Seguimos llamando “redes sociales” a lo que ya son máquinas de captura de atención. No es un error semántico inocente: es la coartada perfecta para no llamar a las cosas por su nombre.
Existe una categoría especial de mentira que no necesita que nadie mienta activamente. Funciona sola, por inercia, porque el lenguaje sobrevive a la realidad que describía. Llamamos “llave inglesa” a una herramienta que no tiene nada de inglesa. Llamamos “marcapasos” a dispositivos que llevan décadas sin marcar ningún paso. Y seguimos llamando “redes sociales” a plataformas que dejaron de ser sociales —con todo lo que implica esa palabra— aproximadamente cuando Zuckerberg descubrió que la publicidad segmentada daba más dinero que la conexión humana.
Spoiler: la descubrió hace mucho.
Lo interesante no es que las redes sociales hayan muerto. Lo interesante es preguntarse qué mataron ellas cuando murieron.
El cadáver todavía tiene buena cara
Para entender qué perdimos, conviene recordar brevemente qué había. Las primeras plataformas —Six Degrees, MySpace, el Facebook original— tenían una premisa simple y, vista desde hoy, casi enternecedora: digitalizar el grafo social de cada persona. Tu red de contactos. Tu gente. El contenido que consumías era el que tus vínculos producían, y la interacción era conversacional. Una foto era una invitación al diálogo, no un activo publicitario.
Ese modelo era, en cierta forma, igualitario. Todos tenían acceso al mismo flujo, construido por las mismas reglas. Un algoritmo democrático, si se acepta el oxímoron.
Lo que tenemos ahora es estructuralmente distinto. TikTok —el caso más claro, pero no el único— no organiza su sistema en torno a quién conoces ni a quién sigues: lo organiza en torno a qué te hace quedarte. El algoritmo aprende de microsegundos: cuándo pausaste, cuándo rebobinaste, cuándo abandonaste. No le interesa tu red. Le interesa tu corteza prefrontal.
El resultado es que Instagram y Facebook llevan años mostrando más “contenido recomendado” que contenido de las personas que decidiste seguir. La metáfora dejó de ser el club social y se convirtió en el catálogo de un gigante del entretenimiento. Y los gigantes del entretenimiento no tienen amigos: tienen audiencias.
El negocio es impecable. El problema también.
Hay un argumento que conviene tomar en serio antes de desmontarlo: que esto es simplemente el mercado funcionando. La gente quiere entretenimiento, las plataformas lo dan, todos contentos. ¿Cuál es el problema?
El problema es la arquitectura del incentivo.
Las plataformas alojan contenido producido por usuarios que, en su inmensa mayoría, no cobran nada. Ese contenido —abundante, renovable, emocionalmente calibrado por millones de iteraciones algorítmicas— es la materia prima. La plataforma vende atención alrededor de esa materia prima sin asumir los costes de producirla. Es el modelo de negocio más brillante del capitalismo tardío: que otros trabajen, tú cobras.
La monetización avanza. Meta ha anunciado publicidad en WhatsApp. LinkedIn —que era el último reducto profesional más o menos serio— ha comenzado a contaminar su feed con contenido “inspiracional” que nadie pidió y que tiene la textura de un PowerPoint de autoayuda. Incluso los chats, ese último espacio de intimidad digital, se integran progresivamente en la lógica del producto comercial.
Lo que se vende es atención. Y para vender atención, primero hay que capturarla. Para capturarla, hay que entender qué activa la amígdala más rápido que el lóbulo frontal. La respuesta es conocida desde hace décadas: lo que genera miedo, indignación, sorpresa o deseo. No lo que informa. No lo que conecta. Lo que retiene.
De ahí la polarización creciente. De ahí el auge de la información falsa con alto voltaje emocional. De ahí que un bulo compartido llegue más lejos que una corrección bien argumentada. No es un bug del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.
Pollo de granja con wifi
Si buscas una metáfora honesta para lo que somos en estas plataformas, olvida el “usuario”. Prueba con otra: somos pollos en una granja industrial muy sofisticada. No sufrimos en jaulas estrechas —sufrimos en pantallas de alta resolución, que es mucho más cómodo—, pero el principio es similar. Se optimiza el entorno para maximizar la producción (en nuestro caso, datos y tiempo de atención) al mínimo coste de bienestar que permita que el sistema siga funcionando.
La metáfora tiene una virtud: deja de ser amable. Y dejar de ser amable con estas plataformas es el primer paso intelectual necesario.
El propio Estudio de Redes Sociales 2025 de IAB Spain lo confirma sin querer: la principal motivación de los usuarios españoles para usar estas plataformas ya no es “estar en contacto con amigos o familia”. Es entretenerse, opción citada por más del 80% de los encuestados. La red ha muerto. Queda el espectáculo.
Y el espectáculo, como siempre, tiene sus estrellas. La Kings League, los streamers que han sustituido a los presentadores de televisión, los influencers que son exactamente eso que su nombre dice —vectores de influencia comercial— son la profesionalización de un modelo donde el entretenimiento amateur se convirtió en industria y la industria fingió seguir siendo amateur.
Lo que el eufemismo oculta
Seguir llamando “redes sociales” a TikTok, Instagram o X no es un error inocente. Es una coartada semántica que nos impide regular, criticar y cuestionar lo que realmente son: plataformas de entretenimiento algorítmico con consecuencias políticas, psicológicas y democráticas de primer orden.
La confusión importa porque de ella depende cómo las gobernamos. Una red social es un espacio de comunicación ciudadana y merece protecciones y libertades específicas. Una plataforma de entretenimiento es una industria cultural y merece regulación específica. Una máquina de captura de atención que modela la información que reciben millones de personas sobre realidad política es un actor de poder y merece escrutinio específico.
Las tres categorías exigen marcos regulatorios distintos. Mientras sigamos usando el mismo término para las tres, seguiremos aplicando el marco equivocado.
El matiz no es académico. La discusión sobre si vetar el acceso de menores de 16 años a estas plataformas —que se produce en España y en varios países europeos— se enreda permanentemente porque no sabemos si estamos debatiendo sobre comunidades de comunicación o sobre canales de entretenimiento sin filtro editorial. Son cosas distintas. Requieren respuestas distintas.
Meta reconoce lo que no dice
Hay un dato revelador que merece atención. Meta ha comenzado a probar en Instagram funciones para que los usuarios puedan ver su feed en orden cronológico —es decir, el contenido de las cuentas que eligieron seguir, sin mediación algorítmica—. Y lo presenta como novedad. Como feature.
Que recuperar el control sobre tu propia experiencia de consumo sea una novedad que te ofrecen como mejora dice todo lo necesario sobre en qué dirección fue el diseño por defecto. El algoritmo no fue nunca un asistente que te ayudaba a encontrar lo que querías. Fue siempre el director de programación que decidía lo que te convenía ver para que te quedaras más tiempo.
La diferencia no es técnica. Es de poder. Y reconocerla —llamarla por su nombre— es el primer acto de resistencia al alcance de cualquiera.
Lo que enterramos con ellas
Las redes sociales —las de verdad, las que pretendían digitalizar vínculos— prometían algo políticamente interesante: una esfera pública más horizontal, donde la conversación no dependiera de quién podía pagar un periódico o una cadena de televisión. Esa promesa no se cumplió del todo, pero tampoco era mentira. Hubo momentos. Hubo movimientos. Hubo coordinación política que fue posible porque las herramientas eran, todavía, razonablemente neutras.
Lo que las sustituyó es estructuralmente opuesto a esa promesa. La plataforma de entretenimiento algorítmico no amplía la esfera pública: la fragmenta. No produce conversación: produce audiencias paralelas, cada una alimentada por su propio flujo, incapaz de dialogar con los demás porque lleva años sin ver lo mismo.
La red, como tejido de vínculos, se rompió. Quedó la audiencia: global, fragmentada, sola y perpetuamente entretenida.
No es un accidente. Es el producto.
Sección RedBeta: INTERFERENCIAS — Cómo nos hackean el pensamiento
Referencias
- IAB Spain, Estudio de Redes Sociales 2025. IAB Spain. Disponible en: iabspain.es
- Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de la vigilancia. Paidós.
- Lanier, J. (2018). Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato. Debate.
- Haidt, J. & Rose-Stockwell, T. (2019). “The Dark Psychology of Social Networks”. The Atlantic.
- Checa García, F. (2026). Análisis sobre el cambio de paradigma de las plataformas digitales. Evidencia sobre IAB Spain 2025.

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.


