectura prepara el terreno con una eficacia que ningún ideólogo podría diseñar mejor. Quien lleva años entrenando la sumisión al gurú tiene el músculo cognitivo justo para seguir a un líder carismático que le diga que los médicos mienten, que las vacunas envenenan, que hay un plan global de control. No es estupidez: es una forma de razonamiento que ha sido reforzada sistemáticamente.
La paradoja es brutal: espacios que se presentan como empoderamiento individual producen, en muchos casos, individuos entrenados para la obediencia.
La pureza del cuerpo como ideología
Hay otro mecanismo, más sutil pero igual de eficaz. En el mundo del bienestar dominan dos conceptos que, en su versión más extrema, resultan políticamente explosivos: pureza y contaminación.
El cuerpo es un templo. Lo que entra importa. Los tóxicos —reales o imaginarios— deben ser expulsados. Lo «natural» es bueno; lo «artificial», sospechoso. Esta lógica, aplicada al cuerpo, parece inocua. Pero cuando el marco mental de pureza/contaminación se extiende al campo social y político —y en la conspiritualidad siempre lo hace—, el lenguaje cambia de manera inquietante.
Las vacunas «contaminan» el organismo. Los inmigrantes «contaminan» la nación. La cultura «woke» «contamina» a los niños. El sistema financiero global «contamina» la economía real. La estructura cognitiva es idéntica. Solo cambia el objeto de la pureza amenazada.
Remski no afirma que todo practicante de yoga derive en xenófobo. Lo que documenta es que el marco mental de pureza corporal ofrece una rampa de acceso hacia discursos identitarios y excluyentes que en cualquier otro contexto habrían generado rechazo inmediato.
El individualismo radical: cuando «tú creas tu realidad» disuelve la política
El tercer vector es quizás el más dañino a largo plazo, porque actúa de forma silenciosa sobre la arquitectura moral del individuo.
La espiritualidad moderna —desde la Ley de la atracción hasta el coaching de «mentalidad de abundancia»— ha construido un relato en el que la responsabilidad sobre lo que te sucede es absoluta y personal. Si estás enfermo, es porque algo en tu energía o tus creencias lo ha atraído. Si eres pobre, es porque tu «programación mental» lo ha generado. Si fracasas, es porque no has trabajado suficientemente tu interior.
Es la mercantilización de una idea filosófica noble —que el individuo tiene agencia sobre su vida— llevada al extremo de disolver la causalidad social. Si cada uno crea su realidad, no existe la injusticia estructural. No existen el racismo sistémico, la precariedad laboral, la desigualdad sanitaria. Existen elecciones individuales deficientes.
Este individualismo radical no es políticamente neutro. Es, en la práctica, el fundamento cognitivo del neoliberalismo más descarnado: la privatización de la responsabilidad, la evaporación del bien común, la justificación del abandono del Estado. Cuando alguien que medita dos horas diarias vota contra la sanidad pública porque «cada uno debe cuidar su salud», la conspiritualidad ha completado su ciclo político.
Por qué caemos: el diagnóstico acertado y la cura envenenada
Sería fácil —y condescendiente— concluir que quien cae en la conspiritualidad es ignorante o ingenuo. Remski rechaza esa lectura, y tiene razón.
Muchos de quienes transitan este camino lo hacen desde frustraciones legítimas y diagnósticos correctos. Los sistemas de salud están saturados y a menudo tratan síntomas sin escuchar al paciente. Las élites económicas y políticas sí mienten, sí tienen agendas ocultas, sí priorizan sus intereses. El capitalismo farmacéutico tiene conflictos de interés reales y documentados. La ciencia institucional ha sido instrumentalizada históricamente por el poder.
El problema no está en el diagnóstico. Está en la cura: cuando la respuesta legítima a un sistema imperfecto es sustituir el pensamiento crítico por el pensamiento mágico, cuando la desconfianza razonada en las instituciones se convierte en rechazo de toda evidencia verificable, cuando la búsqueda de autonomía termina en la entrega a un gurú o a un líder mesiánico.
La conspiritualidad acierta en el problema y destruye cualquier posibilidad de solución colectiva.
Herramientas de resistencia: lo que sí podemos hacer
Primero: dejar de tratar este fenómeno como marginal. Durante la pandemia, redes de yoga distribuyeron más desinformación sobre vacunas que muchos medios de extrema derecha. La industria del bienestar factura billones anuales y tiene influencia real sobre millones de personas que se consideran progresistas.
Segundo: distinguir entre espiritualidad y autoritarismo cognitivo. La búsqueda de sentido, la práctica contemplativa, la atención al cuerpo son actividades humanas legítimas y con beneficios documentados. Lo que no es legítimo es organizar esa búsqueda en torno a la obediencia a un maestro incuestionable o a la desconfianza sistemática hacia el conocimiento verificable.
Tercero: recuperar la crítica de instituciones sin renunciar a la evidencia. Se puede —y se debe— criticar a la industria farmacéutica, exigir transparencia a la OMS, denunciar conflictos de interés en la investigación científica. Pero esa crítica necesita herramientas de pensamiento crítico, no de pensamiento mágico. La diferencia entre «este estudio tiene problemas metodológicos» y «las vacunas son un arma de control global» no es de grado: es categórica.
Cuarto: tomarse en serio las necesidades que la conspiritualidad promete satisfacer. Comunidad, sentido, autonomía, salud integral. Ninguna de esas necesidades es patológica. El problema es que sistemas de salud y estructuras sociales reales no las están cubriendo. Mientras eso no cambie, el espacio para el gurú con aceite esencial y agenda política seguirá siendo enorme.
La salud no puede ser un proyecto individual de pureza en un mundo colectivo de enfermedad. El bienestar que da la espalda a la justicia social termina siendo cómplice de lo que pretende trascender. Y el camino hacia la iluminación que pasa por el rechazo de la evidencia no conduce a ningún horizonte: lleva, con frecuencia documentada, a la sala de espera del autoritarismo.
Que huela a lavanda no lo hace menos peligroso.
Referencias
- Remski, M., Beres, D. & Walker, J. (2023). Conspirituality: How New Age Conspiracy Theories Became a Health Threat. PublicAffairs.
- Barkun, M. (2003). A Culture of Conspiracy: Apocalyptic Visions in Contemporary America. University of California Press.
- Ward, C. & Voas, D. (2011). The emergence of conspirituality. Journal of Contemporary Religion, 26(1), 103-121. DOI: 10.1080/13537903.2011.539846
- Bronner, G. (2021). Apocalypse cognitive. PUF. [Sobre el ecosistema de la desinformación]
- Entrevista a Matthew Remski, El País, febrero 2026.

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.




