Trump y Netanyahu l No es geopolítica: es la historia de dos hombres que necesitan pasar a la historia, y los muertos

Dos hombres y su guerra: cuando el narcisismo mesiánico sustituye a la política

La “Operación Furia Épica” no empezó el 28 de febrero de 2026. Empezó mucho antes, en el interior de dos hombres que necesitaban pasar a la historia a cualquier precio.


La madrugada del sábado 28 de febrero de 2026, mientras en Ginebra los negociadores iraníes y estadounidenses daban por buenas las últimas rondas diplomáticas sobre el programa nuclear persa, doscientos aviones israelíes cruzaban el espacio aéreo de varios países soberanos. En menos de veinticuatro horas, el líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, había muerto bajo los escombros de su residencia en Teherán. Donald Trump lo anunció en Truth Social con la elocuencia que le caracteriza: “una de las personas más malvadas de la historia”. Benjamin Netanyahu lo hizo desde la azotea del Ministerio de Defensa en Tel Aviv, con el gesto del comandante que contempla su obra.

No es que las negociaciones hubieran fracasado. Es que nunca existieron en serio. El teatro diplomático de Ginebra era el decorado mientras los bombarderos ya estaban en el aire. Exactamente como en marzo de 2003, cuando Hans Blix buscaba armas de destrucción masiva en Iraq mientras Bush ya había firmado la orden de invasión. La historia no se repite, decía Mark Twain, pero rima.

Lo que rima aquí con una precisión inquietante no son los hechos geopolíticos. Es la psicología del poder narcisista que instrumentaliza el nacionalismo para convertir decisiones personales en destino colectivo. Lo que rima es el mecanismo por el cual dos hombres acorralados por sus propias circunstancias deciden que la guerra es la solución a sus problemas privados.

El problema con los líderes que quieren pasar a la historia

Conviene decirlo con claridad antes de proceder: el régimen de Jamenei era abyecto. Cuarenta años de teocracia represora, sistemática violación de los derechos de las mujeres, asesinato de disidentes, apoyo a grupos armados regionales que han causado sufrimiento masivo. El movimiento “Mujer, Vida, Libertad” de 2022, aplastado en sangre, es suficiente condena moral. Nada de esto requiere matices.

Y sin embargo, que el régimen fuera abyecto no otorga ningún mandato para una operación militar que viola el derecho internacional, que se lanzó mientras las negociaciones avanzaban, y que ha extendido el fuego a Líbano, Israel, Arabia Saudí, Emiratos, Bahréin, Jordania e Irak en cascada. Un régimen puede ser injusto sin que eso convierta en legítimo cualquier método para destruirlo. Este es el argumento que la “Ilustración Oscura” y el realismo geopolítico más cínico rechazan sistemáticamente: que los medios tienen relevancia moral independientemente de los fines.

Lo que ocurrió el 28 de febrero no fue primariamente geopolítica. Fue política doméstica.

Trump enfrenta un 2026 complicado: las elecciones de medio término en el horizonte, turbulencias económicas internas, y la necesidad de un logro que lo blinde ante su base. Netanyahu lleva meses acosado por su propio sistema judicial por cargos de corrupción, lidereando una coalición que incluye a ministros mesiánicos que consideran el Gran Israel una misión divina, no una opción política. Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich no son aberraciones dentro del gobierno israelí actual: son su motor ideológico.

Aquí está la trampa del nacionalismo ideologizado. Cuando el nacionalismo deja de ser identidad y se convierte en teología, cuando “defender la patria” se transforma en mandato divino que trasciende cualquier restricción legal o moral, los líderes dejan de gobernar para los ciudadanos y empiezan a gobernar para la Historia con mayúscula. El ego y la misión se confunden hasta ser indistinguibles.

La mecánica del caos calculado

La palabra “épica” en el nombre de la operación no es casual. Es reveladora. No se bautiza con épica una operación de seguridad. Se bautiza con épica una hazaña de la que sus protagonistas quieren ser recordados para siempre.

<parameter name=”file_text”># Dos hombres y su guerra: cuando el narcisismo mesiánico sustituye a la política

La “Operación Furia Épica” no empezó el 28 de febrero de 2026. Empezó mucho antes, en el interior de dos hombres que necesitaban pasar a la historia a cualquier precio.


La madrugada del sábado 28 de febrero de 2026, mientras en Ginebra los negociadores iraníes y estadounidenses daban por buenas las últimas rondas diplomáticas sobre el programa nuclear persa, doscientos aviones israelíes cruzaban el espacio aéreo de varios países soberanos. En menos de veinticuatro horas, el líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, había muerto bajo los escombros de su residencia en Teherán. Donald Trump lo anunció en Truth Social con la elocuencia que le caracteriza: “una de las personas más malvadas de la historia”. Benjamin Netanyahu lo hizo desde la azotea del Ministerio de Defensa en Tel Aviv, con el gesto del comandante que contempla su obra.

No es que las negociaciones hubieran fracasado. Es que nunca existieron en serio. El teatro diplomático de Ginebra era el decorado mientras los bombarderos ya estaban en el aire. Exactamente como en marzo de 2003, cuando Hans Blix buscaba armas de destrucción masiva en Iraq mientras Bush ya había firmado la orden de invasión. La historia no se repite, decía Mark Twain, pero rima.

Lo que rima aquí con una precisión inquietante no son los hechos geopolíticos. Es la psicología del poder narcisista que instrumentaliza el nacionalismo para convertir decisiones personales en destino colectivo. Lo que rima es el mecanismo por el cual dos hombres acorralados por sus propias circunstancias deciden que la guerra es la solución a sus problemas privados.

El problema con los líderes que quieren pasar a la historia

Conviene decirlo con claridad antes de proceder: el régimen de Jamenei era abyecto. Cuarenta años de teocracia represora, violación sistemática de los derechos de las mujeres, asesinato de disidentes, apoyo a grupos armados regionales que han causado sufrimiento masivo. El movimiento “Mujer, Vida, Libertad” aplastado en sangre en 2022 es condena moral suficiente. Nada de esto necesita matices.

Y sin embargo, que el régimen fuera abyecto no otorga ningún mandato para una operación militar que viola el derecho internacional, que se lanzó mientras las negociaciones avanzaban, y que en cuarenta y ocho horas ha extendido el fuego a Líbano, Israel, Arabia Saudí, Emiratos, Bahréin, Jordania e Irak. Un régimen puede ser injusto sin que eso convierta en legítimo cualquier método para destruirlo. Este es el argumento que el realismo geopolítico más cínico rechaza sistemáticamente: que los medios tienen relevancia moral independientemente de los fines.

Lo que ocurrió el 28 de febrero no fue primariamente geopolítica. Fue política doméstica amplificada hasta la escala del incendio regional.

Trump enfrenta un 2026 complicado: elecciones de medio término en el horizonte, turbulencias económicas internas, y la necesidad urgente de un logro histórico que lo blinde ante su base. Netanyahu, por su parte, lleva meses acosado por su propio sistema judicial por cargos de corrupción, y lidera una coalición donde ministros como Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich no son aberraciones sino el motor ideológico del gobierno: hombres que consideran el Gran Israel una misión divina asignada por Dios, no una opción entre varias opciones políticas.

Aquí está la trampa del nacionalismo cuando se ideologiza hasta la teocracia. Cuando “defender la patria” se convierte en mandato trascendente que supera cualquier restricción legal o moral, los líderes dejan de gobernar para los ciudadanos y empiezan a gobernar para la Historia con mayúscula. El ego y la misión se confunden hasta ser indistinguibles. Y cuando eso ocurre, los civiles —iraníes, israelíes, libaneses, los “trabajadores asiáticos” muertos en Bahréin sin que nadie recuerde sus nombres— se vuelven ornamentos inevitables en el relato épico.

La mecánica del caos calculado

La palabra “épica” en el nombre de la operación no es accidental. Es reveladora. No se bautiza con épica una operación de seguridad estándar. Se bautiza con épica una hazaña de la que sus protagonistas quieren ser recordados para siempre. Netanyahu lo dijo sin pudor desde la azotea de Tel Aviv: esta operación cumple “un objetivo que ha perseguido durante cuarenta años”. No hablaba de la seguridad de Israel. Hablaba de su propio proyecto existencial.

Trump no es más sutil. “Las personas que tomaban las decisiones ya no están”, anunció como si desmantelar el liderazgo de un Estado soberano fuera equivalente a ganar una negociación comercial. Lo suyo es el mismo instinto que le lleva a denominar yates, rascacielos y operaciones militares con su nombre o sus adjetivos favoritos: todo debe llevar la marca del showman. La guerra como espectáculo. La muerte como rating.

Este es el modelo que la filósofa Hannah Arendt habría reconocido con amargura: el mal banal actualizado al siglo XXI no requiere monstruos convencidos de su perversidad. Requiere hombres convencidos de su grandeza, que externalizan el coste humano de sus decisiones a categorías abstractas —el “régimen”, el “eje del mal”, el “terrorismo”— mientras las consecuencias reales caen sobre personas con nombre y apellidos que nunca eligieron este conflicto.

Los treinta y un muertos en Beirut esta madrugada. Los diez civiles israelíes bajo los misiles iraníes de contraataque. Los soldados estadounidenses caídos cuyos nombres todavía no conocemos. Los millones de iraníes que celebraron la muerte de Jamenei en los tejados y los que lo lloraron en las calles, ambos ahora bajo la misma lluvia de bombas que decidieron otros por ellos.

Por qué el nacionalismo mesiánico es especialmente peligroso

Conviene distinguir entre dos fenómenos que a menudo se confunden. El patriotismo —el apego a una comunidad, su cultura, su historia, su proyecto colectivo— es una emoción legítima y políticamente gestionable. El nacionalismo ideologizado, en cambio, opera como una religión secular: tiene su teodicea (la narrativa de la victimización histórica), sus profetas (los líderes que encarnan la misión), sus herejes (los traidores internos que cuestionan), y su escatología (el destino glorioso que justifica cualquier sacrificio presente).

El problema con el gobierno israelí actual no es Israel como proyecto democrático. Es la captura de ese proyecto por una coalición que ha convertido el trauma histórico del Holocausto y los ataques del 7 de octubre en combustible para un expansionismo que viola el derecho internacional con la tranquila conciencia de quien cumple un mandato superior. Cuando Ben Gvir propone “animar” el desplazamiento voluntario de palestinos, o cuando Smotrich habla abiertamente de soberanía israelí sobre Cisjordania, no están siendo radicales dentro de un sistema: están redefiniendo los límites de lo pensable.

Del lado estadounidense, el mesianismo es menos teológico y más narcisista, pero igual de peligroso en sus efectos. Trump no cree en el Gran Israel bíblico. Cree en el Gran Trump. El resultado práctico —desprecio por el derecho internacional, unilateralismo, decisiones de guerra que evitan al Congreso, mentiras durante el discurso sobre el Estado de la Unión mientras los bombardeos ya estaban planificados— es estructuralmente idéntico.

Cuando el líder se identifica con la nación hasta el punto de que su gloria personal y los intereses colectivos se vuelven intercambiables, la democracia ha dejado de funcionar. Los checks and balances, los tribunales, la prensa libre, los aliados internacionales, todos se convierten en obstáculos que el líder “mesiánico” siente el derecho de superar. Trump lleva dos años demostrando que el Congreso es un estorvo. Netanyahu lleva meses intentando reformar el sistema judicial israelí para protegerse de su propia imputación.

Lo que la Furia Épica revela sobre nosotros

Hay una pregunta que merece hacerse en voz alta: ¿qué dice de nosotros —de Europa, de Occidente— que hayamos llegado aquí? La Unión Europea, que criticó con cierta consistencia el genocidio en Gaza, ha reaccionado ante los bombardeos sobre Irán con una combinación de “máxima preocupación” y disposición a “colaborar con Estados Unidos”. Francia, Reino Unido y Alemania emitieron una declaración conjunta advirtiendo de que podrían tomar medidas para destruir la capacidad de misiles iraní. El PP español apoya los bombardeos con la misma naturalidad con que apoyó la guerra de Iraq en 2003.

La Organización de Naciones Unidas, cuyas resoluciones han sido ignoradas con impunidad durante años, contempla otro episodio en que las reglas del orden internacional se rompen sin consecuencias para los que las rompen. El derecho internacional sin aplicación no es derecho: es decoración. Y cuando los países que supuestamente lo defienden miran hacia otro lado porque el infractor es un aliado, la decoración se vuelve obscena.

No se trata de defender al régimen teocrático de Teherán, que oprime a su población con crueldad sistemática. Se trata de señalar que un sistema internacional donde la fuerza es el único árbitro real solo beneficia a los más fuertes, y que los más fuertes, como hemos aprendido cada vez que lo olvidamos, no son necesariamente los más justos.

El precio de la épica

Los próximos días dirán si la “Operación Furia Épica” fue el inicio del colapso del régimen iraní o el inicio de una guerra regional de consecuencias impredecibles. Trump calcula cuatro semanas. Los historiadores que estudien este momento sabrán, como siempre saben después, cuánto de ese cálculo era wishful thinking y cuánto era análisis real.

Lo que ya sabemos es el precio que se está pagando en tiempo presente: no en abstracto, no en gráficos de geopolítica, sino en seres humanos concretos que han amanecido hoy en un mundo en guerra que no eligieron. Los iraníes que querían libertad y ahora tienen bombardeos. Los israelíes que querían seguridad y ahora tienen misiles sobre Tel Aviv y Haifa. Los yemeníes, los libaneses, los trabajadores migrantes del Golfo que se han convertido en daño colateral de la épica de dos hombres.

Hannah Arendt escribió que el mayor peligro del poder no es que corrompa, sino que te convenza de que lo que haces lo haces por el bien de la humanidad. Cuando un político se cree el protagonista de su propia novela épica, los muertos no son tragedias: son argumento. Son el precio inevitable de la grandeza histórica que él encarna.

Eso es lo que hace que el narcisismo mesiánico sea cualitativamente distinto de la mera corrupción o la mera ambición. La corrupción puede saciarse. La ambición tiene límites. Pero el hombre convencido de cumplir un destino histórico no tiene límite, porque cualquier límite es, por definición, un obstáculo al Destino.

Trump quiere ser el presidente que acabó con el régimen de los ayatolás. Netanyahu quiere ser el líder que completó el proyecto de seguridad de Israel para las próximas generaciones. Ambos pueden conseguirlo. O pueden conseguir algo completamente distinto. La historia de los líderes que querían pasar a la historia está llena de consecuencias que no figuraban en el guion original.

Y mientras decidimos qué nombre ponemos a lo que está ocurriendo, en Beirut hay treinta y un familias que esta noche no tienen a alguien en casa.

 

Referencias

  • Ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán de 2026. Wikipedia. Recuperado el 2 de marzo de 2026.
  • Ekaizer, E. “Dos psicópatas en guerra”. El Correo Gallego. 1 de marzo de 2026.
  • El Español. “Irán confirma la muerte de Jamenei y Trump insta a su población a rebelarse”. 28 de febrero de 2026.
  • El Independiente. “Netanyahu, pruebas muerte Ali Jamenei, Iran ataque”. 28 de febrero de 2026.
  • La Nación. “Trump y Netanyahu confirman muerte de Jamenei”. 28 de febrero de 2026.
  • El Español. “EEUU e Israel atacan Irán. Última hora”. 28 de febrero – 2 de marzo de 2026.
  • Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Alianza Editorial, 1951.
  • Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen, 1963.
  • Popper, Karl. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós, 1945.

 

Fotografía histórica de Walter Rauff, coronel de las SS y diseñador de los furgones de gas móviles del Holocausto, rindiéndose ante el ejército americano en 1945 Previous post El monstruo útil: Walter Rauff, los camiones de la muerte y el abrazo occidental
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