La Asociación Católica de Propagandistas inaugura hoy el proceso de canonización del padre Ángel Ayala. No es un acto espiritual. Es una operación política de alta precisión disfrazada de fe.
Hay un procedimiento que el Vaticano lleva perfeccionando desde el siglo XIII y que las organizaciones católicas de derechas han convertido en arte estratégico: fabricar santos. No cualquier santo. Santos útiles. Santos que validen una genealogía ideológica, que conviertan en virtud heroica lo que en otro contexto se llamaría proyecto de poder.
Hoy, 20 de febrero de 2026, la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) abre formalmente el proceso diocesano para canonizar a su fundador, el jesuita Ángel Ayala (1867-1960). En Madrid se celebra el acto. El postulador, Pablo Sánchez Garrido, lo describe como “un auténtico apóstol de la alegría cristiana”. La prensa católica lo acompaña con efusión. Y todo suena a piedad religiosa inocente.
Pero la ACdP no es una hermandad de catequistas rurales. Es la organización que en 1908 se propuso explícitamente “llevar a Cristo a todos los ámbitos de la vida pública” en una España donde, según su fundador, “el laicismo era muy fuerte”. Traducido sin eufemismos: una red de cuadros católicos entrenados para infiltrar el Estado, los medios de comunicación y la universidad. Minorías selectas, los llamaba Ayala. Hoy diríamos lobbying ideológico de largo alcance.
La máquina de hacer líderes
Para entender lo que se está canonizando hoy, hay que conocer lo que la ACdP construyó.
En ese primer grupo de ocho jóvenes reunidos por Ayala en Madrid estaba Ángel Herrera Oria, que después fundaría el diario El Debate, llegaría a obispo de Málaga y terminaría siendo cardenal. Herrera Oria es, junto a Ayala, la piedra fundacional de lo que la derecha católica española considera su linaje intelectual noble: periodistas, juristas, políticos y académicos formados bajo el mismo paraguas doctrinal, lanzados a ocupar posiciones de influencia con una metodología sistemática.
La ACdP llegó a controlar o influir decisivamente en El Debate, en la COPE, en la editorial BAC, en numerosas facultades universitarias. No era proselitismo de sacristía. Era infraestructura ideológica. Y su modelo —el cuadro católico bien formado, disciplinado, lanzado a la vida pública— precedió en décadas a lo que el Opus Dei perfeccionaría con Escrivá de Balaguer.
Hablando del Opus: en 2002, Juan Pablo II canonizó a Josemaría Escrivá en tiempo récord, ignorando objeciones documentadas de teólogos, exmiembros y especialistas. La prelatura personal más opaca y políticamente influyente de la Iglesia tenía ya su santo fundador para la eternidad. El precedente es instructivo.
El mecanismo de la santidad útil
La canonización no es solo un reconocimiento espiritual. Tiene efectos prácticos y simbólicos muy concretos.
Primero, blindaje histórico. Una vez alguien es santo, criticar su obra se vuelve sacrilegioso para los creyentes y políticamente incómodo para sus defensores. La ACdP —que en sus mejores años apoyó sin fisuras el régimen franquista y que formó a figuras de la derecha española durante décadas— obtiene una pátina de santidad que hace más difícil el análisis crítico de su trayectoria.
Segundo, renovación del relato fundacional. Las organizaciones que quieren proyectarse al futuro necesitan reinventar su origen. Canonizar a Ayala es decirle al mundo: nuestra historia no empieza en el franquismo, ni en las guerras culturales de los años ochenta. Empieza en la virtud heroica de un jesuita asceta que solo quería el bien de España. Narrativa limpia, útil, replicable.
Tercero, activación de redes. Un proceso de canonización no es un trámite burocrático. Es una movilización. Implica comisiones, testimonios, publicaciones, actos públicos, cobertura mediática. Es, en el fondo, una campaña de comunicación de varios años de duración con el Vaticano como garante de credibilidad.
El steel man que merecen
Siendo justos —y la honestidad intelectual obliga a serlo— hay argumentos razonables para quienes defienden la causa de Ayala.
El padre Ayala fue, por los datos disponibles, un hombre coherente con sus convicciones. Su vida de formación sacerdotal, su trabajo educativo con obreros en Ciudad Real, su ascetismo documentado, su influencia espiritual sobre generaciones de jóvenes: todo ello puede constituir, dentro de los parámetros de la Iglesia, una vida ejemplar. La Iglesia canoniza a quien vivió las virtudes evangélicas de manera heroica, no a quien tuvo las ideas políticas correctas. Y un creyente tiene todo el derecho a considerar que la fe de Ayala fue auténtica y merece reconocimiento.
Además, la ACdP de hoy no es idéntica a la de 1940. Las organizaciones evolucionan, o al menos intentan hacerlo.
Todo eso es cierto. Y sin embargo.
Sin embargo
El problema no es la piedad de Ángel Ayala. El problema es el contexto político en que se produce esta canonización, quién la impulsa y para qué sirve.
Estamos en 2026. La derecha española —y la ultraderecha europea en general— atraviesan un momento de ofensiva cultural sin parangón en décadas. La agenda incluye la revisión de la memoria histórica, el ataque al feminismo institucional, la demonización de la diversidad, el cuestionamiento del Estado laico. En ese escenario, disponer de un nuevo santo fundador de la infraestructura intelectual de la derecha católica no es un hecho religioso neutro. Es un recurso político.
La ACdP formó a los cuadros que construyeron el relato de una España eternamente católica y jerárquica. Santificar a su fundador es ratificar ese relato como no solo válido, sino divino. Es pedir al cielo que firme el proyecto político.
El laicismo —ese “laicismo muy fuerte” que tanto incomodaba al padre Ayala en 1908— no es el enemigo de la fe. Es la condición de posibilidad de que nadie imponga su fe a los demás. Que una organización que nació explícitamente para combatirlo aspire ahora a ser reconocida por sus virtudes heroicas debería al menos hacernos preguntar qué virtudes, y heroicas para quién.
La pregunta incómoda
Las organizaciones que fabrican santos tienen poder. El poder de decir qué es sagrado y qué es profano, qué es virtud y qué es vicio, quién merece la eternidad y quién el olvido.
La Iglesia ha producido santos extraordinarios: Francisco de Asís, que eligió la pobreza en una institución que acumulaba riqueza; Óscar Romero, asesinado por defender a los pobres frente a quienes tenían el poder; las monjas que murieron cuidando enfermos de cólera cuando los poderosos huían.
También ha producido santos funcionales: santos que llegaron rápido porque sus organizaciones tenían poder e influencia, santos cuya canonización sirvió para blindar proyectos políticos, santos cuyos fundadores construyeron estructuras que después se revelaron opresivas o abusivas.
La pregunta no es si el padre Ayala era un buen hombre. Probablemente lo era, dentro de su mundo. La pregunta es qué se canoniza cuando se canoniza a un hombre cuyo proyecto explícito era convertir el Estado, los medios y la universidad en correa de transmisión de una visión católica y jerárquica de la sociedad.
La respuesta, si somos honestos, no es teológica. Es política.
Y las respuestas políticas no se resuelven en los tribunales del Vaticano.
Referencias principales
- ACdP / ACI Prensa: Comunicado apertura proceso canonización P. Ángel Ayala, febrero 2026
- Alfa y Omega: “El padre Ayala llevó la fe a todos con valentía y libertad”, 20/02/2026
- Religión en Libertad: “Inician la causa de canonización del jesuita Ángel Ayala”, 20/02/2026
- Nueva Sociedad: “La religión de la extrema derecha española”, 2024
- Eamon Duffy: Santos y pecadores. Historia de los papas, Planeta, 2014

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.
