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El profeta del algoritmo y la guerra real: teoría de la escalada, Irán y los límites del gurú geopolítico

En tiempos de caos, el pensamiento mágico tiene muchas máscaras. La más sofisticada lleva corbata, cita a Sun Tzu y promete que la historia obedece a ecuaciones.


Un educador canadiense-chino con licenciatura en Literatura Inglesa por Yale, afincado en Pekín y con canal de YouTube, acumula más de cien mil suscriptores en tres días. La razón: predijo hace casi dos años que Estados Unidos bombardearía Irán bajo Trump. Ahora Irán está ardiendo, Alí Jamenei ha muerto en un ataque conjunto de EEUU e Israel, y el vídeo de Jiang Xueqin circula como si hubiera sido filmado esta semana.

El fenómeno tiene nombre propio: lo han llamado el “Nostradamus de China”. Y como ocurre con todos los profetas que el algoritmo corona, merece una lectura que no sea ni el aplauso acrítico ni el desprecio perezoso.

Porque hay una guerra de verdad. Hay escuelas bombardeadas en Minab. Hay civiles iraníes atrapados entre la brutalidad del régimen y los misiles de la coalición. Hay senadores norteamericanos saliendo de sesiones clasificadas con la cara desencajada, advirtiendo de que EEUU parece caminar hacia el despliegue de tropas terrestres. Y hay un orden mundial que se fractura en tiempo real.

Empecemos por ahí.


La escalera que nadie quiere subir hasta el final

La teoría de la escalada no la inventó Jiang Xueqin. La formuló con precisión Herman Kahn en los años sesenta, en el contexto de la disuasión nuclear de la Guerra Fría. Su idea era simple y perturbadora: los conflictos armados tienen una estructura de peldaños, donde cada acción provoca una respuesta que sube un escalón. El peligro no es solo el primero ni el último; es que los actores, una vez en la escalera, encuentran extraordinariamente difícil bajarse sin perder cara.

Lo que añade el análisis más interesante —y en esto Jiang roza algo verdadero— es la distinción entre dominancia de la escalada y control de la escalada. Durante décadas, la doctrina occidental asumió que quien tiene mayor capacidad de fuego domina la escalera: puede subir más alto y por tanto intimida mejor. Pero la experiencia de Vietnam, Irak y Afganistán demostró algo incómodo: el actor militarmente inferior puede ganar si consigue que el superior suba tanto que se autodestruya políticamente en casa.

Irán lleva décadas estudiando ese manual. Su estrategia asimétrica —drones baratos, milicias proxy, cierre amenazado del Estrecho de Ormuz, capacidad de absorber castigo y seguir respondiendo— no busca vencer a EEUU en campo abierto. Busca que EEUU no pueda declararse vencedor sin haber ganado de verdad. Eso es control de la escalada desde la debilidad, y es una táctica perfectamente racional.

El Atlantic Council, en su análisis de la guerra actual, lo expone con claridad: Irán probablemente calcula que su país aguantará más tiempo la attrición que EEUU o los estados del Golfo. Si retiene capacidad asimétrica para infligir daño, puede ser quien decida cuándo termina el conflicto, no Washington.


Lo que ya ha ocurrido: una guerra sin narrativa clara

El conflicto actual no emergió de la nada. Tiene una genealogía verificable: la retirada norteamericana del JCPOA en 2018, las sanciones de máxima presión, la aceleración del programa nuclear iraní, la guerra de doce días de junio de 2025 que destruyó parte de las instalaciones nucleares de Natanz e Isfahan, las protestas masivas de enero de 2026 aplastadas con miles de muertos según Human Rights Watch, y finalmente los ataques de finales de febrero que eliminaron a Jamenei y desencadenaron la fase actual.

El resultado, a mediados de marzo de 2026, es una guerra aérea intensa sin objetivos estratégicos claros. EEUU ha golpeado cerca de dos mil objetivos en Irán. Irán ha respondido con centenares de misiles y drones contra bases norteamericanas en el Golfo, infraestructura energética israelí y zonas civiles en varios países. Hay más de mil doscientos muertos iraníes documentados, entre ellos más de ciento sesenta niños. Hay siete soldados norteamericanos muertos. Una escuela primaria en Minab fue destruida con misiles Tomahawk, según análisis independientes, y el Pentágono ha abierto una investigación.

Irán ha prometido mantener cerrado el Estrecho de Ormuz. Trump ha amenazado con consecuencias “de un nivel nunca visto antes” si eso ocurre.

El secretario de Defensa Pete Hegseth anuncia cada día “el más intenso aún”. El senador demócrata Richard Blumenthal sale de un briefing clasificado y dice, literalmente: “parece que estamos en camino de desplegar tropas en suelo iraní”.

La escalada funciona exactamente como la teoría predice. No porque Jiang Xueqin sea un genio, sino porque la dinámica es estructural y estaba documentada desde hace décadas.


Steel man del gurú: lo que Jiang sí ve bien

Seamos rigurosos. Antes de criticar, reconocer lo que hay de sólido.

Jiang tiene razón en al menos tres cosas. Primera: que la “dominancia de escalada” puede ser una trampa para el poderoso, que se ve forzado a responder cada vez que su credibilidad es cuestionada, subiendo peldaños que nadie había previsto subir. Segunda: que Trump no tiene una doctrina estratégica coherente sobre Irán —las declaraciones de la Casa Blanca han pasado del “esto acabará muy pronto” al “no descartamos nada”— y esa incoherencia es un factor de riesgo real. Tercera: que la forma en que un conflicto termina importa tanto como la forma en que empieza, y nadie en Washington ha explicado públicamente cómo quiere que esto acabe.

Brookings Institution, no precisamente un think tank de activistas, lo dice con toda crudeza: el gobierno de Trump no tiene ni idea ni plan para lo que viene después.

Que un educador de YouTube haya llegado a conclusiones similares con dos años de antelación no prueba que tenga poderes proféticos. Prueba que estaba leyendo bien la literatura estratégica disponible, que son décadas de análisis académico sobre trampas imperiales, síndrome de misión expandida y guerras sin salida.


Los límites que el algoritmo no muestra

Aquí viene la parte incómoda. Jiang Xueqin no es un estratega militar ni un politólogo académico. Es un educador apasionado con un canal de YouTube y una tesis fuerte que ha hecho predicciones acertadas —y otras que no lo han sido.

El problema epistemológico del profeta geopolítico es estructural, no personal. Funciona así: alguien hace veinte predicciones con suficiente especificidad aparente pero suficiente ambigüedad real. Cinco se cumplen. El algoritmo amplifica las cinco. Las quince que fallaron desaparecen del scroll. La audiencia, que solo ve los aciertos en su muro, construye el mito del vidente.

River Page, en The Free Press, documenta algo más grave en el caso específico de Jiang: su canal no es solo análisis geopolítico. Incluye teorías conspirativas sobre los Illuminati, los Freemasons, y la secta Sabbatean como actores ocultos de la historia. Eso no invalida automáticamente sus análisis más sobrios, pero sí obliga a leerlos con más escalpelo del que el algoritmo recomienda.

Hay otro problema metodológico: la teoría de juegos real —la que se enseña en departamentos universitarios de economía y ciencias políticas— requiere definir con precisión las funciones de utilidad de cada actor, los conjuntos de información disponibles y los supuestos sobre racionalidad. Lo que Jiang llama “teoría de juegos” es más bien razonamiento estratégico narrativo con analogías históricas. Puede producir hipótesis iluminadoras. Pero no puede falsarse. Y un análisis que no puede ser falsado no es ciencia: es un relato coherente con los hechos seleccionados.

La predicción sobre la mezquita de Al-Aqsa —que Jiang sostiene que será destruida, desencadenando una guerra total religiosa— es el mejor ejemplo de este problema. Es una hipótesis con consecuencias dramáticas que funciona perfectamente como gancho narrativo. Pero no tiene base empírica sólida más allá de la existencia documentada de grupos religiosos extremistas que sueñan con el Tercer Templo. Que exista el deseo no implica que el hecho ocurra ni que desencadene lo que la narrativa promete.


Lo que la teoría de la escalada no puede ver

La mayor limitación del análisis de Jiang —y de buena parte del pensamiento geopolítico en clave de teoría de juegos— es que reduce a los actores a entidades racionales que maximizan objetivos definidos. En la práctica, las guerras las hacen seres humanos con psicologías complejas, presiones internas, errores de percepción y, muy especialmente, burocracias propias que a veces no obedecen a ningún cálculo coherente.

Netanyahu no opera únicamente desde el interés estratégico de Israel. Opera también desde su supervivencia política personal en un país donde, si la guerra para, enfrenta cargos de corrupción. Trump no opera únicamente desde la hegemonía del dólar. Opera también desde la siguiente rueda de noticias, desde la percepción de fortaleza que necesita para su audiencia doméstica, desde una psicología bien documentada de aversión a reconocer errores.

Khamenei ya no opera. Murió en los ataques. Y eso —un giro que Jiang no predijo con precisión— ha creado una Iran distinta, con un liderazgo provisional, protestas internas aplastadas violentamente y una IRGC cuya coherencia estratégica bajo presión extrema nadie conoce realmente.

Las guerras no son ajedrez. Son sistemas complejos con retroalimentaciones no lineales, donde el accidente y el malentendido han cambiado el curso de la historia más veces de lo que cualquier teoría de juegos ha sido capaz de anticipar.


La dimensión que siempre falta: las personas

Hay algo profundamente sintomático en el hecho de que un análisis de teoría de juegos sobre “quién gana” tenga más circulación viral que el reportaje de Al Jazeera sobre el hombre en Minab que sostiene los restos de una niña de siete años entre los escombros de su escuela.

La teoría de la escalada es una herramienta analítica valiosa. Pero tiene un punto ciego estructural: trata el sufrimiento humano como variable exógena, como coste asumible en la función de utilidad del actor. Los civiles iraníes —que han perdido a Jamenei pero también llevan años aplastados por su régimen— no son fichas en el tablero. Son personas que el 28 de diciembre de 2025 salieron a manifestarse cuando su moneda se desplomó, que vieron a sus vecinos morir bajo las porras de la IRGC en enero, y que ahora escuchan sirenas y ven arder las instalaciones petrolíferas desde sus ventanas.

Esa complejidad —personas que odian al régimen pero no por eso quieren ser “liberadas” a cañonazos por Trump— no cabe en el marco del gurú geopolítico ni en el del Pentágono. Y es precisamente la que hace imposible cualquier solución limpia.

Brookings lo señala sin ambigüedad: aunque muchos iraníes desean un cambio de régimen, el historial de “liberaciones” impuestas desde fuera —Iraq, Libia— debería producir humildad extrema sobre lo que viene después de los bombardeos.


El profeta que necesitamos y el que nos merecemos

El fenómeno Jiang Xueqin dice algo sobre el estado del ecosistema informativo más que sobre el genio predictivo de un individuo. Cuando los medios tradicionales cubren una guerra con la profundidad de un ticker bursátil y los gobiernos responden preguntas sobre sus objetivos con evasivas o contradicciones, el espacio cognitivo vacío lo llena quien tenga una narrativa coherente y un canal de YouTube.

Eso no convierte a Jiang en un farsante. Le convierte en el síntoma de un problema mayor: la pobreza del análisis estratégico en el espacio público, y la sed de comprensión de una audiencia que ve arder el mundo y no encuentra en los medios convencionales la perspectiva estructural que necesita.

La teoría de la escalada es real. Las dinámicas de trampa imperial que Jiang describe son reales. El hecho de que EEUU no tenga un endgame claro en Irán es, desgraciadamente, también real.

Pero ninguna de esas verdades parciales es suficiente para saber lo que viene. Y quien te prometa que sí lo sabe —con suficiente confianza, con suficiente énfasis en las veces que acertó— merece exactamente la misma pregunta que cualquier otro vendedor de certezas en un mundo incierto:

¿Y qué hacemos con los errores que no vemos en tu feed?


Referencias

  • Wikipedia. 2026 Iran war. Actualizado 12 de marzo de 2026.
  • Wikipedia. 2026 United States military buildup in the Middle East. Actualizado 12 de marzo de 2026.
  • Wikipedia. Jiang Xueqin. Actualizado 12 de marzo de 2026.
  • Atlantic Council. Twenty questions (and expert answers) about the Iran war. 11 de marzo de 2026. [atlanticcouncil.org]
  • Brookings Institution. After the strike: The danger of war in Iran. Marzo de 2026. [brookings.edu]
  • Al Jazeera. 12 days: How 2025 Iran blueprint trapped US, Israel in longer war. 11 de marzo de 2026.
  • Al Jazeera. What is Trump’s endgame in Iran as the US-Israel war escalates? 9 de marzo de 2026.
  • PBS NewsHour. As Iran shows no signs of surrender, U.S. launches ‘most intense’ day of strikes. 10 de marzo de 2026.
  • The Hill. Democratic senator: ‘We seem to be’ on path toward deploying US troops on the ground in Iran. 11 de marzo de 2026.
  • Newsweek. The Professor Who Predicted Trump’s Return and War With Iran. 24 de junio de 2025.
  • The Online Citizen. Jiang Xueqin’s 2024 lecture predicting U.S.-Iran war and Trump’s return goes viral amid real-time conflict. 24 de junio de 2025.
  • Kahn, Herman. On Escalation: Metaphors and Scenarios. 1965. Praeger.

 

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