Chimeneas de planta industrial emitiendo humo de fondo con cielo oscuro, símbolo de emisiones de gases de efecto invernadero y desinformación climática

El manual del crimen: cómo las tabacaleras enseñaron a las petroleras a matar el planeta

La desinformación climática no surgió de la ignorancia popular ni del escepticismo científico legítimo. Fue diseñada en despachos corporativos, financiada con miles de millones de dólares y ejecutada con la precisión de una campaña militar. El modelo lo inventó la industria del tabaco. Las petroleras lo perfeccionaron. Y la extrema derecha lo convirtió en ideología.


En 1953, los principales ejecutivos de las tabacaleras estadounidenses se reunieron en el Plaza Hotel de Nueva York. Fuera nevaba. Dentro, con whisky y cigarro en mano —cómo no—, tomaron una decisión que mataría a millones de personas: no combatirían la ciencia que demostraba que fumar causaba cáncer. La combatirían sembrando dudas sobre esa ciencia.

El resultado de aquella reunión fue el llamado “Proyecto A”, redactado por la agencia Hill & Knowlton: una estrategia de relaciones públicas cuyo objetivo explícito era “generar controversia” donde no la había. No necesitaban ganar el debate científico. Solo necesitaban que el público creyera que existía tal debate.

Setenta años después, el planeta arde. Y el manual sigue en uso.


La arquitectura del engaño

La historia que conecta el humo del tabaco con el humo de los combustibles fósiles no es metáfora. Es literal. Las mismas personas, las mismas redes, las mismas técnicas.

En 2010, la historiadora de la ciencia Naomi Oreskes y el historiador de la NASA Erik Conway publicaron Merchants of Doubt (Mercaderes de la duda), un trabajo de investigación que trazó con nombre y apellidos la genealogía del negacionismo científico organizado. Lo que encontraron resulta perturbador no por su complejidad, sino por su sencillez.

El mismo puñado de científicos que había negado el vínculo tabaco-cáncer, después negó los efectos del DDT, después negó el problema de la lluvia ácida, después negó el agujero en la capa de ozono… y finalmente negó el cambio climático. Frederick Seitz y Fred Singer no eran ignorantes ni escépticos de buena fe: eran mercenarios científicos con credenciales reales, contratados para generar lo que las corporaciones necesitaban: ruido suficiente para paralizar la acción política.

El mecanismo es brutalmente eficiente. No hacen falta miles de científicos negacionistas. Basta con un puñado de voces con títulos académicos que aparezcan en los medios afirmando que “la ciencia no está clara”. El periodismo de “dos versiones”, que presenta como equivalentes a miles de climatólogos y a cuatro académicos a sueldo, hará el resto.


ExxonMobil lo sabía. Y lo ocultó.

Si hay un crimen corporativo bien documentado de este siglo, es este.

En 1981, Roger Cohen, director científico de Exxon, envió un memorándum interno advirtiendo que los planes a largo plazo de la compañía podrían producir “efectos catastróficos para una parte sustancial de la población de la Tierra”. En 1982, equipos científicos internos de la propia Exxon modelaron el calentamiento global con una precisión que investigadores de Harvard, revisando esos datos en 2023 en la revista Science, calificaron de “extraordinaria”. Las predicciones de hace cuarenta años describen exactamente el mundo en el que vivimos hoy.

La compañía archivó esos informes. Y simultáneamente financió durante décadas la maquinaria negacionista.

En 2019, las fiscalías de Massachusetts y Nueva York concluyeron que ExxonMobil había participado en una campaña para engañar a consumidores e inversores sobre los riesgos climáticos. La narrativa corporativa de que “no había consenso científico” era una mentira que sus propios científicos desmontaban en documentos internos clasificados.

ExxonMobil no fue la única. BP, Shell, Chevron, todas financiaron a través de think tanks, asociaciones de fachada y pseudoexpertos la producción industrial de dudas. El Global Climate Coalition, activo entre 1989 y 2002, reunió a las principales corporaciones de combustibles fósiles para coordinar exactamente esto. Sus propios documentos internos, filtrados después, reconocían que el consenso científico sobre el cambio climático era “sólido y no disputable”… pero que su estrategia pública sería disputarlo de todas formas.


El negacionismo como producto político de la extrema derecha

Aquí está el salto que más debería preocuparnos: la desinformación corporativa mutó en ideología política.

El negacionismo climático dejó de ser una estrategia de relaciones públicas financiada desde despachos corporativos para convertirse en señal de identidad tribal de la derecha autoritaria global. No es casualidad. Es consecuencia directa de décadas de inversión en redes políticas.

Donald Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París no una sino dos veces, describió el cambio climático como “un engaño chino” y nombró para dirigir la Agencia de Protección Ambiental a Scott Pruitt, un político que había pasado su carrera litigando contra esa misma agencia en nombre de las industrias contaminantes. El vínculo entre los lobbies petroleros y la financiación del Partido Republicano está tan bien documentado que resulta redundante citarlo: los Koch, ExxonMobil, la industria del carbón han invertido cientos de millones en candidatos que garantizan inacción climática.

Jair Bolsonaro convirtió la deforestación del Amazonas en programa de gobierno, retró a Brasil de compromisos internacionales y describió a los científicos del clima como parte de una conspiración marxista global. Curiosamente, sus mayores apoyos venían del agronegocio, que lucra directamente con la deforestación.

Javier Milei ha afirmado que el cambio climático es “otra mentira del socialismo”, que el consenso científico es “propaganda” y que el Acuerdo de París es un instrumento de control internacional. Sus fuentes intelectuales son los think tanks libertarios de Washington financiados, en muchos casos, por las mismas redes que llevan décadas promoviendo el negacionismo.

En España, Vox ha calificado el cambio climático de “pseudorreligión izquierdista”, se ha opuesto sistemáticamente a cualquier política de transición energética y ha utilizado la agenda climática como símbolo del “globalismo” que dice combatir. Santiago Abascal ha llegado a comparar las advertencias climáticas con “alarmismo apocalíptico de secta”.

La pregunta pertinente no es si estos políticos creen lo que dicen. Es a quién beneficia lo que dicen, y de quién reciben financiación.


Steel man: los argumentos que merecen respuesta

Antes de seguir, hagamos el ejercicio intelectual que la honestidad exige. Existe una versión del escepticismo climático que merece ser respondida, no caricaturizada.

El argumento más serio sostiene que las políticas climáticas generan costes reales sobre trabajadores y sectores industriales, que la transición energética tiene un ritmo que no todos los países pueden asumir por igual, y que la incertidumbre sobre modelos específicos (no sobre el calentamiento en sí) es legítima en ciencia.

Todo esto es cierto. Y nada de esto justifica negar que el planeta se calienta, que la causa principal son las emisiones de gases de efecto invernadero, ni que la inacción es la opción más costosa a largo plazo. El consenso científico del IPCC no es unanimidad ideológica: es convergencia de miles de investigaciones independientes realizadas en decenas de países con metodologías distintas. Cuando el 97% de los climatólogos acuerdan algo, el escepticismo intelectual exige una carga de prueba proporcional a esa convergencia.

Los que niegan el cambio climático no están ejerciendo escepticismo científico. Están ejerciendo, en el mejor caso, negación motivada; en el peor, complicidad consciente con uno de los mayores fraudes de la historia corporativa.


La mutación: del negacionismo al retardismo

La desinformación climática ha evolucionado porque tenía que hacerlo. El negacionismo clásico se ha vuelto insostenible: los efectos del cambio climático son ya tan visibles, los incendios tan devastadores, las sequías tan documentadas, que negar la existencia del problema resulta ridículo incluso para audiencias poco informadas.

Entonces mutó.

El retardismo o inaccionismo adopta distintas formas, todas igualmente funcionales para los mismos intereses:

Ya es demasiado tarde para actuar“, que induce parálisis y desmovilización. “La responsabilidad es individual, no sistémica“, que desvía la atención de las corporaciones hacia el consumidor (el concepto de “huella de carbono personal” fue, literalmente, una campaña publicitaria de BP). “Las soluciones tecnológicas lo resolverán“, que justifica no hacer nada ahora esperando una innovación futura que nadie está financiando seriamente. “Los países en desarrollo también contaminan“, que utiliza la injusticia real de que las naciones más pobres sufren más los efectos del clima que menos han contribuido a generar, para justificar inacción de los países que más han contribuido.

Investigadores como la propia Oreskes advierten que estas formas de retardismo pueden ser más peligrosas que el negacionismo clásico precisamente porque resultan más difíciles de combatir. No niegan los hechos: los neutralizan.


Por qué esto no es solo un problema ambiental

La desinformación climática no se puede entender sin entender su función política más amplia.

La agenda negacionista sirve a intereses económicos evidentes: cada año de retraso en la transición energética vale billones de dólares para las industrias de combustibles fósiles. Pero sirve también a un proyecto político más amplio: el descrédito sistemático de la ciencia como institución de autoridad democrática.

Si logras que el público desconfíe del consenso científico sobre el clima, también erosionas la confianza en la ciencia de las vacunas, en la epidemiología, en la economía del bienestar, en cualquier forma de conocimiento experto que pueda justificar regulación sobre los mercados. El negacionismo climático es, en ese sentido, la punta de lanza de un proyecto epistemológico más ambicioso: destruir la posibilidad misma de que la sociedad tome decisiones colectivas basadas en evidencia.

Es el relativismo posmoderno al servicio del capital más depredador. La paradoja suprema: los mismos que denuncian el “relativismo de la izquierda” aplican el relativismo más radical cuando los datos amenazan sus beneficios.


La duda como arma de destrucción masiva

Hay algo que los documentos internos de las tabacaleras y las petroleras revelan con una claridad que eriza el vello: sabían perfectamente lo que hacían.

No eran ignorantes. No estaban confundidos. Tenían en sus cajones los informes de sus propios científicos confirmando el daño. Y decidieron financiar la confusión pública porque calcularon, correctamente, que la duda era más rentable que la verdad.

En medicina de urgencias aprendes algo sobre la mentira clínica: el daño de una información falsa no se mide solo en el momento en que se pronuncia, sino en el tiempo que tarda en corregirse y en lo que ocurre mientras tanto. Cada año de inacción climática comprado mediante desinformación tiene un precio que se mide en vidas humanas, en ecosistemas destruidos, en generaciones que heredarán un planeta empobrecido.

Eso no es error de cálculo. Es crimen.

La industria del tabaco tardó cincuenta años en ser declarada culpable por tribunales estadounidenses de haber “ideado y ejecutado un plan para engañar” al público. La industria petrolera lleva setenta años ejecutando un plan idéntico sobre el planeta entero.

La pregunta no es si habrá rendición de cuentas. Es cuánto costará el retraso.


Fuente principal de referencia: Oreskes, N. y Conway, E.M. (2010). Merchants of Doubt. Bloomsbury Publishing. Investigación periodística del Los Angeles Times (2015) sobre ExxonMobil. Revisión de Supran et al. (2023) en Science sobre predicciones internas de Exxon.

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Einstein escribió su famosa frase sobre la bicicleta en 1930, en una carta a un hijo que padecía esquizofrenia. Noventa y cinco años después, la frase decora tazas de oficina. Un análisis de lo que se perdió en el camino: la física real, el contexto humano, y el daño que hace convertir sabiduría en eslogan. Next post La bicicleta de Einstein no era un póster motivacional