Hobsbawm defendió el Gulag. Nolte relativizó el Holocausto. Dos historiadores brillantes, dos tradiciones opuestas, los mismos cinco mecanismos de ceguera intelectual. Un análisis que no perdona a ningún bando porque el problema no es ideológico: es estructural.

Cuando el compromiso ideológico se convierte en anestesia moral, la inteligencia se pone al servicio de la ceguera. No es patrimonio de ningún campo. Es arquitectura del ego.


En 1986, dos historiadores se enfrentaron en las páginas de la prensa alemana en lo que pasaría a llamarse el Historikerstreit, la disputa de los historiadores. Uno de ellos, Ernst Nolte, había publicado un ensayo argumentando que los crímenes nazis debían entenderse como “reacción defensiva” al terror bolchevique: el Gulag habría sido el modelo, el Holocausto la respuesta. El otro, Jürgen Habermas, denunció el argumento como una apología disfrazada de análisis histórico. La polémica sacudió la República Federal y llenó bibliotecas enteras de comentario académico.

Lo que no se señaló con suficiente claridad entonces —ni se señala ahora— es lo siguiente: en esos mismos años, Eric Hobsbawm publicaba sus trabajos monumentales sobre el siglo XX sin encontrar espacio para reconocer que el sistema que había defendido toda su vida había asesinado a veinte millones de personas. Dos historiadores brillantes. Dos tradiciones opuestas. Los mismos gestos mentales aplicados a los crímenes de su propio bando. La acusación que cada uno lanzaba contra el otro era, con leve modificación de coordenadas, perfectamente autoaplicable.

Esto no es un detalle anecdótico. Es el punto central. Los mecanismos de la ceguera intelectual no son propiedad de ningún campo ideológico. Son estructuras cognitivas y emocionales que se activan cuando el yo intelectual —la identidad, la obra, el personaje construido— queda demasiado comprometido con una causa como para poder verla con honestidad. Entender esos mecanismos no es atacar a nadie en particular. Es hacer lo que la filosofía exige: examinar los presupuestos que organizan el pensamiento, incluidos los propios.


El primero: la teleología redentora

Hobsbawm no consideraba el marxismo una teoría más entre las disponibles: era la ciencia de la historia, la clave que permitía leer el sentido de lo que ocurría. Cuando el futuro es inevitable y luminoso, las atrocidades del presente se reencuadran como “dolores de parto.” El Gulag no es una injusticia: es el coste transitorio del alumbramiento de una sociedad más justa. Las víctimas de hoy serán vindicadas mañana.

Nolte aplicaba el mismo mecanismo con coordenadas inversas. En su lectura, el nazismo no era una irrupción del mal absoluto sino un fenómeno históricamente comprensible, casi necesario, en el contexto de la amenaza comunista. La teleología redentora conservadora funciona así: lo que pareció horror en su momento adquiere, visto desde la perspectiva correcta, una lógica de autodefensa civilizatoria. El terror se convierte en respuesta, y la respuesta en necesidad histórica. Mañana que nunca justifica, ayer que nunca condena.

Este mecanismo es potente porque desplaza la evaluación moral fuera del presente, donde la evidencia resulta incontrolable. Siempre hay un horizonte temporal desde el cual lo indefendible se vuelve comprensible, si uno elige el horizonte con suficiente cuidado.


El segundo: la inversión de la carga de la prueba

Hobsbawm exigía evidencia irrefutable para los crímenes soviéticos y aceptaba con ligereza los del enemigo. Las denuncias sobre el Gulag venían de “fuentes anticomunistas,” eran “propaganda occidental,” tenían “motivaciones ideológicas.” El doble estándar epistemológico era sistemático y funcionaba a la perfección: ninguna prueba llegaba en el formato adecuado, con la fuente adecuada, en el momento adecuado.

Nolte hacía exactamente lo mismo desde el otro extremo. Las cifras del Holocausto eran “exageradas por los vencedores.” Los testimonios de supervivientes tenían “sesgo comprensible.” Los archivos estaban “contaminados por la narrativa aliada.” Mientras tanto, cualquier dato que respaldara la tesis del nazismo como reacción defensiva al bolchevismo era bienvenido sin escrutinio adicional.

El espejo es perfecto. Cada uno aplicaba al adversario el mismo criterio de rigor que negaba a sus propios materiales. Y cada uno tenía razón sobre el otro. Esa simetría ciega —que veían en el rival lo que no veían en sí mismos— es quizá el caso más documentado de doble estándar epistemológico en la historia intelectual del siglo XX.


El tercero: la moralización del silencio

Quizá el más sofisticado de los cinco. Hobsbawm convirtió su silencio sobre las atrocidades en un acto de responsabilidad ética. Hablar de los Gulags no era honestidad: era traición. Era “dar argumentos a la derecha.” Era “desmoralizar a la clase trabajadora.” La mentira estratégica se revestía de virtud.

Nolte articuló una versión simétrica con mayor elaboración teórica: hablar demasiado del Holocausto era, según él, instrumentalizar el pasado para paralizar a Alemania, impedirle “historizar” normalmente su propio siglo. El exceso de memoria era una forma de victimismo que el adversario político explotaba. El silencio —o más exactamente, la relativización— se presentaba como higiene historiográfica, como madurez intelectual, como valentía para ir contra el consenso políticamente correcto.

En ambos casos, la trampa es la misma: la honestidad se convierte en irresponsabilidad, y la apología en valentía. La inversión es completa. Y cuanto más elevados los fines declarados —el socialismo, la dignidad nacional, la verdad histórica sin tabúes— más costoso parece el precio de decir lo obvio.


El cuarto: la sobreidentificación

Para Hobsbawm, admitir que la URSS fue una dictadura asesina habría implicado admitir que décadas de vida, obra y personaje público descansaban sobre un error. Hay pocas amenazas cognitivas más severas. No es cobardía ordinaria: es el mecanismo de defensa más profundo del ego intelectual. La causa y el yo se fusionan hasta que criticar una es destruir al otro.

Nolte llevaba décadas construyendo una obra historiográfica cuya coherencia dependía de una lectura particular del siglo XX: el fascismo como respuesta comprensible a la amenaza bolchevique. Admitir que esa lectura instrumentalizaba el nazismo habría requerido desmantelar no un argumento sino una identidad intelectual completa. El Historikerstreit no fue solo una controversia académica: fue la defensa pública de un yo académico amenazado.

Nótese que ambos recibieron las críticas más lúcidas de sus respectivos adversarios ideológicos, y ninguno fue capaz de integrarlas honestamente. Hobsbawm veía con claridad el mecanismo de Nolte. Nolte veía con claridad el mecanismo de Hobsbawm. Y ninguno de los dos tenía acceso real al propio.


El quinto: la intelectualización de la crueldad

“Praxis histórica.” “Contradicciones internas del proceso revolucionario.” “Historización necesaria.” “Destino de época.” El lenguaje filosófico denso funciona como anestesia moral: sustituye las palabras crudas —tortura, asesinato masivo, cámara de gas— por abstracciones que permiten contemplar el horror desde una distancia segura.

No es que estos intelectuales no supieran lo que significaban esas palabras en sus referentes concretos. Es que el lenguaje les permitía no tener que saberlo demasiado. La abstracción es protección. La jerga técnica es distancia. Nombrar “reajuste histórico” en lugar de “exterminio” no cambia el hecho, pero cambia la temperatura emocional con la que se procesa. Y esa temperatura es lo que determina si el mecanismo de alarma moral se activa o no.


Badiou y De Benoist, o los mismos mecanismos con mejor prosa

Si Hobsbawm y Nolte son los casos históricos, Alain Badiou y Alain de Benoist son sus versiones contemporáneas más articuladas. Y, por razones distintas, igualmente incómodas.

Badiou llama “hipótesis comunista” a la idea de que la emancipación colectiva es la tarea política fundamental, y sostiene que los “fracasos” del siglo XX —su eufemismo para el Gulag, el Gran Salto Adelante, la Revolución Cultural maoísta con sus millones de muertos— no refutan esa hipótesis sino que son “intentos incompletos” que nos enseñan qué evitar en el próximo intento. La teleología redentora funcionando a pleno rendimiento, con el añadido de que Badiou escribe desde el siglo XXI, con acceso pleno a los archivos. No puede invocar ignorancia. Lo que puede hacer —y hace— es desplegar los cinco mecanismos con una sofisticación filosófica que los vuelve casi invisibles.

De Benoist, fundador de la Nouvelle Droite francesa y figura intelectual del etnonacionalismo europeo, ha dedicado décadas a la misma operación desde el extremo opuesto. Sus trabajos rehabilitan pensadores del fascismo italiano —Julius Evola, Carl Schmitt— presentándolos como “filósofos mal comprendidos” cuya obra sería separable de sus adhesiones políticas. Habla de “diferencialismo” donde otros hablarían de segregación, de “identidad comunitaria” donde otros verían xenofobia, de “derecho a la diferencia” donde otros detectarían negación de la igualdad universal. La intelectualización de la crueldad en su versión más contemporánea: el mismo mecanismo que convierte la deportación en “reajuste demográfico” convierte el etnonacionalismo en “filosofía de la diversidad.”

Nótese la simetría incómoda: Badiou critica el capitalismo globalizado con argumentos que a veces merecen atención. De Benoist critica el liberalismo cosmopolita con argumentos que ocasionalmente tocan puntos reales. Pero la crítica legítima no redime el mecanismo de apología. Y señalar el mecanismo no equivale a desestimar toda la obra. Es hacer exactamente lo que la filosofía exige: examinar los presupuestos.


Por qué importa ahora

Sería cómodo concluir que esto es historia, o que es un problema de extremos que no afecta al centro razonable. No es historia, y el centro razonable es exactamente donde estos mecanismos son más peligrosos porque son menos visibles.

La teleología redentora vive en cualquier discurso que convierte el sufrimiento presente en inversión futura, sea de izquierda o de derecha. La inversión de la carga de la prueba es la norma en los ecosistemas de información tribales de cualquier signo. La moralización del silencio opera en cualquier movimiento donde señalar problemas internos se trate como traición. La sobreidentificación es el mecanismo central de la polarización contemporánea, que no distingue entre espectros. Y la intelectualización de la crueldad tiene versiones tecnológicas, económicas y securitarias que Badiou y De Benoist no necesitarían envidiar.

Lo que el Historikerstreit enseña —si uno está dispuesto a escuchar— no es que Nolte era un apologista y Hobsbawm un analista riguroso, ni al revés. Es que la brillantez intelectual no inmuniza contra estos mecanismos; en todo caso, los hace más elaborados y por tanto más difíciles de detectar. Los inteligentes los ejecutan con mayor elegancia. Eso los vuelve más peligrosos, no menos.

La disposición a ver lo que está ahí no depende del cociente intelectual. Depende de algo más difícil y más escaso: la voluntad de separar el yo de la causa, de tolerar la amenaza cognitiva que implica reconocer el error, de aceptar que tener razón en muchas cosas no garantiza tenerla en todas.

Esa arquitectura no viene sola. Se construye, se practica, se exige. Y empieza siempre por estar dispuesto a aplicar al propio campo el mismo escrutinio que se aplica sin piedad al adversario.


Referencias

  • Hobsbawm, E. (1994). Entrevista con Michael Ignatieff. The Late Show, BBC.
  • Hobsbawm, E. (2002). Años interesantes: Una vida en el siglo XX. Crítica.
  • Nolte, E. (1986). “Vergangenheit, die nicht vergehen will.” Frankfurter Allgemeine Zeitung, 6 de junio de 1986.
  • Nolte, E. (1987). Der europäische Bürgerkrieg 1917-1945. Propyläen.
  • Habermas, J. (1987). Una especie de liquidación de daños. Pequeños escritos políticos VI. [Respuesta al Historikerstreit]. Tecnos.
  • Badiou, A. (2009). El siglo. Manantial.
  • Badiou, A. (2010). La hipótesis comunista. Akal.
  • De Benoist, A. (1985). Vu de droite: Anthologie critique des idées contemporaines. Copernic.
  • De Benoist, A. & Champetier, C. (1999). “Manifeste pour une renaissance européenne.” Éléments, 94.
  • Judt, T. (2008). El refugio de la memoria. Taurus.
  • Kolakowski, L. (1978). Las principales corrientes del marxismo (3 vols.). Oxford University Press.
  • Evans, R.J. (1989). In Hitler’s Shadow: West German Historians and the Attempt to Escape from the Nazi Past. Pantheon.
Previous post Jürgen Habermas: la razón que no se rinde
Next post La guerra que no ves: censura, propaganda y el derecho a saber