Fotografía histórica de Walter Rauff, coronel de las SS y diseñador de los furgones de gas móviles del Holocausto, rindiéndose ante el ejército americano en 1945

El monstruo útil: Walter Rauff, los camiones de la muerte y el abrazo occidental

Los asesinos en masa no siempre mueren en la horca. Algunos mueren en su cama, en Santiago de Chile, a los 77 años, habiendo trabajado hasta el final para los servicios de inteligencia de media docena de países que se llamaban a sí mismos democráticos.

Walter Rauff falleció el 14 de mayo de 1984. Su funeral fue discreto pero no solitario: varios ex nazis le dieron el último adiós. Ningún tribunal lo había juzgado jamás. Tres países —Alemania, Israel y Francia— habían solicitado su extradición en distintos momentos. Chile, bajo la dictadura de Pinochet, se negó cada vez. El caso estaba prescrito, decían los tribunales. Rauff llevaba veinte años siendo un “ciudadano chileno pacífico”. Nada que hacer.

Que muriera libre no fue un accidente. Fue el resultado de una arquitectura de impunidad construida deliberadamente, ladrillo a ladrillo, por instituciones que hoy preferiríamos no mencionar: la OSS norteamericana —precursora de la CIA—, el MI6 británico, la inteligencia israelí, el BND alemán, el Vaticano, y la DINA de Pinochet. Rauff no se escapó del sistema. El sistema lo protegió.

El ingeniero del exterminio

Para entender la magnitud del personaje, hay que nombrar con precisión lo que hizo. En 1941 y 1942, como alto funcionario de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), Walter Rauff diseñó y desarrolló los furgones de gas móviles: camiones modificados cuyo tubo de escape se conectaba a la cabina hermética de pasajeros. Las víctimas —judíos, discapacitados, comunistas, gitanos— eran hacinadas dentro. Morían asfixiadas por monóxido de carbono en un plazo de quince a veinte minutos.

El modelo lo tomó del Programa T-4, el eufemístico plan de “eutanasia” nazi que entre 1939 y 1941 había gaseado a más de 200.000 personas con discapacidad en cámaras fijas. Rauff lo hizo portátil. La solución final necesitaba movilidad, y Rauff se la dio. Los Einsatzgruppen desplegaron estos vehículos en la Unión Soviética, Polonia, Yugoslavia, los países bálticos. Se calcula que entre 97.000 y 250.000 personas murieron en los camiones que Rauff diseñó. La horquilla de cifras no refleja ambigüedad sobre los hechos, sino la dificultad de documentar el exterminio cuando los propios asesinos destruyeron las evidencias.

Lo que no destruyeron fue suficiente. Cuando terminó la guerra, el nombre de Rauff aparecía en los archivos aliados con total nitidez.

La primera traición: el pacto con la OSS

Aquí comienza la historia que incomoda, porque en este punto los “buenos” se complican.

En 1944, mientras la guerra todavía se decidía en Europa, Rauff ya había calculado quién iba a ganar. Junto al general de las SS Karl Wolff, inició contactos clandestinos con el Vaticano y con la Oficina de Servicios Estratégicos americana (OSS), con base en Suiza, para negociar la rendición del ejército alemán acantonado en Italia. La operación culminó en abril de 1945: el ejército alemán del norte de Italia capituló días antes del final oficial de la guerra, salvando vidas aliadas.

La OSS tenía una regla no escrita pero operativa: la información tiene precio, y ese precio a veces es la impunidad. Rauff había sido útil. Cuando cayó en manos americanas, en lugar de enfrentar un tribunal, quedó bajo la custodia de las “Fuerzas S” —equipo conjunto de la OSS y el MI6— en Verona. Estaba detenido, sí. Pero detenido de una manera peculiar, porque en diciembre de 1946 se “fugó” del campo de detención de Rimini. Ningún aliado lo persiguió con urgencia.

Ayudado por un sacerdote en Nápoles, Rauff llegó a Roma. Allí lo acogió el obispo Alois Hudal, el prelado vaticano que coordinó las llamadas “ratlines” —rutas de escape para criminales de guerra nazis hacia América Latina—. Con documentos de la Cruz Roja y la cobertura de Caritas, Rauff obtuvo un pasaporte y embarcó hacia Sudamérica en diciembre de 1949.

Destino: Ecuador.

Cinco banderas: el hombre que espió para todos

Lo que sucede entre 1949 y 1958 revela la mecánica real de la Guerra Fría con una claridad que casi parece didáctica.

Rauff se instaló en Quito trabajando para compañías de capitales alemanes —Mercedes Benz, Opel— y también, por un tiempo, para una farmacéutica norteamericana. Mientras tanto, la inteligencia israelí —antes incluso de la formación del Mossad— lo utilizó como informante en Siria, donde Rauff asesoraba al gobierno. Según documentos de la CIA desclasificados, agentes israelíes ayudaron a Rauff a obtener los papeles necesarios para establecerse en América del Sur. No es un error tipográfico: el Estado de Israel, nacido de las cenizas del Holocausto, utilizó como activo de inteligencia a uno de los ingenieros del Holocausto. La lógica de la Guerra Fría devoraba cualquier otra lógica.

En 1958, Rauff se trasladó a Chile, donde administró una planta de conservas de centolla en Punta Arenas. En paralelo, entre 1958 y 1963, fue captado como agente por el BND, el servicio de inteligencia de la Alemania Federal, que sabía perfectamente quién era y qué había hecho. Lo reclutaron para intentar infiltrar Cuba, misión que finalmente no prosperó. Los documentos del BND, desclasificados parcialmente en 2011, confirman la relación sin ambigüedades.

Tras el golpe de Pinochet en 1973, los vínculos de Rauff con la DINA —la policía secreta de la dictadura, responsable de miles de torturas, desapariciones y asesinatos— son documentalmente más escurridizos pero políticamente plausibles. El cazanazis Simon Wiesenthal lo acusó públicamente de asesorar a la DINA. Un informe de la CIA lo menciona como posible fuente de información para el BND y como “asesor extraoficial” del gobierno de Pinochet. Hay indicios de que impartió cursos de “inteligencia” para agentes de la DINA en la infame Colonia Dignidad, aunque la documentación directa sigue siendo incompleta.

Steel man: el argumento que sostiene la infamia

Antes de juzgar hay que entender. Porque el pragmatismo de la Guerra Fría tenía una lógica interna que sus defensores articulaban con claridad, y esa lógica merece ser examinada en su versión fuerte, no en la caricatura.

El argumento era éste: Occidente enfrentaba un adversario —el comunismo soviético— que representaba una amenaza existencial. En ese contexto, mantener principios absolutos sobre quién podía ser reclutado era un lujo que las democracias no podían permitirse. Rauff conocía los servicios de seguridad nazis de memoria. Sabía cómo operaban los aparatos de represión. Tenía contactos en toda Europa y Latinoamérica. Esa información tenía valor estratégico real. Rechazarla en nombre de la pureza moral era, según este argumento, la actitud responsable de quien no comprende las consecuencias de perder la guerra fría.

La versión sofisticada añadía: juzgar a Rauff públicamente habría expuesto los acuerdos secretos, habría generado crisis diplomáticas, habría revelado colaboraciones que a su vez revelarían otras colaboraciones. La impunidad individual era el precio de la estabilidad del sistema.

Este argumento tiene coherencia interna. Lo cual lo hace especialmente peligroso.

Por qué es una mentira con lógica interna

El problema del argumento pragmático no es que sea incoherente. Es que funciona exactamente igual para justificar cualquier cosa. Si la utilidad estratégica invalida la responsabilidad moral, entonces no hay crimen suficientemente grave como para que su autor no pueda ser redimido por su utilidad posterior. El diseñador de cámaras de gas hoy, el torturador de mañana, el dictador que necesitamos pasado mañana.

Esto no es una reducción al absurdo. Es la historia factual de lo que ocurrió. La misma lógica que protegió a Rauff protegió a Klaus Barbie en Bolivia, a Joseph Mengele en Paraguay, a decenas de científicos del programa de armas nazis en Estados Unidos —la Operación Paperclip— y, crucialmente, legitimó la colaboración occidental con dictaduras latinoamericanas que torturaban y asesinaban a sus propios ciudadanos.

La impunidad de Rauff no fue un fallo del sistema. Fue el sistema funcionando tal como estaba diseñado para funcionar.

Chile denegó tres veces la extradición. El argumento de prescripción era técnicamente válido según las leyes chilenas de la época. Pero esa prescripción llegó en parte porque el embajador alemán en Chile —un simpatizante de los criminales de guerra exiliados— tardó catorce meses en tramitar la primera solicitud, tiempo suficiente para que el plazo prescriptivo se consumiera. La impunidad requería coordinación activa, no solo pasividad.

Los cómplices tienen nombre

Nombrar es necesario porque la abstracción protege a los responsables.

La OSS y la CIA establecieron el precedente de que la utilidad estratégica podía comprar impunidad a criminales de guerra. No fue una decisión tomada en la oscuridad: hubo debates internos, memorandos, justificaciones formales.

El Vaticano, a través del obispo Hudal y redes eclesiásticas, organizó sistemáticamente la fuga de criminales de guerra nazis hacia América Latina. Esto no es especulación: está documentado, y el propio Rauff lo confirmó.

El BND alemán reclutó como agente a un hombre cuyos crímenes conocía, mientras Alemania Federal construía su identidad postbélica sobre el discurso del Nunca Más.

La dictadura de Pinochet encontró en Rauff un recurso: alguien con experiencia en aparatos de represión que podía transferir conocimiento a la DINA. El encuentro entre el fascismo europeo y el fascismo latinoamericano no fue accidental. Fue una colaboración funcional.

Y Chile, o más exactamente el poder judicial chileno bajo Pinochet, blindó a Rauff hasta su muerte natural. En febrero de 1983, el régimen denegó la última solicitud israelí alegando que Rauff era un ciudadano pacífico. Meses después, moriría tranquilamente en un hospital de Santiago.

La pregunta que queda abierta

Rauff lleva cuarenta años muerto. ¿Por qué importa ahora?

Importa porque la lógica del monstruo útil no ha desaparecido. La hemos visto en las alianzas occidentales con dictaduras del Golfo, en la protección de torturadores que “cooperan” con agencias de inteligencia, en la doctrina de que ciertas personas están por encima de la justicia internacional porque son demasiado valiosas para el sistema que se llama a sí mismo defensor de los derechos humanos.

Importa porque la impunidad no solo afecta al pasado. Envía un mensaje al presente: hay crímenes que, si los cometes en el bando correcto o en el momento geopolítico correcto, quedan sin consecuencias. Ese mensaje no ha sido revocado.

Y sobre todo importa porque la historia de Rauff obliga a hacerse preguntas incómodas sobre la coherencia de las democracias occidentales. Si la defensa de los valores democráticos requería proteger al ingeniero de las cámaras de gas móviles, habría que preguntarse qué valores se estaban defendiendo exactamente.

La respuesta honesta es la que nadie pronunció en el funeral de Rauff en Santiago: que el anticomunismo de la Guerra Fría no fue siempre la defensa de la libertad que pretendía ser. Fue, también, un sistema de poder que encontró en ex nazis recursos útiles, los protegió mientras le servían, y miró hacia otro lado cuando murieron en paz.

No hay prescripción para esa responsabilidad institucional.

 


REFERENCIAS

  • Wikipedia EN: Walter Rauff — incluye documentos del MI5 desclasificados en 2005
  • The Clinic Chile: “La secreta vida del nazi Walther Rauff como espía en Chile” (2013), basado en los 13 documentos del BND desclasificados en 2011
  • MemoriaViva.com: Hermann Julius Walther (Walter) Rauff — archivo documental
  • El Mostrador: “El paso de Walter Rauff y otros científicos nazis por Colonia Dignidad” (2015)
  • Semana.com: “Walter Rauff, el sanguinario nazi inventor de las cámaras de gas que se refugió en Ecuador”
  • Yad Vashem: Cámaras de gas — Enciclopedia Concisa del Holocausto
  • Documentos CIA desclasificados (disponibles en National Archives, EE.UU.)
  • Documentos BND desclasificados (2011) — 13 archivos sobre Rauff publicados por el servicio de inteligencia alemán

 

Previous post Santificar la política: la ACdP convierte a su fundador en candidato a los altares
Trump y Netanyahu l No es geopolítica: es la historia de dos hombres que necesitan pasar a la historia, y los muertos Next post Dos hombres y su guerra: cuando el narcisismo mesiánico sustituye a la política