Confucio es citado por Xi Jinping y celebrado en Occidente sin leerlo bien. Analizamos qué tiene de valioso su ética y qué hace el autoritarismo con ella. Pensamiento crítico con garra.

Confucio: el filósofo que los autócratas adoran y los demócratas ignoran

Cuando Xi Jinping cita las Analectas para justificar su poder, algo en ese pensador del siglo VI a.C. merece una relectura urgente. No para celebrarlo sin más, sino para rescatarlo de quienes lo instrumentalizan.


Hay un détail que incomoda a cualquiera que piense en Confucio con honestidad: sus palabras suenan razonables. Casi siempre. Y eso las hace peligrosas en las manos equivocadas, que son precisamente las que más las usan.

En 2014, Xi Jinping pronunció un discurso en el Instituto Confucio de la UNESCO citando al maestro Kong como fundamento de la “armonía social” china y del carácter “pacífico” de la civilización del gigante asiático. El mismo año, su gobierno detenía a cientos de activistas de derechos humanos y abogados. La cita era bella. El contexto, obsceno. El filósofo llevaba 2.500 años muerto y ya no podía protestar.

Esta tensión —entre la ética genuinamente valiosa de Confucio y su secuestro sistemático por el autoritarismo asiático— es el problema filosófico más interesante que plantea su herencia. Y merece una respuesta más elaborada que el aplauso acrítico o el rechazo de brocha gorda.

El hombre que no quería fundar ninguna religión

Kong Fuzi nació hacia el 551 a.C. en el estado de Lu, en la China fracturada del período de las Primaveras y Otoños. Funcionario menor, maestro vocacional, reformador sin poder. Pasó décadas ofreciendo sus servicios como consejero político a diferentes gobernantes que lo escuchaban con cortesía y luego ignoraban sus recomendaciones. Murió convencido de haber fracasado.

La ironía brutal de su vida es que este hombre que no consiguió reformar ningún estado acabó reformando una civilización entera. Las Analectas, recopilación de sus conversaciones realizada por sus discípulos, no son un texto revelado ni una escritura sagrada: son notas de clase. Eso las hace, paradójicamente, más interesantes que muchos textos que sí aspiran a la eternidad.

Lo primero que hay que decir de Confucio es lo que no es: no es un profeta, no funda ninguna religión en sentido técnico, no habla de dioses ni de vida después de la muerte (cuando alguien le pregunta por los espíritus, responde que primero habría que aprender a tratar con los humanos). Es, en términos rigurosos, un filósofo moral y político en una tradición que se preocupa antes por cómo vivir juntos que por qué hay algo en lugar de nada.

La arquitectura de una ética: lo que tiene valor real

El pensamiento de Confucio se sostiene sobre tres conceptos que vale la pena entender con precisión, porque son los que se deforman con más facilidad.

Ren —humanidad, benevolencia, amor hacia el prójimo— es el núcleo. No es caridad paternalista ni sentimentalismo vacío: es la afirmación de que la virtud es relacional, que no existe un yo moral aislado, que ser bueno significa necesariamente ser bueno con otros. La formulación negativa que Confucio ofrece —no hagas a los demás lo que no quieres para ti— precede en varios siglos a la regla de oro cristiana y es funcionalmente equivalente. Hay que reconocerlo.

Li —ritual, propiedad, decoro— es el concepto más malinterpretado. La tentación es leerlo como mero protocolo social rígido, lista de normas de etiqueta para mantenerse en su sitio. Pero hay una lectura más interesante: el ritual como tecnología social. Las formas compartidas de comportamiento en momentos críticos (duelos, celebraciones, encuentros formales) reducen la fricción, crean previsibilidad, permiten que personas con diferente status se relacionen sin que cada interacción requiera negociar el mundo desde cero. Un demócrata podría reinterpretar el Li como institución: las reglas de procedimiento parlamentario, la presunción de inocencia, el protocolo diplomático. Formas que sirven a fines éticos.

Zhengming —la rectificación de los nombres— es quizás el aporte más vigente y el más subversivo para los autócratas que citan a Confucio sin haberlo leído con cuidado. Si un gobernante no actúa como gobernante, hay que llamarlo por su nombre real. Si algo que se llama “armonía social” es en realidad represión, habría que llamarlo represión. Confucio insistía en que el desorden social nace del mal uso del lenguaje. Que los nombres se ajusten a las cosas. Que los gobernantes gobiernen de verdad, que los padres sean padres de verdad, que los ministros sean ministros de verdad.

Aplicado con coherencia, el zhengming es una herramienta de crítica del poder, no de su legitimación. Un Xi Jinping confuciano auténtico debería aceptar que le rectifiquen los nombres.

El confucianismo como tecnología del autoritarismo

Aquí llega la crítica que no puede eludirse.

La piedad filial —Xiao— es el punto donde el edificio ético de Confucio muestra sus grietas más profundas. La metáfora que estructura toda su política: el Estado como familia extendida, el gobernante como padre, el ciudadano como hijo obediente. La lealtad al superior como virtud primaria. La armonía del conjunto sobre la disidencia del individuo.

Esta arquitectura ha sido —y sigue siendo— una herramienta de control formidable. No porque Confucio fuera un ideólogo del autoritarismo (no lo era: exigía tanto al gobernante como al gobernado, y legitimaba la desobediencia ante el gobernante injusto), sino porque su lenguaje se presta a una deformación conveniente: quedarse con la obediencia filial y olvidar la exigencia de rectitud al poder.

La Dinastía Han lo comprendió perfectamente en el siglo II a.C. cuando convirtió el confucianismo en ideología oficial del Imperio: los exámenes confucianos seleccionaban a los funcionarios por mérito intelectual (avance genuino frente a la aristocracia de sangre) pero el marco conceptual general legitimaba la jerarquía inamovible, silenciaba la disidencia y naturalizaba la subordinación de las mujeres con una contundencia que no dejaba lugar a interpretaciones alternativas.

El “capitalismo confuciano” que algunos académicos utilizan para explicar el despegue económico de Japón, Corea del Sur, Taiwán o Singapur contiene esta misma ambigüedad: la ética del trabajo, la valoración del estudio, el ahorro disciplinado son valores reales que contribuyeron a transformaciones económicas extraordinarias. Pero el mismo marco legitimó regímenes autoritarios, estructuras laborales brutales, jerarquías corporativas opresivas y la sistemática marginación de las mujeres del espacio público.

No se puede celebrar uno y hacer la vista gorda al otro.

Lo que Europa no leyó (y podría necesitar)

Dicho lo anterior —y es importante haberlo dicho con claridad—, hay algo en la ética confuciana que el individualismo liberal occidental ha dejado atrofiar y que merece atención.

La pregunta que Confucio se hace constantemente no es “¿cuáles son mis derechos?” sino “¿qué tipo de persona debo ser para contribuir a una sociedad que funcione?”. La virtud no como sentimiento interior sino como práctica repetida, como hábito cultivado, como relación sostenida en el tiempo. Algo que Aristóteles también sabía y que la modernidad tardía ha olvidado en su celebración del yo como proyecto de autonomía infinita.

El énfasis confuciano en la responsabilidad antes que en el derecho, en la reciprocidad antes que en la transacción, en la comunidad como condición de posibilidad del individuo son intuiciones que pueden integrarse en un marco humanista y democrático sin necesidad de aceptar la jerarquía rígida ni el patriarcado que los acompañaban históricamente.

La pregunta no es si heredamos a Confucio o lo rechazamos. Es si somos capaces de hacer con él lo mismo que hicimos con Aristóteles: extraer lo valioso, criticar lo insostenible (Aristóteles también justificaba la esclavitud y la inferioridad de las mujeres) y seguir pensando.

Rectificación de nombres, 2025

Confucio volvió a ser protagonista en la China del siglo XXI gracias a un gobierno que necesitaba una narrativa alternativa al marxismo desgastado y al liberalismo occidental que consideraba ideológicamente hostil. El confucianismo de Xi no es el de las Analectas: es una versión domada, depurada de exigencias al poder, convertida en soft power diplomático y cemento ideológico interno.

Si le aplicamos el propio zhengming al fenómeno: llamar “confucianismo” a la ideología del Partido Comunista Chino bajo Xi Jinping es exactamente el tipo de mal uso del lenguaje que Confucio denunciaba. El maestro Kong exigía que el gobernante mereciera el nombre. Un gobierno que detiene a abogados de derechos humanos mientras cita las Analectas no merece llamarse confuciano: merece que le rectifiquen el nombre.

La herencia de Confucio es demasiado interesante —y demasiado compleja— para dejársela a quienes la usan como barniz de legitimidad.

Hay un filósofo real detrás del mito: un reformador que fracasó en política y triunfó en ética, que creía que las sociedades se estabilizan por la virtud de sus ciudadanos más que por la fuerza de sus ejércitos, que insistía en que las palabras deben corresponderse con los hechos.

Eso, al menos, sigue siendo cierto.

Y sigue siendo incómodo para los que lo citan.


REFERENCIAS

  • Confucio. Analectas (Lunyu). Traducción de Anne Cheng o Simon Leys (Ed. Kairós)
  • Hall, D. y Ames, R. (1987). Thinking Through Confucius. SUNY Press
  • Bell, D.A. (2008). China’s New Confucianism. Princeton University Press
  • Nussbaum, M. (2006). Las fronteras de la justicia. Paidós — para marco comparativo
  • Billioud, S. y Thoraval, J. (2015). The Sage and the People: The Confucian Revival in China. Oxford University Press
  • Xi Jinping, discurso UNESCO, 27 marzo 2014 (texto disponible en xinhuanet.com)
  • Human Rights Watch. China: Events of 2014. hrw.org


Eco murió el 19 de febrero de 2016. Su legado más urgente no está en sus novelas: está en los 14 signos del fascismo eterno que describió en 1995. Hoy suenan a crónica. Previous post Umberto Eco, diez años después: el semiólogo que nos dejó el manual para reconocer al fascismo
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