La fractura entre el Israel secular y el Israel teocrático no es ruido de fondo. Es la falla geológica que lo atraviesa todo: la política, la guerra y el futuro del único Estado que se proclama democrático en la región.
El pasado que regresa
En el año 70 de nuestra era, el general Tito no tuvo que forzar demasiado la caída de Jerusalén. Los defensores de la ciudad ya se estaban matando entre ellos. Las facciones judías —zelotas, sicarios, moderados— libraban una guerra fratricida dentro de los muros mientras las legiones esperaban pacientemente fuera. Flavio Josefo, testigo y cronista de aquella catástrofe, dejó escrito que la destrucción del Segundo Templo no fue solo una derrota militar: fue el resultado de una desunión interna que ningún enemigo exterior habría podido provocar por sí solo.
Dos mil años después, Israel vuelve a arder por dentro.
No es una metáfora. Es la descripción más precisa posible de lo que ocurre en un Estado que alberga bajo el mismo cielo dos proyectos de civilización tan incompatibles que comparten tierra pero no comparten futuro imaginable. Entender la política israelí —y por extensión, entender cualquier posibilidad de solución al conflicto con Palestina— exige mirar primero esa fractura interior. Todo lo demás, incluido Irán, incluida Gaza, incluido el derecho internacional, viene después.
En cuarenta años de urgencias hospitalarias aprendí que los pacientes que más te preocupan no son los que tienen enemigos fuera, sino los que tienen la hemorragia dentro y no saben dónde está. Israel sangra por dentro y lleva décadas mirando hacia otro lado.
El mapa que nadie enseña
Hay dos Israeles. No en sentido poético: en sentido sociológico, cultural y político casi estricto.
Tel Aviv es una ciudad mediterránea, cosmopolita, tecnológica, orgullosa de sus barrios LGTBI+, de su gastronomía de fusión y de sus empresas de innovación. Es el Israel que mira hacia Occidente, que valora la separación entre religión y Estado, que se reconoce en los valores de la Ilustración. Sus habitantes tienden a votar por partidos laicos o centristas, y muchos de ellos —especialmente desde la reforma judicial de 2023 que llevó a millones a la calle— se preguntan con angustia real si viven en una democracia o en el decorado de una.
Jerusalén, a sesenta kilómetros, podría estar en otro planeta. La ciudad santa alberga el mayor porcentaje de población ultraortodoxa (haredim) y nacionalista religiosa de Israel. Para estos sectores, los valores liberales de Tel Aviv no son una opción política diferente: son una catástrofe moral, la expresión más acabada de la apostasía de un pueblo que debería estar consagrado a Dios y que en cambio se ha entregado al becerro de oro del consumismo occidental.
El conflicto entre ambas ciudades no es sobre políticas concretas. Es sobre qué es Israel: un Estado judío democrático o una teocracia en construcción.
El filósofo israelí Yeshayahu Leibowitz —judío ortodoxo, paradójicamente— fue el primero en nombrar este peligro con claridad meridiana. Décadas antes de que nadie hablara de ello en la corriente dominante del análisis político, advirtió que la fusión entre religión y poder político corrompería ambas cosas: convertiría al Estado en instrumento de la halacha y a la religión en herramienta del nacionalismo. Lo dijo con la incomodidad característica de quien conoce el problema desde dentro y no puede ignorarlo.
El Rey David tiene dos biografías
Una de las claves para entender esta fractura cultural es observar cómo los dos Israeles leen la misma historia sagrada y sacan conclusiones radicalmente distintas.
Tomemos al Rey David. Para el Israel secular y democrático, David es el fundador de un reino brillante, el constructor del primer Estado judío, el poeta del Salterio, un líder que combinó fuerza militar con visión política. Es, en cierto modo, el arquetipo del sabra moderno: audaz, creativo, no exento de contradicciones humanas.
Para el Israel religioso, ese mismo David importa sobre todo en sus momentos de quiebre: el adulterio con Betsabé, el asesinato encubierto de Urías, el castigo divino que siguió, el arrepentimiento genuino. Lo que resuena no es el triunfo sino el sufrimiento redentor. El David que llora, que golpea el suelo con el rostro, que comprende que el poder sin Dios es polvo.
No son dos lecturas del mismo texto. Son dos teologías políticas que producen visiones irreconciliables de qué significa ser judío en el siglo XXI.
Esta diferencia no es teológicamente inocente. Tiene consecuencias políticas directas. Para sectores del sionismo religioso y de los haredim más extremos, el Estado de Israel secular no es el cumplimiento de la promesa bíblica: es un obstáculo para ella. La llegada del Mesías no depende de tanques ni de acuerdos de paz, sino de que el pueblo retorne a Dios. Y, según cierta lógica que el historiador Gershom Gorenberg ha documentado con rigor, ese retorno solo ocurre cuando el sufrimiento es suficientemente profundo como para quebrar la complacencia material.
La teología del sufrimiento como política
Aquí es donde el análisis se vuelve más perturbador, y donde el rigor obliga a no mirar hacia otro lado.
Existe en Israel una corriente teológica —minoritaria pero con representación parlamentaria real, lo que no es menor— que no ve la destrucción como tragedia sino como refinamiento. Bajo este encuadre interpretativo, los bombardeos en Tel Aviv, las víctimas civiles, el coste humano de la guerra, son el fuego que purifica la escoria secular del pueblo. Cuanto más arda el materialismo cosmopolita de la ciudad blanca, más cerca estará Israel del teshuvá colectivo —el retorno genuino a Dios— que precipita la redención mesiánica.
Es la lógica del Libro de Job llevada a la política exterior.
Nombrar esto no es caricaturizar a los creyentes judíos. Es describir con precisión una corriente que el politólogo israelí Ehud Sprinzak analizó en los años noventa como violencia sagrada institucionalizada, y que desde entonces ha ganado peso político considerable gracias a sucesivos gobiernos de Netanyahu que la necesitaron para mantener sus coaliciones. La coalición que gobierna Israel desde 2022 incluye ministros que han propugnado públicamente la expulsión de árabes y la anexión de territorios con argumentos exclusivamente teológicos.
Esto no es Israel. Es una fracción de Israel que ha tomado el volante aprovechando que el sistema electoral se lo permite.
El problema democrático es cristalino: cuando el voto de una minoría religiosa resulta estructuralmente imprescindible para cualquier mayoría parlamentaria, esa minoría deja de ser minoría a efectos prácticos. La Knéset, con su sistema proporcional sin umbral de representación territorial, convierte la fragmentación israelí en parálisis crónica y en chantaje permanente de los partidos bisagra religiosos. Netanyahu no ha gobernado a pesar de esa arquitectura política. Ha sobrevivido gracias a ella.
El patrón que se repite
Josefo escribió que los sitiadores romanos actuaron casi como espectadores mientras los sitiados se destruían mutuamente. La historia no se repite con exactitud —nunca lo hace—, pero a veces rima con una insistencia que incomoda.
Israel lleva décadas exportando su conflicto externo mientras gestiona mal el interno. La narrativa dominante —tanto en Israel como en Occidente— ha construido una imagen de unidad nacional que simplifica hasta la distorsión. Hay un Israel que quiere paz con seguridad, hay un Israel que quiere tierra con Dios, y hay un Israel que quiere simplemente vivir y que está agotado de que otros decidan por él.
El historiador Avi Shlaim señaló en The Iron Wall que el proyecto sionista contuvo desde el principio una tensión irresuelta entre quienes concebían el Estado judío como refugio democrático y quienes lo concebían como mandato divino. Durante décadas, esa tensión fue gestionable porque la amenaza exterior funcionó como argamasa identitaria. La guerra permanente unificaba lo que la paz habría obligado a negociar internamente.
La pregunta que Israel lleva décadas evitando es también la más urgente: ¿qué clase de país quiere ser cuando ya no tenga enemigos que lo definan?
No es una pregunta retórica. Es la pregunta constituyente que cualquier democracia debe responder. Y Israel —con su declaración de independencia que prometía igualdad de derechos para todos sus ciudadanos independientemente de religión o etnia, y con una realidad política que se aleja de esa promesa— lleva posponiendo esa respuesta desde 1948.
La versión más honesta del argumento contrario
La versión más honesta del argumento contrario dice que la tensión entre identidad judía religiosa e identidad democrática liberal no es necesariamente una contradicción insalvable, sino la condición permanente de un pueblo que lleva milenios manteniendo cohesión sin Estado. Pensadores como Yossi Klein Halevi sostienen que Israel, precisamente por albergar esa pluralidad radical, tiene una capacidad de resiliencia que las democracias homogéneas no poseen. Que el debate interno, aunque agónico, es señal de vitalidad democrática y no de fractura terminal.
Es un argumento respetable. Y es insuficiente.
La tensión productiva entre tradición y modernidad es saludable cuando todas las partes aceptan las reglas del juego democrático. Cuando una de ellas —la que sostiene coaliciones de gobierno con argumentos teológicos para la expulsión étnica o la anexión unilateral— rechaza explícitamente la legitimidad del marco democrático liberal, la tensión deja de ser productiva y se convierte en amenaza sistémica. No es lo mismo disentir dentro del sistema que usar el sistema para desmantelarlo.
Lo que Santayana sabía
“Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.” La cita se usa tanto que ha perdido el filo. Conviene recuperarlo.
El Segundo Templo no lo destruyó Roma. Lo destruyó la incapacidad de las facciones judías para acordar un proyecto político común que priorizara la supervivencia colectiva sobre la pureza ideológica de cada cual. Dos mil años después, Israel vuelve a enfrentarse a la misma pregunta disfrazada con ropa moderna: ¿puede un Estado sobrevivir cuando sus propios ciudadanos tienen visiones del mundo tan incompatibles que ni siquiera comparten el mismo universo moral básico?
La respuesta no la tiene nadie desde fuera. La tiene Israel, si es capaz de mirar hacia adentro sin el anestésico de los enemigos exteriores. El problema es que ese ejercicio requiere exactamente lo que la política del miedo permanente impide: tiempo, honestidad y la disposición a negociar con los propios más que a combatir a los ajenos.
Los muros más difíciles de derribar no son los que separan ciudades. Son los que separan las certezas absolutas de los ciudadanos que comparten esas ciudades. Y esos muros, a diferencia de los de hormigón, no caen con ejércitos. Solo con política. Con la política dura, imperfecta y lenta que las teologías de la destrucción siempre han despreciado.
Referencias
Josephus, Flavius. La guerra de los judíos. Trad. Jesús Mª Nieto Ibáñez. Gredos, 1997. (Libros IV–V sobre las facciones durante el asedio de Jerusalén.)
Leibowitz, Yeshayahu. Judaism, Human Values, and the Jewish State. Harvard University Press, 1992.
Gorenberg, Gershom. The Unmaking of Israel. Harper, 2011.
Shlaim, Avi. The Iron Wall: Israel and the Arab World. Norton, 2000.
Sprinzak, Ehud. Brother Against Brother: Violence and Extremism in Israeli Politics from Altalena to the Rabin Assassination. Free Press, 1999.
Klein Halevi, Yossi. Letters to My Palestinian Neighbor. Harper, 2018.

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.





