James Petras falleció dejando un legado contradictorio: crítico brillante del imperialismo que defendió regímenes autoritarios. Su trayectoria plantea el dilema del intelectual comprometido: ¿cómo mantener rigor crítico sin renunciar al compromiso político?

El sociólogo marxista que pasó de Berkeley a los Sin Tierra nos deja una pregunta incómoda: ¿puede haber compromiso político sin puntos ciegos?


El 17 de enero falleció James Petras a los 89 años, rodeado de su familia en Seattle. Sociólogo prolífico, marxista heterodoxo, crítico implacable del imperialismo estadounidense. Más de 62 libros traducidos a 29 idiomas, 2.000 ensayos, colaboraciones con The Guardian y Le Monde Diplomatique. Trabajó once años con el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra de Brasil. Se reunió con Fidel Castro, asesoró a Andreas Papandreou, conoció a Salvador Allende, defendió a Hugo Chávez.

Su obituario lo presenta como héroe intelectual sin fisuras. Pero su trayectoria plantea una pregunta más interesante que la hagiografía: ¿qué pasa cuando el compromiso político colisiona con el rigor crítico?


El valor de la crítica radical

No se puede entender América Latina sin leer a Petras. Mientras la academia estadounidense miraba al sur con paternalismo desarrollista o indiferencia neocolonial, él documentó cómo el neoliberalismo arrasaba vidas concretas. Desenmascarando la globalización: Imperialismo del siglo XXI (2001) conectó puntos que otros preferían ignorar: tratados comerciales, golpes suaves, deuda externa como instrumento de control.

Su trabajo con el MST brasileño no fue turismo intelectual. Once años significa bodas, funerales, asambleas interminables, derrotas amargas. Petras entendió algo que muchos académicos progresistas olvidan: que los papers peer-reviewed no cambian estructuras de poder, pero los movimientos sociales organizados sí pueden hacerlo.

Su crítica del imperialismo estadounidense era necesaria cuando la izquierda liberal se conformaba con denunciar excesos puntuales sin cuestionar la arquitectura del poder global. Petras nombraba empresas, políticos, mecanismos concretos. No abstractos. No eufemismos.


Los puntos ciegos del compromiso

Pero había un problema. El mismo Petras que diseccionaba con precisión quirúrgica las contradicciones del capitalismo global aplicaba doble estándar cuando miraba a ciertos líderes latinoamericanos.

Hugo Chávez erosionó sistemáticamente las instituciones democráticas venezolanas. No es opinión conservadora, es documentación exhaustiva de Human Rights Watch, del propio Tribunal Supremo venezolano antes de ser capturado, de periodistas locales que acabaron en el exilio. La concentración de poder, la persecución a medios críticos, la corrupción masiva, el clientelismo como política de Estado no fueron “errores” corregibles. Fueron estructura del chavismo.

Petras defendió a Chávez no ocasionalmente, sino sistemáticamente. ¿Por qué? Porque representaba resistencia al imperialismo, porque redistribuyó riqueza petrolera (lo hizo, aunque de manera insostenible), porque desafiaba a Washington.

Aquí está el dilema del intelectual orgánico: cuando tu compromiso es con un bando, ¿cómo mantienes distancia crítica? Cuando tu enemigo es tan poderoso (el imperialismo estadounidense lo es), ¿cómo evitas que cualquier cosa que lo desafíe se vuelva automáticamente defendible?


Populismo no es resistencia

RedBeta no es neutral políticamente. Defendemos democracia liberal sin ingenuidad, criticamos neoliberalismo autoritario, rechazamos la Ilustración Oscura tecnoutópica. Pero precisamente por eso no podemos confundir crítica legítima de élites con populismo autoritario.

Chávez, Bolsonaro, Trump, Orbán comparten estructura retórica aunque con contenidos opuestos: “pueblo puro” contra “élite corrupta”, liderazgo fuerte contra instituciones “capturadas”, emociones contra deliberación. El populismo erosiona democracia aunque se presente como su defensor.

Petras cayó en una trampa intelectual común en cierta izquierda: el antimperialismo como criterio único. Si algo desafía a Estados Unidos, debe ser progresista. Si redistribuye algo de riqueza, podemos perdonar la represión. Si habla lenguaje de izquierda, ignoramos que concentra poder.

Esta lógica es especularmente idéntica a la de quienes defendieron dictaduras anticomunistas porque “frenaban el avance soviético”. Misma estructura, distinto contenido.


Qué podemos aprender (sin despreciar lo logrado)

La muerte de un intelectual comprometido no debe generar ni hagiografía ni descalificación total. Petras hizo contribuciones reales:

Documentó el imperialismo con nombres y apellidos. No abstracciones, sino empresas específicas, políticos concretos, mecanismos verificables. Esto sigue siendo necesario.

Conectó academia con movimientos sociales. Demostró que se puede producir conocimiento riguroso sin encerrarse en la torre de marfil. Su trabajo con el MST generó análisis útiles para la lucha real.

Mantuvo coherencia entre pensamiento y vida. No predicó justicia social desde la comodidad del tenure académico para luego jugar golf con ejecutivos de Goldman Sachs.

Pero también nos deja una advertencia:

El compromiso político sin distancia crítica genera puntos ciegos peligrosos. Defender regímenes autoritarios porque desafían al imperialismo no es antimperialismo, es subordinar principios a táctica.

El enemigo de mi enemigo no es automáticamente mi amigo. Estados Unidos puede ser imperio depredador Y Chávez puede ser populista autoritario. Ambas cosas son verdad simultáneamente.

La honestidad intelectual requiere aplicar el mismo rasero. Si criticamos la concentración de poder corporativo, debemos criticar la concentración de poder estatal. Si denunciamos manipulación mediática de Fox News, debemos denunciar VTV chavista.


El intelectual que necesitamos

No necesitamos intelectuales neutros. La neutralidad ante la injusticia es complicidad. Necesitamos intelectuales con posición ética clara.

Pero tampoco necesitamos intelectuales orgánicos que subordinen rigor a lealtad política. Necesitamos algo más difícil: compromiso sin dogmatismo, crítica sin cinismo, principios sin rigidez.

Petras eligió un camino. Produjo conocimiento valioso y defendió lo indefendible. Su legado es contradictorio porque él mismo lo fue. Y quizá esa contradicción es más instructiva que mil obituarios laudatorios.

Podemos honrar sus contribuciones sin heredar sus errores. Podemos aprender de su compromiso sin replicar sus puntos ciegos. Podemos defender causas justas sin defender a quienes las traicionan mientras las invocan.


La izquierda que viene necesita ser más exigente que Petras con el poder, cualquier poder. Más rigurosa con la evidencia. Más dispuesta a criticar a “los nuestros” cuando erosionan democracia. Menos tribal, más universal.

El antimperialismo no es defender todo lo que Washington critique. Es defender principios que el imperio viola: autodeterminación, derechos humanos, democracia participativa, justicia redistributiva. Cuando gobiernos que se dicen antimperialistas violan esos mismos principios, criticarlos no es traición. Es coherencia.

James Petras nos deja un legado ambivalente. Corresponde a nosotros quedarnos con lo mejor y descartar lo peor. Esa es la única manera honesta de honrar a un intelectual comprometido: siendo más rigurosos que él con nuestras propias convicciones.


Referencias:

  • Petras, J. (2001). Desenmascarando la globalización: Imperialismo del siglo XXI. Siglo XXI.
  • Petras, J. & Veltmeyer, H. (2003). Sistema en Crisis: Dinámica del capitalismo de libre mercado. Lumen.
  • Human Rights Watch. Informes sobre Venezuela 2010-2020.
  • Tribunal Bertrand Russell sobre Represión en América Latina (documentación histórica).

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