Je suis l’Empire à la fin de la décadence, / Qui regarde passer les grands Barbares blancs… — Paul Verlaine, «Langueur», Jadis et Naguère, 1884
Todo imperio que colapsa necesita un personaje que encarne su final. No suele ser un bárbaro el que derriba las murallas desde fuera. Casi siempre es alguien que las erosiona desde dentro, convencido de que es el arquitecto cuando en realidad es el último inquilino.
Je suis l’Empire à la fin de la décadence —soy el Imperio al final de la decadencia— escribió Paul Verlaine en 1884, mirando el crepúsculo de su siglo desde la melancolía simbolista. El verso no era un diagnóstico político. Era un estado de ánimo. Pero los estados de ánimo, como los imperios, tienen una precisión profética que la ciencia política suele tardar en reconocer.
Ciento cuarenta años después, ese verso flota sobre Washington con una pertinencia inquietante. No por melancolía —la melancolía requiere cierta elegancia que aquí escasea—, sino porque la decadencia de este fin de ciclo tiene textura propia: es colérica, arancelaria y se peina con mucho fijador.
Donald Trump no es la causa de la decadencia estadounidense. Es su síntoma más fotogénico. Y como todo buen síntoma, su valor diagnóstico supera con creces su valor terapéutico.
El manual no escrito de los imperios agonizantes
La historia tiene una perversidad literaria notable: los imperios no caen como los árboles, de golpe y con estrépito. Se descomponen de dentro hacia fuera, con la lentitud de quien no quiere reconocer lo que está ocurriendo. Roma tardó siglos en desmoronarse, tiempo suficiente para que sus ciudadanos más acomodados reorganizaran sus inversiones en Britania o Cartago y siguieran comiendo bien.
El patrón se repite con una regularidad que debería avergonzarnos por su evidencia. El Imperio Romano en su fase tardía ofrece el inventario completo: élites que acumulan mientras los bordes se deshilachan, instituciones republicanas vaciadas de contenido aunque conservadas como decorado escénico, un ejército hipertrofiado que devora el presupuesto sin garantizar la seguridad, y una clase política convencida de que el espectáculo sustituye a la gobernanza. Que levante la mano quien no reconozca este paisaje.
«Los imperios no caen como los árboles, de golpe y con estrépito. Se descomponen de dentro hacia fuera, con la lentitud de quien no quiere reconocer lo que está ocurriendo.»
Paul Kennedy lo documentó con rigor en The Rise and Fall of the Great Powers (1987): la sobreextensión imperial —militar, económica, simbólica— precede casi siempre al colapso. El gasto en proyección de fuerza devora los recursos que debían sostener la cohesión interna. El mecanismo es tan constante que casi merece llamarse ley física de los sistemas políticos. Joseph Tainter, desde la antropología, llegó a conclusiones similares: las sociedades complejas colapsan cuando el coste marginal de mantener su complejidad supera el beneficio que esa complejidad produce. En castellano llano: llega un momento en que el Imperio cuesta más de lo que rinde. Ese momento tiene nombre en 2026, y ese nombre lleva corbata roja.
Caligula tenía un caballo. Trump tiene un gabinete.
La tentación de comparar a Trump con los emperadores romanos más extravagantes no es nueva. Pero merece revisitarse con rigor, porque las analogías —cuando son buenas— no son ornamentales: son instrumentos de comprensión.
Caligula (37-41 d.C.) es el más citado, y con razón. No por crueldad —la crueldad era un rasgo común entre los césares— sino por el tipo específico de su megalomanía: la confusión sistemática entre la persona del gobernante y la institución del Estado. Caligula no creía que el Imperio le perteneciera. Creía, con plena coherencia interna, que él era el Imperio. Su nombramiento del caballo Incitatus como cónsul no era locura clínica; era performance política avant la lettre: una demostración de que las instituciones no tenían valor intrínseco, que su legitimidad dependía enteramente de él. Cuatro años de mandato bastaron para demostrar que los sistemas institucionales, cuando se vacían de contenido, se convierten en vestuario de teatro.
Trump no ha nombrado a ningún caballo a ningún cargo. Pero ha nombrado a suficientes leales sin cualificación demostrable como para que la diferencia sea más zoológica que política.
Nerón (54-68 d.C.) ofrece otro ángulo de lectura. La leyenda —en su mayor parte apócrifa— lo muestra tocando la lira mientras Roma ardía. Los historiadores modernos discuten si el incendio del año 64 fue accidental o intencionado, pero coinciden en algo más relevante: Nerón era, ante todo, un artista de sí mismo. La política exterior la gestionaba como extensión de su imagen personal, no como gestión del bien común. Las guerras se ganaban o se perdían en función de cómo quedaban en el relato oficial, no de sus consecuencias reales para el Imperio.
La analogía con la gestión de cualquier crisis contemporánea en Oriente Próximo —donde las amenazas de escala devastadora se profieren con una ligereza que haría palidecer a cualquier estratega serio— no requiere elaboración excesiva.
«Nerón era, ante todo, un artista de sí mismo. La política exterior la gestionaba como extensión de su imagen personal, no como gestión del bien común. La analogía con Washington no requiere elaboración excesiva.»
Commodus y el gladiador-en-jefe
Pero si hay un César que merece atención particular es Commodus (177-192 d.C.), el emperador que rebautizó Roma como Colonia Commodiana —Colonia de Cómodo— y que descendía personalmente a la arena del Coliseo a combatir, convencido de ser la reencarnación de Hércules. La narrativa de grandeza personal como sustituto de la política real. La marca personal erigida en proyecto de Estado. El circo como instrumento de legitimación popular. El culto al líder-como-guerrero mientras las fronteras reales del Imperio se negociaban con tribus exteriores a cambio de tranquilidad inmediata.
Make Rome Great Again no es una ocurrencia fácil. Es una estructura de poder que se repite porque responde a algo profundo en la psicología colectiva: cuando las instituciones fallan y la incertidumbre aumenta, el deseo de un líder providencial con capacidad ilimitada de resolver cualquier problema se dispara. Jonathan Haidt ha analizado con detalle cómo la incertidumbre activa en muchos individuos una orientación hacia la autoridad y la jerarquía que en tiempos de estabilidad permanecía latente. El mecanismo es tan antiguo como los primeros registros escritos de gobierno humano; solo cambia el algoritmo de distribución.
El pan y los circos toman nuevas formas. En el siglo XXI, el pan son los aranceles presentados como protección del trabajador y el circo es Truth Social. La mecánica es idéntica; solo cambia la plataforma de distribución.
«El pan son los aranceles presentados como protección del trabajador y el circo es Truth Social. La mecánica es idéntica; solo cambia la plataforma de distribución.»
Honorius —último emperador romano de Occidente que vivió el saqueo de Roma en el 410 d.C.— dicen las crónicas que preguntó con más angustia por el destino de sus gallinas favoritas que por el de la ciudad. Resulta difícil no pensar en ello cuando se leen ciertos mensajes publicados a las tres de la madrugada sobre el marcador de golf o la audiencia de la última rueda de prensa.
Los bárbaros blancos de Verlaine
El verso de Verlaine habla de «grandes bárbaros blancos» que pasan mientras el Imperio los observa. La imagen es hermosa y equívoca. En el contexto del siglo XIX, Verlaine pensaba en los pueblos del norte de Europa, en la modernidad industrial que aplastaba la sensibilidad simbolista. Pero la metáfora ha envejecido de forma paradójica.
Hoy los bárbaros no vienen del exterior. Los bárbaros ya están dentro. Son quienes desmantelan sistemáticamente los organismos de control institucional, quienes convierten el poder judicial en instrumento de afinidades políticas, quienes vacían de contenido los acuerdos de cooperación internacional construidos durante décadas. No son extranjeros asaltando las murallas: son ciudadanos llegados al poder por la vía institucional que utilizan esa legitimidad inicial para erosionar los cimientos sobre los que descansa esa misma democracia.
Esta es la novedad inquietante del momento. Los imperios anteriores caían ante presiones externas o ante revoluciones internas. El ciclo actual es diferente: el desmontaje lo dirige alguien que llegó al poder mediante procedimientos democráticos y que utiliza esa legitimidad para vaciar las instituciones que se la otorgaron. [ENLACE: artículo sobre democracias vaciadas]
Hannah Arendt lo advirtió con décadas de antelación: el totalitarismo no necesita abolir las formas democráticas para destruir su contenido. Basta con convertirlas en ritual vacío, en escenografía. El Senado romano continuó reuniéndose mucho después de que dejara de decidir nada. El Congreso estadounidense sigue sesionando. Las formas se conservan; es la sustancia lo que se evapora.
«Los bárbaros ya están dentro. No son extranjeros asaltando las murallas: son ciudadanos que utilizan la legitimidad democrática para vaciar las instituciones que se la otorgaron.»
La ironía estructural del poder tardío
Hay algo que el análisis político más serio no siempre subraya con suficiente claridad: la decadencia imperial no supone el fin inmediato del poder. Roma tardó décadas en desmoronarse tras los primeros signos evidentes de colapso. El Imperio Británico mantuvo su arquitectura ceremonial mucho después de que su peso real en el mundo hubiera menguado irreversiblemente. España siguió exportando su retórica de grandeza imperial décadas después de que las últimas colonias se independizaran.
El peligro del momento no es que Estados Unidos colapse de forma inminente. El peligro real es que la gestión de su declive —si se realiza sin lucidez estratégica y con el foco puesto exclusivamente en la narrativa de la fortaleza— acelere procesos que de otra manera serían graduales y manejables. Andrew Bacevich lo formuló con precisión: cuando la política exterior de una potencia en declive se orienta exclusivamente hacia el mantenimiento de la supremacía en lugar de hacia la cooperación estratégica, el resultado no es la recuperación de la hegemonía sino la aceleración de su erosión. [ENLACE: artículo sobre geopolítica y autonomía estratégica europea]
Un poder que ya no puede construir hegemonía por consenso y que opera solo mediante la amenaza es un poder que ha perdido la dimensión más duradera de su influencia. Los imperios que perduran lo hacen porque exportan algo que otros quieren adoptar: un modelo legal, una lengua franca, una forma de organizar el intercambio. Cuando lo único que queda por exportar es miedo, la cuenta regresiva ya ha comenzado. [ENLACE: artículo sobre tecnofeudalism o aceleracionismo de derechas]
Verlaine escribió su verso desde la languidez melancólica de quien ve llegar el final con cierta resignación estética. Lo que observamos hoy tiene menos de melancolía y más de pataleta. Pero el resultado histórico, si las tendencias actuales se mantienen, podría ser el mismo.
El Imperio mira pasar a los bárbaros. Solo que ahora los bárbaros llevan corbata roja y discuten sobre aranceles.
Referencias académicas
- Gibbon, E. (1776-1789). The History of the Decline and Fall of the Roman Empire. London: Strahan & Cadell.
- Kennedy, P. (1987). The Rise and Fall of the Great Powers: Economic Change and Military Conflict from 1500 to 2000. New York: Random House.
- Heather, P. (2006). The Fall of the Roman Empire: A New History of Rome and the Barbarians. London: Macmillan.
- Tainter, J. A. (1988). The Collapse of Complex Societies. Cambridge: Cambridge University Press.
- Luttwak, E. N. (1976). The Grand Strategy of the Roman Empire: From the First Century A.D. to the Third. Baltimore: Johns Hopkins University Press.
- Bacevich, A. J. (2008). The Limits of Power: The End of American Exceptionalism. New York: Metropolitan Books.
- Arendt, H. (1951). The Origins of Totalitarianism. New York: Schocken Books.
- Haidt, J. (2012). The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion. New York: Pantheon Books.
- Verlaine, P. (1884). «Langueur». En Jadis et Naguère. Paris: Vanier.

Médico de urgencias hospitalarias con varias décadas en la trinchera. Escribe sobre medicina, filosofía y lo que queda cuando se apaga el ruido. Vive en el Mediterráneo con un beagle que sabe más de lo que aparenta.




